La IA puede hacer el software tan seguro que los gobiernos no puedan espiarte
La inteligencia artificial podría desencadenar una paradoja en el mundo de la ciberseguridad: cuanto mejor detecte y corrija los fallos de los programas, más difícil será para los gobiernos acceder de forma encubierta a los dispositivos de sospechosos. El resultado, según un argumento que ha abierto un intenso debate entre expertos, podría ser el regreso de las presiones para introducir puertas traseras en móviles, ordenadores y servicios cifrados.
La hipótesis parte de un análisis publicado a principios de agosto por Matthew Green, profesor de criptografía en la Universidad Johns Hopkins. Su planteamiento sostiene que los sistemas de inteligencia artificial ya están acelerando la búsqueda de vulnerabilidades y que, si esta tendencia continúa, los llamados zero-days podrían escasear.
Una vulnerabilidad zero-day es un fallo de seguridad desconocido por el fabricante o que todavía no ha sido corregido. Estas brechas tienen un valor especial para los grupos de espionaje porque permiten atacar un dispositivo sin que su propietario pueda protegerse mediante una actualización.
La IA acelera la carrera por encontrar fallos
Los modelos de lenguaje de gran escala, conocidos como LLM, pueden analizar enormes cantidades de código, detectar patrones sospechosos y proponer pruebas para comprobar si un programa es vulnerable. Aunque no sustituyen por completo a los investigadores humanos, sí permiten revisar software a una velocidad que antes resultaba inviable.
Google ha informado de que en junio de 2026 corrigió en Chrome más vulnerabilidades que durante los dos años anteriores combinados gracias, en parte, al uso de herramientas de inteligencia artificial. El dato no significa que el navegador esté libre de fallos, pero sí muestra cómo está cambiando el ritmo de detección y reparación.
Si esta capacidad se extiende a sistemas operativos, aplicaciones y proyectos de código abierto, el software podría volverse progresivamente más resistente. La consecuencia no deseada sería que los gobiernos y las empresas dedicadas a la seguridad ofensiva dispusieran de menos errores aprovechables para acceder a los dispositivos de determinados objetivos.
El cifrado ya ha cerrado una vía de vigilancia
El debate se entiende mejor al observar el papel del cifrado de extremo a extremo. Esta tecnología convierte los mensajes en información ilegible para terceros y hace que solo el emisor y el receptor puedan descifrarlos. Servicios como WhatsApp, Signal o iMessage utilizan este sistema para impedir que las comunicaciones puedan ser interceptadas de forma convencional.
Ante esta barrera, los investigadores gubernamentales suelen intentar entrar directamente en el teléfono o el ordenador. Para ello recurren a vulnerabilidades no corregidas, herramientas de espionaje y programas capaces de tomar el control de un dispositivo sin que el usuario lo advierta.
El equilibrio actual procede en parte del debate sobre el fenómeno conocido como going dark, popularizado por el FBI en 2014. La expresión describe el temor de las fuerzas de seguridad a perder acceso a las comunicaciones de delincuentes y terroristas debido al uso masivo del cifrado.
Un posible regreso de las puertas traseras
Si los fallos aprovechables se vuelven demasiado escasos, los gobiernos podrían volver a reclamar un acceso excepcional a los servicios cifrados. Ese acceso suele plantearse mediante una puerta trasera: un mecanismo oculto que permite entrar en un sistema saltándose sus controles de seguridad.
El problema es que una puerta trasera no puede garantizarse únicamente para las autoridades que la solicitan. Si existe una entrada especial, otros gobiernos, ciberdelincuentes o grupos de espionaje podrían intentar descubrirla y utilizarla. Por eso, los expertos en seguridad advierten de que una medida diseñada para vigilar a una minoría debilitaría potencialmente la protección de todos los usuarios.
La investigadora Luna Tong considera que la actual abundancia de fallos representa una especie de fiebre del oro temporal y que las vulnerabilidades volverán a ser más difíciles de encontrar. Paolo Stagno, directivo de una compañía dedicada a comprar y vender zero-days a gobiernos, también cree que el modelo actual podría verse alterado si la inteligencia artificial reduce de forma drástica la oferta de errores explotables.
Más detección no equivale a más seguridad
Otros especialistas introducen importantes matices. Hamid Kashfi sostiene que por cada vulnerabilidad identificada y comunicada por una IA puede haber muchas otras que permanezcan ocultas. Los investigadores que no informan de sus hallazgos a los fabricantes todavía pueden conservar fallos complejos y valiosos para operaciones ofensivas.
Eva Galperin, de la Electronic Frontier Foundation, señala además que la propia IA puede aumentar el número de errores. El llamado vibe coding, que consiste en generar software mediante instrucciones en lenguaje natural, facilita la creación rápida de aplicaciones, pero también puede introducir vulnerabilidades que después nadie revisa correctamente.
Encontrar un fallo tampoco implica que vaya a solucionarse de inmediato. Los fabricantes deben confirmar el problema, desarrollar un parche, probarlo y conseguir que millones de usuarios instalen la actualización. En sistemas antiguos, dispositivos abandonados o infraestructuras críticas, ese proceso puede prolongarse durante meses.
Una discusión técnica con consecuencias políticas
Para Katie Moussouris, experta en gestión de vulnerabilidades, todavía queda tiempo antes de que los teléfonos y ordenadores sean prácticamente resistentes a los fallos. Sin embargo, considera posible que, cuando localizar errores resulte mucho más difícil, aumente la presión política para introducir mecanismos de acceso excepcional.
El calendario es incierto, pero la dirección del debate parece clara. Los gobiernos siempre han reclamado herramientas para investigar delitos graves, mientras que la industria tecnológica sostiene que no existe una puerta trasera segura solo para los buenos.
La inteligencia artificial cambia ahora una de las variables centrales de esta disputa: la cantidad de vulnerabilidades disponibles. También puede redistribuir la ventaja entre países, empresas y grupos con distintos recursos, especialmente si las herramientas de análisis de código se incorporan a modelos abiertos y accesibles en todo el mundo.
El escenario de un software tan seguro que limite seriamente la capacidad de espionaje gubernamental todavía no es una realidad. Pero el avance de la IA en la búsqueda y corrección de fallos puede acercarlo. A medida que los programas sean más difíciles de atacar, la batalla no se librará solo en los laboratorios de ciberseguridad, sino también en los parlamentos y en el diseño de las futuras comunicaciones privadas.



