Pensar que las personas migrantes traen enfermedades es erróneo y peligroso, advierten los expertos
La situación vivida en Ceuta ha vuelto a poner el foco sobre las condiciones de salubridad en contextos de llegada y acogida de personas migrantes. Sin embargo, los especialistas en salud pública recuerdan que atribuir a la migración la propagación de enfermedades es una simplificación sin base científica y puede alimentar el estigma, dificultar la atención sanitaria y perjudicar a toda la comunidad.
El riesgo sanitario no depende del origen o la nacionalidad de una persona. Está relacionado, sobre todo, con factores como el hacinamiento, la falta de acceso a agua potable, las dificultades para mantener una higiene adecuada, la ausencia de atención médica continuada o la demora en la vacunación. Estas circunstancias pueden afectar a cualquier grupo que se encuentre en una situación de precariedad.
Las condiciones de vida, no el origen, marcan el riesgo
Cuando muchas personas permanecen durante días en espacios reducidos, sin instalaciones suficientes y con recursos limitados, aumentan las posibilidades de transmisión de determinadas infecciones. El problema, explican los expertos, no es que quienes llegan sean portadores por el hecho de ser migrantes, sino que las condiciones de acogida pueden favorecer la aparición de brotes.
Esta diferencia es fundamental para diseñar una respuesta eficaz. Las medidas deben centrarse en garantizar alojamiento seguro, acceso a aseos y agua, alimentación adecuada, atención médica y seguimiento epidemiológico. También es importante facilitar la vacunación cuando sea necesaria y detectar de forma temprana síntomas que requieran asistencia.
Presentar a las personas migrantes como una amenaza sanitaria puede tener consecuencias directas. El miedo y la discriminación pueden hacer que algunas personas oculten sus síntomas o eviten acudir a los servicios de salud por temor a ser señaladas. Esto retrasa los diagnósticos, dificulta el tratamiento y puede aumentar los riesgos para la población en su conjunto.
La vigilancia epidemiológica debe ser proporcional
Los protocolos de salud pública contemplan la evaluación de las necesidades médicas de las personas recién llegadas. Esa atención puede incluir una valoración clínica, la identificación de enfermedades transmisibles, la revisión del estado de vacunación y la derivación a los servicios correspondientes. Pero vigilar la salud no equivale a criminalizar ni a estigmatizar.
Los especialistas defienden que cualquier control sanitario debe aplicarse con criterios médicos, respeto a los derechos fundamentales y confidencialidad. Las actuaciones indiscriminadas basadas únicamente en la procedencia no solo son injustificadas, sino que pueden desviar recursos de las medidas que realmente previenen la transmisión.
La mayoría de las personas migrantes no presenta una amenaza especial para la salud pública. De hecho, muchas han atravesado trayectos prolongados y situaciones de enorme dureza, por lo que pueden necesitar atención por lesiones, deshidratación, problemas dermatológicos, trastornos respiratorios, ansiedad o estrés, entre otras cuestiones. Su estado de salud debe valorarse de manera individual, como ocurre con cualquier paciente.
El estigma también es un problema de salud
Los mensajes que vinculan migración y enfermedad pueden reforzar prejuicios y alimentar discursos de rechazo. En contextos de tensión, una información imprecisa puede propagarse con rapidez y convertir una preocupación legítima por la salubridad en una acusación colectiva. Por eso, las autoridades y los profesionales sanitarios tienen la responsabilidad de comunicar con rigor y evitar generalizaciones.
La Organización Mundial de la Salud y la comunidad científica han insistido en que la prevención debe basarse en la evidencia. Las enfermedades infecciosas no entienden de fronteras y pueden circular en cualquier población. La mejor protección pasa por contar con sistemas sanitarios accesibles, programas de vacunación sólidos, condiciones dignas de alojamiento y mecanismos rápidos de detección y respuesta.
Una respuesta coordinada para Ceuta
En una situación como la de Ceuta, la gestión sanitaria requiere coordinación entre los servicios de salud, las administraciones públicas, las organizaciones de apoyo y los equipos de emergencia. Es necesario garantizar espacios suficientes, reforzar la limpieza, asegurar el suministro de agua y facilitar información comprensible sobre síntomas, prevención y acceso a la asistencia.
- Mejorar las condiciones de alojamiento y evitar el hacinamiento.
- Garantizar agua potable, higiene, alimentación y atención médica.
- Revisar la vacunación y ofrecer las dosis necesarias.
- Detectar y tratar los casos con criterios clínicos y epidemiológicos.
- Comunicar los riesgos sin señalar a colectivos por su origen.
La salud pública se protege con prevención, recursos y cooperación, no con estereotipos. Convertir a las personas migrantes en chivo expiatorio puede ocultar las verdaderas causas de los problemas de salubridad y dificultar la adopción de soluciones. Ante cualquier emergencia, la prioridad debe ser garantizar una atención digna y eficaz para quienes llegan y para la población residente.



