¿De verdad garantiza la seguridad el sistema de evaluación? El caso de Marisol y su agresor pone en duda las pulseras antimaltrato
El sistema de evaluación de riesgo en violencia de género: ¿una promesa incumplida?
En España, la protección de las víctimas de violencia machista se apoya en distintas herramientas jurídicas y tecnológicas. Entre ellas, las pulseras telemáticas antimaltrato han destacado como una medida innovadora para alertar y prevenir agresiones. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando el sistema de valoración del riesgo no refleja la realidad que vive la víctima? Esta es la historia de Marisol, cuya experiencia pone en tela de juicio la efectividad del sistema que debería garantizar su seguridad.
Una protección insuficiente ante la amenaza real
Marisol sufrió violencia durante años, y cuando decidió romper el ciclo, se activaron los protocolos habituales: policía, juzgados y una pulsera telemática para vigilar a su agresor. Sin embargo, el sistema de evaluación automático asignó a su caso un nivel de “riesgo medio”, a pesar de haber sido maltratada físicamente y amenazada gravemente.
La valoración basada en algoritmos y cuestionarios no pudo calibrar adecuadamente la realidad de su entorno ni la gravedad de las amenazas, lo que supuso una confianza injustificada en la protección que la tecnología ofrecía.
¿Qué errores detectamos en la evaluación de riesgos?
Limitaciones del sistema automatizado
- Falta de contexto real: La evaluación se basa en respuestas médicas, policiales y judiciales, pero no siempre recoge el contexto emocional o las circunstancias cambiantes.
- Subestimación del peligro: Algunas señales, como amenazas verbales o cambios de comportamiento, pueden no ser visibles en las bases de datos pero son indicativos de peligro.
- Retrasos en la actualización: Las evaluaciones no siempre se revisan en tiempo real, dejando a la víctima expuesta a nuevos riesgos.
Impacto en las víctimas: una sensación de desprotección
Para Marisol y tantas otras mujeres, recibir la calificación de riesgo “medio” cuando viven un calvario difícilmente describible se traduce en miedo y frustración. La pulsera, más que símbolo de seguridad, se convierte en un dispositivo que no siempre evita el sufrimiento.
El papel de las pulseras telemáticas: ¿herramienta confiable o falsa sensación de seguridad?
Estas pulseras son dispositivos electrónicos que emiten una señal para alertar a las fuerzas de seguridad si el agresor se acerca a la víctima, cuyo perímetro de seguridad está predefinido. Teóricamente permiten una intervención rápida, pero su eficacia depende en gran medida de:
- La capacidad de los servicios policiales para responder en segundos.
- La precisión del sistema para detectar violaciones del perímetro.
- La colaboración y seguimiento constante del entorno de la víctima.
El caso de Marisol nos muestra que ni el dispositivo ni la valoración de riesgo pueden garantizar una protección absoluta. La tecnología debe apoyarse en procedimientos humanos sólidos.
¿Qué puede hacerse para mejorar la seguridad de las víctimas?
1. Integración multidisciplinar y humana
Combinar la evaluación técnica con el trabajo cercano de psicólogos, trabajadores sociales y policías especializados en violencia de género, para que las valoraciones reflejen la realidad emocional y social.
2. Actualización constante de la evaluación
Revisar frecuentemente el nivel de riesgo, considerando cualquier nuevo hecho o información, evitando que la clasificación quede obsoleta.
3. Mejor respuesta policial y judicial
Garantizar que cualquier alerta activa una intervención inmediata y efectiva, con protocolos claros y formación específica.
4. Acompañamiento personalizado
Ofrecer a la víctima apoyo integral que vaya más allá de la seguridad física, ayudando a recuperar la autonomía y la confianza.
Reflexión final: más allá de la tecnología, la humanidad como verdadera protección
La historia de Marisol y las dudas alrededor del sistema de pulseras antimaltrato y evaluación de riesgo nos invitan a repensar cómo protegemos a las víctimas. La prevención y seguridad requieren un equilibrio entre tecnología, protocolos legales y, sobre todo, una atención humana cercana, capaz de entender y reaccionar ante cada caso de forma única.
En ningún momento la tecnología debería sustituir la empatía y el compromiso social de proteger a quienes sufren violencia. Solo así podremos construir un sistema realmente seguro y confiable.

