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La Cartuja de Sevilla resucita: una taza, ChatGPT y una inversión de dos millones evitan el cierre de la fábrica

La Cartuja de Sevilla vuelve a producir vajillas después de estar al borde de la liquidación. La empresa, fundada en 1841, fue adquirida por la empresaria chilena Gabriela Luksic y su hermana Paola apenas unos meses después de que la fábrica cerrase, sin plantilla y con la actividad paralizada.

La operación se formalizó por 225.000 euros, aunque el coste real de la compra se aproxima a los dos millones al asumir deudas y compromisos de la compañía. El acuerdo ha permitido conservar 30 de los 36 puestos de trabajo y mantener abierta una fábrica que acumula 185 años de historia industrial.

Una taza descubierta en un hotel de Jerez

El origen del rescate fue una experiencia aparentemente cotidiana. Durante una estancia en un hotel de Jerez de la Frontera, Gabriela Luksic se fijó en una taza de La Cartuja de Sevilla. La pieza despertó su interés y, al regresar a Chile, buscó información sobre la marca en internet.

Fue entonces cuando descubrió que la empresa se encontraba en liquidación. Para comprender mejor el valor de la vajilla y su proceso de fabricación, consultó a ChatGPT, un sistema de inteligencia artificial capaz de generar respuestas a partir de grandes cantidades de información y de explicar conceptos en lenguaje natural.

La herramienta le detalló que cada pieza podía requerir tres o cuatro cocciones, además de varias fases de preparación, esmaltado y decoración. También le ayudó a identificar la importancia histórica de la marca, que había sido durante generaciones una referencia de la vajilla española.

La consulta no sustituyó al análisis empresarial ni a la revisión legal de la operación, pero sirvió como primer contacto con una compañía que, hasta entonces, Luksic no conocía en profundidad. Poco después, viajó a Sevilla y comenzó a estudiar la posibilidad de adquirirla junto a la refinería Cepsa, vinculada a Huelva, en la estructura de la nueva etapa industrial.

Una fábrica nacida para esquivar los aranceles

La Cartuja de Sevilla no nació como una empresa sevillana en sentido estricto. Su fundador fue Charles Pickman, un comerciante inglés que importaba loza británica a través de Cádiz. En 1841 decidió fabricar en España para evitar los aranceles y aprovechó el antiguo monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas.

La instalación fue posible tras la desamortización de Mendizábal, el proceso iniciado en el siglo XIX por el que numerosos bienes de la Iglesia fueron expropiados y vendidos. De aquella etapa proceden los característicos hornos con forma de botella que aún se conservan junto al Guadalquivir.

En sus mejores años, la compañía llegó a contar con 20 hornos y una plantilla de hasta 1.200 trabajadores. Su producción alcanzaba varios millones de platos semanales y sus diseños florales se convirtieron en un elemento habitual de los comedores españoles.

De la crisis financiera al borde de la liquidación

El declive se aceleró después de varios cambios de propiedad y dificultades financieras. La expropiación de Rumasa en 1983 marcó una etapa de inestabilidad, seguida por concursos de acreedores y problemas de financiación bajo la gestión de Ultraalta, sociedad vinculada a la familia Zapata.

El golpe decisivo llegó en 2019, cuando la Seguridad Social reclamó una deuda heredada de seis millones de euros. La empresa sostuvo que no le correspondía asumirla y el Tribunal Supremo le dio la razón en 2023, pero el litigio se prolongó durante años críticos para la actividad.

La pandemia, el aumento de los costes energéticos y el hundimiento temporal de la hostelería redujeron los pedidos, precisamente uno de los principales mercados de la marca. En 2025, Hacienda reclamaba unos 800.000 euros y la Seguridad Social, alrededor de medio millón.

Tras levantarse el concurso de acreedores, las cuentas fueron embargadas y la empresa solicitó la liquidación. La venta también se complicó por la falta de información detallada sobre la deuda asociada a cada trabajador, un dato esencial para calcular el coste de conservar la plantilla.

La venta de la unidad productiva evita el cierre definitivo

La solución llegó mediante la venta de la unidad productiva, una figura prevista en la legislación concursal. Este mecanismo permite transmitir un negocio en funcionamiento, con sus máquinas, marca, contratos y parte de los empleados, a un nuevo propietario.

La ventaja es que el comprador puede asumir la actividad sin cargar con todas las deudas anteriores, mientras el juzgado trata de preservar el empleo y el valor industrial de la compañía. En el caso de La Cartuja, el Juzgado Mercantil número 3 de Sevilla autorizó la operación por 225.000 euros.

Gabriela y Paola Luksic controlan el 80% de la empresa. El 20% restante corresponde al matrimonio formado por Mar Madrid y Javier Targhetta. El acuerdo obliga a mantener a 30 trabajadores y permite recuperar una producción que llevaba meses detenida.

La producción vuelve a los hornos tradicionales

La fabricación mantiene los materiales habituales: cuarzo, caolín, feldespato, sílice, arcilla y arena. Las piezas se cuecen durante unas 24 horas en hornos que superan los 1.100 grados y tienen capacidad para unas 3.500 unidades por tanda.

Después, las operarias revisan cada pieza de forma individual. Lijan las imperfecciones con piedra, eliminan el polvo y corrigen pequeños defectos antes de aplicar los diseños. Las decoraciones se colocan mediante calcomanías sobre el vidrio y requieren una segunda cocción de unas siete horas para quedar fijadas.

El proceso continúa siendo manual en buena parte de sus fases. El barnizado final lo realizan trabajadores que han aprendido el oficio dentro de sus familias. La inteligencia artificial que ayudó a descubrir la marca no interviene en la fabricación: el valor diferencial sigue estando en la experiencia artesanal y en el control pieza a pieza.

Un plan para cuadruplicar la producción

La primera hornada de la nueva etapa salió en mayo de 2026. Recuperó los tres modelos más reconocibles de la firma, en rosa, negro y azul Ceilán, junto a otros doce diseños, entre ellos Geórgica, creado por la ilustradora Carmen García Huerta e inspirado en la familia Kennedy.

El plan de la compañía pasa por cuadruplicar la producción antes de finales de 2027 y reforzar cuatro vías de venta: grandes almacenes, comercio especializado, hostelería y tienda online. La operación convierte una marca abocada a desaparecer en un ejemplo de recuperación industrial apoyada en la identidad, el empleo y la fabricación de proximidad.

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