El calor extremo del verano multiplica los riesgos para la salud
Las olas de calor no solo provocan malestar, sudoración o cansancio. Cuando las temperaturas se mantienen muy elevadas, el organismo tiene que trabajar de forma constante para refrigerarse. Ese esfuerzo puede descompensar enfermedades previas y favorecer problemas graves en el corazón, los riñones, el sistema nervioso y el embarazo.
El riesgo aumenta especialmente durante los episodios prolongados de calor, cuando las noches también son cálidas y el cuerpo no consigue recuperarse. Las personas mayores, los bebés, las embarazadas, quienes viven solos y los pacientes con enfermedades crónicas necesitan una vigilancia especial.
Por qué el calor puede desestabilizar el organismo
Para bajar la temperatura corporal, los vasos sanguíneos de la piel se dilatan y aumenta la producción de sudor. Este mecanismo permite liberar calor, pero también puede reducir la presión arterial y provocar una pérdida importante de agua y sales minerales.
Si la exposición continúa, aparecen síntomas como debilidad, mareo, dolor de cabeza, calambres, náuseas o confusión. En los casos más graves, el cuerpo deja de regular correctamente su temperatura y puede producirse un golpe de calor, una urgencia médica que puede causar daños en varios órganos.
El corazón trabaja bajo más presión
El calor obliga al corazón a bombear más sangre hacia la piel para favorecer la refrigeración. Al mismo tiempo, la deshidratación reduce el volumen de sangre circulante. Como consecuencia, el sistema cardiovascular debe realizar un esfuerzo adicional para mantener una presión y una circulación adecuadas.
Las personas con insuficiencia cardiaca, hipertensión, enfermedad coronaria o antecedentes de ictus pueden notar un empeoramiento de sus síntomas. También aumenta el riesgo de palpitaciones, bajadas de tensión, desmayos y episodios cardiovasculares, sobre todo al realizar ejercicio o permanecer al sol.
Algunos tratamientos requieren una atención específica durante los días más calurosos. Los diuréticos, ciertos medicamentos para la presión arterial y otros fármacos pueden modificar la hidratación o la respuesta del cuerpo al calor. No se debe suspender ni cambiar ninguna medicación sin consultar previamente con un profesional sanitario.
Los riñones sufren con la deshidratación
Los riñones necesitan un flujo adecuado de sangre y agua para eliminar los productos de desecho. Cuando se pierde líquido a través del sudor y no se repone, la orina se concentra y el trabajo renal aumenta. En personas vulnerables, esta situación puede desencadenar una lesión renal aguda.
El riesgo es mayor en pacientes con enfermedad renal, diabetes, insuficiencia cardiaca o antecedentes de cálculos. También puede aumentar cuando se combinan altas temperaturas con vómitos, diarrea o ejercicio intenso.
Una señal de alerta es orinar mucho menos de lo habitual, especialmente si la orina es muy oscura. La sed intensa, la sequedad de boca, el agotamiento y los mareos indican que puede existir una deshidratación relevante y requieren actuar cuanto antes.
Embarazo y calor: una combinación que exige precaución
Durante el embarazo, el organismo ya soporta cambios importantes en la circulación, la temperatura corporal y las necesidades de líquidos. Las altas temperaturas pueden intensificar la sensación de agotamiento, favorecer la deshidratación y empeorar la hinchazón o las bajadas de tensión.
Además, la deshidratación y el estrés térmico pueden favorecer contracciones uterinas, malestar y complicaciones que deben ser valoradas por el equipo sanitario. Las embarazadas deben evitar las horas centrales del día, descansar en lugares frescos y mantener una ingesta de líquidos adecuada, salvo que tengan alguna indicación médica específica.
Si aparecen contracciones regulares, pérdida de líquido, sangrado, dolor intenso, disminución de los movimientos del bebé, fiebre o mal estado general, es necesario contactar con los servicios sanitarios.
Personas más vulnerables ante una ola de calor
- Mayores de 65 años, especialmente si viven solos o tienen dependencia.
- Bebés y niños pequeños, porque regulan peor la temperatura corporal.
- Personas embarazadas o en el posparto.
- Pacientes con enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales o neurológicas.
- Personas con obesidad, diabetes o problemas de salud mental.
- Trabajadores y deportistas expuestos al sol o a ambientes calurosos.
- Quienes toman medicamentos que afectan a la sudoración, la presión arterial o la eliminación de líquidos.
Cómo reducir el impacto del calor extremo
La prevención comienza por permanecer en espacios frescos y evitar la actividad física intensa durante las horas de mayor temperatura. Conviene cerrar persianas durante el día, ventilar por la noche y utilizar ropa ligera, holgada y de colores claros.
Beber agua con regularidad es fundamental, incluso aunque no aparezca sed. Las personas que siguen dietas especiales o tienen restricciones de líquidos deben consultar a su médico sobre la cantidad adecuada. El alcohol y las bebidas muy azucaradas no son una buena alternativa para hidratarse.
También es importante vigilar a familiares, vecinos y personas que viven solas. Un mensaje o una llamada pueden ayudar a detectar a tiempo un deterioro. Nunca se debe dejar a niños, mayores, personas dependientes ni animales dentro de un vehículo, aunque las ventanillas estén abiertas.
Cuándo pedir ayuda urgente
La confusión, la pérdida de conocimiento, las convulsiones, la dificultad para respirar, el dolor en el pecho, la piel muy caliente o una temperatura corporal elevada son signos de alarma. Ante estos síntomas, hay que llamar al 112, trasladar a la persona a un lugar fresco y enfriarla con paños húmedos mientras llega la ayuda.
El calor extremo puede afectar a cualquier persona, pero sus consecuencias son especialmente peligrosas cuando existen enfermedades previas. Identificar los primeros síntomas, mantener una hidratación prudente y reducir la exposición permite prevenir muchas complicaciones durante el verano.



