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Uno de cada cuatro estudiantes gallegos reconoce que pasa demasiado tiempo jugando a videojuegos

El tiempo dedicado a los videojuegos preocupa a una parte relevante de los adolescentes en Galicia. Uno de cada cuatro estudiantes admite que pasa más horas de las que debería jugando, según un macroestudio de UNICEF dirigido desde la comunidad gallega. El informe pone el foco en los hábitos digitales de los jóvenes y en la necesidad de distinguir entre un uso frecuente y una posible conducta problemática.

Los datos reflejan una realidad cada vez más habitual en los hogares: los videojuegos forman parte del ocio diario de muchos menores, pero en algunos casos pueden acabar desplazando otras actividades importantes. El descanso, los estudios, las relaciones familiares, el deporte o el tiempo con amigos pueden verse afectados cuando el juego deja de estar bajo control.

Una minoría podría presentar un trastorno relacionado con el juego

El estudio estima que para aproximadamente uno de cada cien adolescentes el uso de videojuegos podría llegar a suponer un trastorno. Se trata de una proporción reducida, pero significativa, especialmente por las consecuencias que puede tener sobre el bienestar emocional, el rendimiento académico y la convivencia.

Esta posible problemática no se define únicamente por el número de horas frente a la pantalla. También entran en juego la pérdida de control sobre el tiempo, la dificultad para dejar de jugar, la irritabilidad cuando se interrumpe la actividad o el abandono de obligaciones y aficiones. Por ello, el diagnóstico debe quedar en manos de profesionales y no basarse solo en la percepción de las familias.

Jugar mucho no siempre implica una adicción

Los videojuegos pueden ofrecer entretenimiento, retos, interacción social y experiencias compartidas. Muchos títulos permiten jugar con amigos, desarrollar estrategias o participar en comunidades digitales. El problema aparece cuando esta actividad ocupa un espacio desproporcionado y comienza a interferir de forma persistente en la vida cotidiana.

La diferencia entre una afición intensa y una conducta problemática suele estar en el impacto que genera. Un adolescente puede dedicar varias horas a un videojuego durante un fin de semana y mantener, al mismo tiempo, rutinas saludables. En cambio, conviene prestar atención si deja de dormir, falta a clase, descuida su higiene, se distancia de su entorno o abandona actividades que antes disfrutaba.

El descanso y los estudios, entre las áreas más vulnerables

El uso prolongado de pantallas, especialmente por la noche, puede dificultar el descanso. Las partidas en línea, los eventos temporales y la interacción constante con otros jugadores favorecen que algunos adolescentes retrasen la hora de acostarse. A corto plazo, esto puede traducirse en cansancio y falta de concentración; si se mantiene, puede afectar al rendimiento escolar y al estado de ánimo.

También preocupa la dificultad para establecer límites en determinados juegos. Las recompensas diarias, los sistemas de progresión y las partidas competitivas están diseñados para mantener la atención del jugador. Estas mecánicas no convierten automáticamente un videojuego en una actividad perjudicial, pero sí pueden complicar la gestión del tiempo, sobre todo entre los menores con más dificultades para autorregularse.

La prevención empieza con normas claras y diálogo

Ante esta situación, las familias tienen un papel importante. Establecer horarios pactados, evitar el uso de dispositivos justo antes de dormir y reservar espacios para el estudio, el descanso y la convivencia son medidas sencillas que pueden ayudar. Las normas funcionan mejor cuando se explican y se aplican de forma coherente, en lugar de limitarse a castigos puntuales.

También es recomendable que los adultos conozcan los videojuegos que utilizan sus hijos, sus sistemas de comunicación y sus opciones de compra. Compartir alguna partida puede servir para comprender qué atrae al menor y abrir conversaciones sobre el tiempo de uso, la privacidad y el comportamiento dentro de las comunidades digitales.

  • Observar si el juego afecta al sueño, los estudios o las relaciones personales.
  • Fijar límites de tiempo adaptados a la edad y a las responsabilidades del menor.
  • Mantener los dispositivos fuera del dormitorio durante la noche cuando sea necesario.
  • Fomentar alternativas de ocio, como el deporte, la lectura o los encuentros presenciales.
  • Consultar con un profesional si existen pérdida de control, aislamiento o malestar continuado.

Una señal para reforzar la educación digital

Las cifras del macroestudio no apuntan a que los videojuegos sean un problema para todos los adolescentes, pero sí evidencian la importancia de acompañar su uso. Uno de cada cuatro estudiantes gallegos considera que juega demasiado, mientras que alrededor del 1 % podría encontrarse ante una situación compatible con un trastorno.

El reto pasa por promover una relación equilibrada con el ocio digital. Ni la prohibición general ni la ausencia de límites ofrecen una respuesta suficiente. La educación digital, la comunicación familiar y la detección temprana pueden ayudar a que jugar siga siendo una actividad de entretenimiento sin convertirse en una fuente de perjuicios para los jóvenes.

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