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Una casa amish donde la tecnología queda fuera de la vida familiar

En Lancaster, Pensilvania, todavía existen hogares en los que la tecnología no marca el ritmo del día. No hay pantallas encendidas en cada habitación, notificaciones que interrumpan las conversaciones ni dispositivos conectados pendientes de cada movimiento. La vida transcurre con otra velocidad, basada en el trabajo, la familia y una relación muy concreta con el entorno.

Susana Guitar, natural de Bollullos Par del Condado, nos acompaña en este acercamiento a una comunidad amish para conocer cómo se organiza una casa en la que el acceso a la tecnología está limitado por principios religiosos y sociales. Más que una simple renuncia a los avances modernos, su modelo plantea una reflexión sobre qué herramientas son realmente necesarias.

La tecnología no desaparece: se somete a unas reglas

La imagen de los amish como una comunidad completamente aislada de la tecnología es, en realidad, demasiado simple. Su relación con los dispositivos modernos depende de cada grupo y de las normas que establece cada comunidad. Algunas herramientas pueden aceptarse si se consideran útiles para el trabajo o la actividad económica, mientras que otras se rechazan por el impacto que pueden tener sobre la vida familiar.

El criterio no suele ser si un aparato es antiguo o moderno, sino si favorece o debilita los valores de la comunidad. La electricidad, internet, los teléfonos móviles o los automóviles pueden quedar fuera de la vivienda habitual, aunque eso no significa que sus habitantes desconozcan su existencia o no tengan contacto con ellos en determinadas circunstancias.

La diferencia está en el control. En lugar de permitir que la tecnología entre de forma automática en todos los espacios de la vida, la comunidad decide qué uso puede tener y cuáles son sus límites. Una decisión que contrasta con la dependencia cotidiana de los dispositivos conectados en buena parte de la sociedad.

Una casa pensada para convivir

Al entrar en una vivienda amish, uno de los aspectos que más llama la atención es la ausencia de los elementos que suelen dominar un hogar contemporáneo. No hay una sucesión constante de avisos, llamadas o contenidos audiovisuales. La casa no está diseñada para que cada persona se refugie en su propia pantalla.

Las tareas domésticas, las comidas y las conversaciones adquieren un papel central. El tiempo compartido no compite con las redes sociales ni con el entretenimiento digital. La familia funciona como el núcleo principal de la jornada, y buena parte de las actividades se realiza de manera colectiva o siguiendo rutinas muy marcadas.

Esta forma de vida también obliga a valorar acciones que en otros hogares se han vuelto casi invisibles. Cocinar, limpiar, reparar un objeto o desplazarse requieren más planificación y, en ocasiones, más esfuerzo físico. El resultado es una relación diferente con el tiempo y con los objetos que se utilizan a diario.

Menos conexión, más presencia

La ausencia de teléfonos móviles y de conexión permanente cambia la forma de comunicarse. Las conversaciones no quedan interrumpidas por mensajes entrantes y las decisiones no dependen de consultar continuamente una pantalla. La atención se concentra en la persona que está delante y en la tarea que se está realizando.

Para una sociedad acostumbrada a responder al instante, este planteamiento puede resultar extraño. Sin embargo, también permite observar uno de los efectos menos visibles de la hiperconectividad: la dificultad para estar en un solo lugar sin revisar una aplicación, consultar el correo o comprobar qué ocurre fuera.

La propuesta amish no pretende convertirse necesariamente en un modelo aplicable a todo el mundo. Sus normas están ligadas a una tradición religiosa y comunitaria muy específica. Aun así, su experiencia sirve para abrir un debate sobre el uso que hacemos de la tecnología y sobre la frontera entre una herramienta útil y una presencia constante.

El debate sobre la vida moderna

La visita a esta casa de Lancaster no ofrece una respuesta sencilla a la relación entre tecnología y bienestar. La vida amish también tiene limitaciones, exige disciplina y se apoya en normas que no todos aceptarían. Además, la reducción del uso tecnológico no elimina las dificultades cotidianas ni convierte automáticamente la convivencia en algo perfecto.

Lo que sí pone de relieve es que la tecnología no es neutral cuando entra en el hogar. Cada aparato cambia hábitos, horarios y formas de relacionarse. Una televisión, un ordenador o un móvil no solo aportan funciones: también pueden modificar la atención, la privacidad y el tiempo que una familia comparte.

En la casa que recorremos con Susana Guitar, la ausencia de tecnología no se vive como un vacío. El espacio está ocupado por las personas, las responsabilidades y las rutinas. En un momento en el que muchos hogares buscan desconectar sin saber cómo hacerlo, la comunidad amish ofrece una imagen radical de esa posibilidad: decidir de antemano qué lugar puede ocupar la tecnología y cuál debe quedar reservado para la vida familiar.

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