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Javier María Prades: la tecnología puede transformar nuestra forma de creer

La tecnología ya no es únicamente un conjunto de herramientas al servicio de la sociedad. Su expansión está modificando la manera en que las personas se relacionan, trabajan, toman decisiones y se preguntan por el sentido de la vida. En este escenario, el teólogo Javier María Prades advierte de que también puede producir una metamorfosis en los modos de creer.

Prades, profesor de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, ha presidido el órgano de la Comisión Teológica Internacional encargado de elaborar Quo vadis, humanitas?, una reflexión cristiana ante el reto tecnológico. El propio título plantea una pregunta de fondo: hacia dónde se dirige la humanidad en una época marcada por la inteligencia artificial, la automatización y la creciente mediación digital.

La tecnología como fenómeno cultural y antropológico

El debate sobre la innovación suele centrarse en sus beneficios prácticos o en los riesgos que plantea para la privacidad, el empleo y la seguridad. Sin embargo, la perspectiva teológica introduce una cuestión más profunda: qué tipo de persona está configurando el nuevo entorno tecnológico.

Las herramientas digitales no solo facilitan determinadas tareas. También influyen en la forma de percibir el tiempo, construir vínculos y acceder al conocimiento. La conexión permanente, la disponibilidad inmediata de información y la delegación de decisiones en sistemas automatizados pueden alterar las expectativas con las que las personas interpretan su propia vida.

Desde esta perspectiva, la tecnología no debe contemplarse como una realidad neutral y aislada. Está integrada en la cultura y participa en la definición de prioridades, comportamientos y modelos de convivencia. Por eso, la reflexión cristiana no puede limitarse a valorar cada avance por su utilidad, sino que debe preguntarse por sus consecuencias para la dignidad humana.

Una transformación en los modos de creer

La expresión empleada por Prades apunta a un cambio que va más allá de la práctica religiosa. La metamorfosis en los modos de creer puede afectar a la manera en que las personas buscan respuestas, reconocen la autoridad, interpretan la verdad y se abren a una dimensión trascendente.

En un entorno dominado por la velocidad y la abundancia de contenidos, la experiencia de la fe se encuentra ante nuevas condiciones. Las comunidades religiosas pueden ampliar sus canales de comunicación y acercarse a públicos que antes estaban alejados, pero también afrontan el riesgo de reducir la vida espiritual a consumo de contenidos o a una sucesión de mensajes breves.

La cuestión central no es si la tecnología debe estar presente en la vida religiosa. Ya lo está. El desafío consiste en discernir qué usos favorecen el encuentro, la responsabilidad y la búsqueda de la verdad, y cuáles pueden convertir la relación con los demás o con Dios en una experiencia meramente funcional.

El reto de preservar la dignidad humana

La respuesta cristiana al desarrollo tecnológico parte de una convicción: la persona no puede quedar subordinada a los sistemas que ha creado. La eficiencia, la productividad o la capacidad de cálculo no bastan para definir lo humano. Tampoco pueden sustituir la libertad, la conciencia, la responsabilidad moral ni la apertura a los demás.

Este planteamiento resulta especialmente relevante ante la evolución de la inteligencia artificial. La aparición de máquinas capaces de generar textos, imágenes y respuestas complejas obliga a revisar conceptos como creatividad, conocimiento y decisión. A la vez, plantea preguntas sobre quién controla esas herramientas, con qué criterios se diseñan y cómo se reparte el poder que concentran.

En este contexto, Quo vadis, humanitas? se presenta como una invitación a no aceptar el progreso tecnológico de forma automática. La innovación necesita estar acompañada de una reflexión ética y antropológica que permita distinguir entre aquello que amplía las capacidades humanas y aquello que puede debilitarlas.

Una oportunidad para el diálogo

La aportación de Prades se sitúa en un terreno de diálogo entre la teología, la ciencia y la cultura contemporánea. No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizar el pasado, sino de reconocer su capacidad para abrir oportunidades y, al mismo tiempo, generar nuevas formas de dependencia.

La Iglesia afronta así una doble tarea. Por un lado, debe comprender los cambios que están transformando la sociedad. Por otro, tiene que ofrecer criterios para que la innovación esté orientada al bien común y no solo a los intereses económicos o a la acumulación de poder.

La tecnología puede ayudar a conectar personas, democratizar el acceso al conocimiento y mejorar la atención en ámbitos esenciales. Pero también puede favorecer el aislamiento, la manipulación y una visión reducida de la existencia si se convierte en el único marco desde el que se interpreta la realidad.

La pregunta que queda abierta

El interrogante de Quo vadis, humanitas? no busca únicamente anticipar el futuro de la tecnología. Plantea, sobre todo, qué futuro quiere construir la humanidad con ella. La respuesta dependerá de la capacidad colectiva para situar la técnica al servicio de la persona y mantener abierta la pregunta por el sentido.

Para Prades, el cambio tecnológico puede modificar los modos de creer porque también modifica el modo de vivir. La transformación, por tanto, no se juega solo en los dispositivos o en los algoritmos, sino en la conciencia de quienes los diseñan, utilizan y deciden cómo deben integrarse en la sociedad.

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