La pérdida de comprensión lectora entre los jóvenes preocupa a universidades y colegios
La capacidad de muchos jóvenes para leer y entender textos complejos está retrocediendo, según las advertencias de docentes e investigadores de varios países. El problema no se limita a la ortografía o a la velocidad de lectura: afecta a la atención, la interpretación de matices, el pensamiento crítico y la confianza necesaria para afrontar estudios y conversaciones en profundidad.
En las universidades estadounidenses, parte del profesorado asegura que el alumnado de la Generación Z llega con dificultades para completar lecturas que hasta hace pocos años se consideraban habituales. Textos de entre 25 y 40 páginas para una clase pueden provocar rechazo o desconcierto, especialmente cuando exigen seguir un argumento, relacionar conceptos y deducir información que no aparece de forma explícita.
Ante esta situación, algunos estudiantes recurren a herramientas de inteligencia artificial para obtener resúmenes de los capítulos o artículos que deberían leer. Estas aplicaciones pueden identificar ideas principales y generar explicaciones rápidas, pero no sustituyen el proceso de comprensión. Al delegar la lectura, se pierden detalles, contradicciones, referencias y matices que resultan esenciales para interpretar correctamente un texto.
Leer en profundidad frente a escanear información
El profesorado describe una creciente preferencia por la lectura superficial o de escaneo. Consiste en recorrer un contenido para localizar palabras clave, titulares o conclusiones, sin construir una visión completa del argumento. Este método puede resultar útil para encontrar un dato concreto, pero es insuficiente para estudiar, analizar una novela, comprender un ensayo o evaluar la fiabilidad de una afirmación.
La lectura profunda requiere mantener la atención durante un periodo prolongado, relacionar las ideas del texto con conocimientos previos y tolerar cierta dificultad. El consumo constante de contenidos breves, notificaciones y vídeos verticales no demuestra por sí solo que las pantallas causen el deterioro, pero sí crea un entorno poco favorable para desarrollar ese esfuerzo sostenido.
La respuesta de algunos centros está siendo reducir la extensión de las lecturas, sustituir libros completos por fragmentos o trasladar el ejercicio al aula. También se utilizan audiolibros, vídeos y sesiones de lectura en voz alta con análisis colectivo. Estas medidas pueden facilitar el acceso inicial, aunque plantean dudas sobre si el alumnado llegará a recuperar la autonomía necesaria para enfrentarse a textos largos sin acompañamiento.
Una tendencia que empieza antes de la universidad
Las señales de alarma no proceden únicamente de la educación superior. En Estados Unidos, las pruebas de nivel muestran que los resultados de los escolares son peores que los de generaciones anteriores. La caída ya se observaba antes de la pandemia y, por tanto, no puede atribuirse únicamente a las clases a distancia o a la interrupción de la enseñanza presencial.
En la llamada Generación Alfa, formada por los niños y adolescentes nacidos aproximadamente a partir de 2010, también se ha reducido en algunos contextos la exigencia de leer obras completas. La sustitución de libros por fragmentos permite avanzar en el programa, pero limita la exposición a estructuras narrativas extensas y a vocabulario menos frecuente.
En Francia, diversos análisis educativos han detectado dificultades relevantes de lectura entre los jóvenes de 16 a 25 años. Una parte de ellos presenta problemas para comprender instrucciones, interpretar un artículo o extraer el significado de un texto cotidiano. En España, los barómetros sobre hábitos lectores infantiles y adolescentes ofrecen una imagen más positiva, aunque los docentes siguen alertando de problemas de atención y comprensión en el aula.
El vínculo entre lectura, ansiedad y aislamiento
Las consecuencias no son solo académicas. Cuando una persona joven no entiende un texto que sus compañeros parecen dominar, puede sentirse menos capaz y evitar tareas que impliquen leer. Esa inseguridad alimenta un círculo difícil de romper: cuanto menos se lee, más esfuerzo cuesta hacerlo y mayor es la frustración.
La pérdida de comprensión también deja a los jóvenes más expuestos a la desinformación. Leer críticamente implica distinguir hechos de opiniones, identificar una generalización, detectar una fuente interesada y comparar explicaciones. Sin esas habilidades, los mensajes breves y emocionales tienen más posibilidades de imponerse, aunque sean incompletos o directamente falsos.
La lectura habitual aporta además beneficios relacionados con la salud mental y las relaciones sociales. Las novelas permiten conocer perspectivas distintas, interpretar motivaciones y comprender emociones ajenas. Esa práctica favorece la empatía y ofrece un espacio de concentración alejado del flujo constante de estímulos digitales.
Un problema educativo con efectos sociales
El retroceso de la lectura está modificando también el lenguaje público. Los mensajes políticos, la publicidad y parte de la música popular tienden a utilizar construcciones más sencillas y directas. Esta adaptación puede hacer los contenidos más accesibles, pero también empobrecer la capacidad colectiva para abordar asuntos complejos sin reducirlos a consignas.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta útil para apoyar la comprensión: puede explicar un término, proponer preguntas sobre un capítulo o adaptar la dificultad de un texto. Sin embargo, su uso debe complementar la lectura y no reemplazarla. Un resumen automático ofrece el resultado final, pero no entrena la atención ni la capacidad de seguir un razonamiento.
Recuperar el hábito exige medidas sostenidas: reservar tiempo diario para leer sin interrupciones, ofrecer textos atractivos y graduar la dificultad sin renunciar progresivamente a la complejidad. También es necesario enseñar a utilizar la IA con criterio y reforzar el papel de familias, bibliotecas y centros educativos. No se trata de enfrentar libros y pantallas, sino de garantizar que los jóvenes conserven la capacidad de comprender aquello que leen.



