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China plantea limitar el dominio militar de la inteligencia artificial y usar las tierras raras como palanca

China quiere impedir que una sola potencia concentre el control de la inteligencia artificial, especialmente cuando sus aplicaciones están relacionadas con la defensa y la seguridad. La estrategia combina una propuesta de gobernanza internacional con una herramienta de presión económica: el peso del país asiático en el suministro mundial de tierras raras.

El planteamiento llega en un momento de creciente rivalidad tecnológica entre China y Estados Unidos. La carrera por desarrollar modelos más avanzados, chips especializados y sistemas autónomos ha convertido la IA en un asunto estratégico, con implicaciones que van mucho más allá del sector tecnológico.

Tratados internacionales para controlar la IA militar

La propuesta china pasa por impulsar acuerdos internacionales que establezcan límites sobre el desarrollo y el uso de la inteligencia artificial. El objetivo declarado sería evitar que cualquier país alcance una posición de dominio absoluto, sobre todo en ámbitos como las armas autónomas, la vigilancia masiva o los sistemas capaces de tomar decisiones en un conflicto.

Estos posibles tratados tendrían que definir qué usos de la IA pueden considerarse aceptables y cuáles deberían quedar prohibidos o sometidos a una supervisión estricta. También deberían abordar la responsabilidad cuando un sistema automatizado cause daños, así como la obligación de mantener control humano en decisiones militares de alto riesgo.

La dificultad está en que las grandes potencias no comparten la misma visión sobre seguridad, transparencia o control tecnológico. Mientras algunos países reclaman normas vinculantes, otros prefieren mantener margen para desarrollar herramientas de defensa sin revelar sus capacidades.

El código abierto como alternativa al control de unas pocas empresas

Otro de los ejes de la estrategia china es promover una inteligencia artificial más abierta. La publicación del código y de determinados componentes de los modelos permitiría, en teoría, que más países y organizaciones pudieran examinar su funcionamiento, detectar riesgos y participar en su evolución.

El código abierto también reduciría la dependencia de un grupo limitado de compañías y gobiernos con acceso a los mayores centros de datos y a los chips más avanzados. Desde esta perspectiva, compartir tecnología podría contribuir a equilibrar el reparto de capacidades de IA a escala internacional.

Sin embargo, abrir un modelo no elimina todos los riesgos. Un sistema accesible puede ser auditado y mejorado por la comunidad, pero también puede facilitar usos maliciosos si no existen controles suficientes. Además, los modelos más potentes dependen de infraestructuras, datos y procesadores que no siempre están disponibles para todos los países.

Las tierras raras, un recurso estratégico

La capacidad de China para influir en la cadena de suministro de tierras raras añade una dimensión económica a este debate. Estos materiales son esenciales para fabricar imanes, motores, equipos electrónicos y distintos componentes utilizados en sectores como la defensa, las telecomunicaciones y la energía.

El país asiático ocupa una posición central tanto en la extracción como, especialmente, en el procesamiento de muchas de estas materias primas. Esa ventaja le proporciona una herramienta de negociación frente a otros países que intentan ampliar sus capacidades en semiconductores, inteligencia artificial y sistemas militares avanzados.

El control de las tierras raras no permite controlar directamente el software de IA, pero sí puede afectar a la fabricación de la infraestructura física que sostiene la tecnología. Centros de datos, sistemas de comunicación, sensores y equipos de defensa dependen de una cadena industrial cada vez más compleja.

Una nueva fase de la rivalidad tecnológica

Estados Unidos y China compiten por liderar varios frentes relacionados con la inteligencia artificial. Washington ha endurecido las restricciones a la exportación de determinados chips y equipos de fabricación, mientras Pekín trata de reforzar su industria nacional y reducir su dependencia de proveedores extranjeros.

En este contexto, la IA se ha convertido en una pieza central de la política exterior y de la seguridad nacional. Las dos potencias buscan desarrollar modelos capaces de procesar grandes volúmenes de información, mejorar la logística militar, automatizar tareas de inteligencia y acelerar la investigación científica.

El riesgo es que la competición tecnológica genere una carrera sin reglas claras. La incorporación de sistemas autónomos a drones, misiles, redes de vigilancia o plataformas de decisión podría aumentar la velocidad de los conflictos y dificultar la intervención humana.

El reto de convertir la propuesta en normas efectivas

La propuesta china deberá superar importantes obstáculos para convertirse en un marco internacional aceptado. Cualquier acuerdo necesitaría mecanismos de verificación, criterios técnicos comunes y garantías de que sus normas se aplican tanto a gobiernos como a empresas privadas.

También será necesario resolver qué se entiende por inteligencia artificial militar, qué sistemas deben someterse a supervisión y cómo se controla el desarrollo de tecnologías de uso dual. Una misma herramienta puede servir para optimizar una red eléctrica, analizar imágenes médicas o apoyar operaciones militares.

China intenta así presentarse como defensora de un reparto más equilibrado de la IA, mientras conserva una posición de fuerza gracias a su industria y a sus materias primas estratégicas. El resultado dependerá de si las potencias consiguen transformar la rivalidad actual en acuerdos concretos sobre seguridad, transparencia y responsabilidad.

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