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El nuevo Worms combina estrategia táctica, estructura roguelike y ovejas bomba

La saga Worms prepara una nueva vuelta de tuerca con una propuesta que mezcla los combates por turnos de siempre con ideas propias de X-COM y los sistemas de progresión de los roguelike. Después de aproximadamente una hora, la sensación es clara: sus partidas cortas funcionan, sus decisiones tienen peso y resulta demasiado fácil pensar en iniciar una más.

El concepto mantiene intacta la personalidad de la franquicia, pero cambia el ritmo de sus enfrentamientos. Ya no se trata únicamente de apuntar, calcular trayectorias y lanzar el arma más destructiva del arsenal. Cada turno invita a valorar el posicionamiento, la composición del equipo y las mejoras disponibles antes de comprometer una jugada.

Un Worms más táctico y menos previsible

La base sigue siendo reconocible para cualquier aficionado: equipos de gusanos, escenarios llenos de posibilidades y un repertorio de armas capaz de convertir el mapa en un auténtico caos. La diferencia está en cómo se construye cada partida y en la importancia que adquiere la planificación a medio plazo.

La influencia de X-COM se percibe en la forma de presentar los combates. Los gusanos no son simples unidades intercambiables, sino piezas que deben aprovechar sus características y su posición. Atacar desde una zona elevada, cubrirse tras el escenario o reservar una habilidad para el momento adecuado puede marcar la diferencia entre una victoria limpia y una retirada desastrosa.

Este enfoque añade una capa de estrategia que no elimina el humor ni la espontaneidad de Worms. Al contrario, hace que cada disparo disparatado tenga más valor. Una explosión mal calculada puede dañar al enemigo, pero también dejar expuesto a nuestro propio equipo o destruir la cobertura que necesitábamos para el siguiente turno.

Partidas cortas con ganas de repetir

Uno de los grandes aciertos de esta nueva propuesta es su estructura. Las partidas están diseñadas para poder disfrutarse en sesiones breves, algo especialmente adecuado para una saga que siempre ha funcionado bien en encuentros rápidos entre amigos. Sin embargo, el diseño no da la impresión de estar pensado únicamente para partidas aisladas.

La progresión roguelike introduce variaciones y decisiones que animan a volver a empezar. Cada recorrido puede plantear situaciones diferentes, con recompensas, mejoras y posibles rutas que obligan a adaptar la estrategia. No basta con aprenderse una solución: también hay que saber reaccionar ante lo que aparece en cada intento.

Tras una hora, ese sistema ya deja una de las mejores sensaciones posibles en un juego de estrategia: la necesidad de probar otra combinación. Quizá la próxima partida permita mejorar al equipo, conseguir un arma más útil o encontrar una forma más eficaz de aprovechar el terreno. El fracaso no se siente como tiempo perdido, sino como información para el siguiente intento.

La fórmula de siempre, con más decisiones

  • Combates por turnos basados en la precisión y el control del terreno.
  • Elementos tácticos que premian la planificación de cada movimiento.
  • Progresión con estructura roguelike y partidas pensadas para repetir.
  • Armas extravagantes que mantienen el humor característico de Worms.
  • Sesiones cortas que encajan tanto en solitario como en partidas competitivas.

El resultado no parece buscar una revolución total, sino ampliar la identidad de la serie sin perder aquello que la hizo popular. El humor absurdo sigue presente y las situaciones inesperadas continúan siendo parte esencial de la experiencia. La diferencia es que ahora el jugador tiene más motivos para pensar antes de disparar.

Las ovejas bomba vuelven a ser protagonistas

Entre las señas de identidad que regresan se encuentran las ovejas bomba, uno de los elementos más recordados de la saga. Su presencia resume bien el tono del proyecto: puede haber decisiones tácticas, mejoras y planificación, pero todo puede terminar con una oveja lanzada por los aires y una explosión capaz de cambiar el resultado del enfrentamiento.

Ese contraste entre estrategia y gamberrismo es precisamente lo que hace que la fórmula resulte tan atractiva. El juego puede pedir paciencia para preparar una emboscada, pero también recompensa la creatividad, el riesgo y esas jugadas que parecen absurdas hasta que funcionan.

Una evolución que conserva el carácter de Worms

La primera toma de contacto deja una impresión positiva. El nuevo Worms parece encontrar un equilibrio interesante entre accesibilidad y profundidad: cualquiera puede entender sus reglas básicas en pocos minutos, pero dominar las posibilidades del equipo y del escenario requerirá más tiempo.

Su mayor virtud está en combinar partidas rápidas con una progresión que invita a regresar. No hace falta reservar una tarde entera para disfrutarlo, aunque es fácil que una sesión breve se alargue más de lo previsto. Cuando aparece la pantalla de derrota, la reacción natural no es cerrar el juego, sino pensar qué habría ocurrido con una decisión distinta.

Todavía habrá que comprobar cómo se sostiene la propuesta durante una experiencia completa y qué variedad ofrece a largo plazo. Por ahora, este cruce entre Worms, estrategia táctica y roguelike tiene una virtud fundamental: entiende que la diversión está tanto en ganar como en descubrir hasta dónde puede llegar el siguiente desastre.

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