Publicidad

Los robots empiezan a incorporar brazos para pasar de detectar obstáculos a actuar sobre ellos

La robótica doméstica afronta una nueva etapa: después de aprender a moverse y reconocer lo que ocurre a su alrededor, los dispositivos empiezan a incorporar brazos articulados capaces de intervenir físicamente en el entorno. Aspiradores, cortacéspedes e incluso teléfonos móviles exploran una solución que puede marcar la diferencia entre automatizar una tarea y limitarse a ejecutarla de forma parcial.

La tendencia ha ganado presencia en las últimas ferias tecnológicas y vuelve a cobrar protagonismo en IFA Berlín. El objetivo es sencillo: que un robot no tenga que detenerse ante un calcetín, una rama o cualquier otro objeto, sino que pueda retirarlo y continuar con su trabajo sin intervención humana.

El brazo del aspirador: de la idea llamativa a una utilidad concreta

Los robots aspiradores son un buen ejemplo de las limitaciones actuales de la automatización. Funcionan con solvencia en espacios amplios y despejados, pero los cables, los pilares, los rincones estrechos o los juguetes de una mascota pueden obligarlos a modificar la ruta, atascarse o dejar zonas sin limpiar.

La incorporación de un brazo articulado pretende resolver precisamente esos casos. Roborock fue una de las primeras marcas en mostrar esta solución con el Saros Z70, presentado en 2025. El dispositivo podía identificar determinados objetos, recogerlos y apartarlos de su camino antes de continuar aspirando.

Después llegó Dreame con el Cyber10 Ultra, cuyo brazo podía extenderse hasta 33 centímetros y levantar objetos de hasta medio kilo. La cifra amplía las posibilidades frente a los primeros diseños, aunque el rendimiento real depende de factores como la forma del objeto, su posición y la precisión de las cámaras y sensores.

Las primeras experiencias también muestran que queda margen de mejora. El brazo puede detectar un obstáculo y no conseguir agarrarlo, o recogerlo sin depositarlo siempre en el compartimento previsto. La idea, por tanto, es sólida, pero la fiabilidad todavía no está al nivel de una acción humana repetida miles de veces.

Los cortacéspedes también quieren manipular el terreno

La evolución no se limita al suelo de casa. Varios fabricantes han presentado robots cortacésped con soluciones destinadas a interactuar con el jardín. Segway, Dreame y Mova han mostrado propuestas con extensiones o brazos que aspiran a retirar pequeños obstáculos y facilitar el mantenimiento de superficies más complejas.

No todos los diseños ofrecen el mismo grado de movimiento. Algunas propuestas son extensiones del propio cuerpo del robot, mientras que otras incorporan una extremidad articulada con capacidad para cambiar de posición y ejercer fuerza. Esta diferencia resulta importante: una prolongación puede ampliar el alcance, pero un brazo permite agarrar, mover y colocar objetos.

En la práctica, esta tecnología podría reducir la necesidad de rematar manualmente el trabajo con una escoba, un aspirador vertical o un recortabordes. El robot no solo cubriría la zona principal, sino también las tareas secundarias que hasta ahora impedían considerarlo una solución completamente autónoma.

Cuando el brazo no sirve para limpiar, sino para crear nuevas funciones

La misma lógica empieza a aplicarse a productos que no son robots de limpieza. El denominado Robot Phone, por ejemplo, integra un mecanismo que extrae su cámara trasera y la convierte en un estabilizador móvil o gimbal. Un gimbal es un sistema de articulaciones que compensa los movimientos para obtener fotografías y vídeos más estables.

En este caso, el brazo no pretende retirar obstáculos, sino cambiar la forma en la que el dispositivo interactúa con su usuario. Puede seguir una escena, ajustar la orientación de la cámara y ofrecer recursos propios de una grabación con asistencia física. La extremidad se convierte así en un elemento funcional de diseño, no en un simple añadido llamativo.

El objetivo final: robots capaces de desenvolverse en casa

La evolución natural apunta a los robots humanoides, diseñados con dos brazos y una estructura similar a la de las personas para desenvolverse en entornos construidos a nuestra medida. Su ventaja potencial es que pueden utilizar puertas, mesas, armarios y herramientas sin exigir una remodelación completa de la vivienda.

Empresas como 1X Technologies trabajan en robots domésticos capaces de doblar ropa o realizar tareas de limpieza. Su modelo Neo se ha planteado con un precio de 20.000 dólares o mediante una suscripción mensual de 499 dólares, cifras que todavía sitúan estos equipos lejos del alcance de la mayoría de los hogares.

También LG mostró en el CES de 2026 su robot CLOiD, equipado con dos brazos articulados con siete grados de libertad cada uno y capacidad para levantar hasta 68 kilogramos. Los grados de libertad indican cuántos movimientos independientes puede realizar una articulación o un conjunto mecánico. Cuantos más tenga, mayor será su flexibilidad, aunque también aumentan la complejidad y el coste.

De percibir el mundo a modificarlo

Durante años, el término inteligente se aplicó a cualquier aparato conectado a internet. Sin embargo, un dispositivo realmente autónomo necesita algo más que conectividad: debe percibir lo que ocurre, interpretarlo y actuar en consecuencia.

La inteligencia artificial interviene en la identificación de objetos y situaciones a partir de imágenes y datos de sensores. Esta capacidad, conocida como visión artificial cuando analiza el entorno visual, permite distinguir un cable, un mueble o una prenda. El brazo aporta la parte mecánica necesaria para convertir esa interpretación en una acción concreta.

El resultado todavía está lejos de la precisión humana. Agarrar un objeto blando, calcular cuánta fuerza aplicar o depositarlo en el lugar correcto son tareas especialmente complejas para una máquina. Aun así, la dirección del sector parece definida: los dispositivos conectados tenderán a incorporar mecanismos capaces de actuar sobre el entorno.

Los brazos robóticos pueden encarecer los productos y aumentar sus puntos de fallo, pero también abren la puerta a una automatización más completa. El brazo que hoy recoge un calcetín con cierta torpeza podría convertirse mañana en un componente habitual de aspiradores, cortacéspedes, cámaras y robots domésticos.

Artículo anteriorWorms vuelve con estrategia roguelike y ovejas bomba
Artículo siguienteSiemens y Bosch sorprenden en IFA al apostar por la eficiencia