El zinc entra en órbita como alternativa más barata para propulsar satélites
La propulsión eléctrica espacial ha dado un nuevo paso con la prueba con éxito de Starlight, el primer propulsor de efecto Hall alimentado con zinc. La tecnología plantea una alternativa a los gases nobles empleados habitualmente en este tipo de motores y podría abaratar las maniobras de los satélites.
El interés del sistema no se limita al funcionamiento del propulsor. El zinc es un material más económico y, sobre todo, más sencillo de almacenar que gases como el xenón o el criptón. Esta diferencia puede resultar decisiva en misiones que necesitan realizar numerosos ajustes orbitales durante años.
Cómo funciona un propulsor de efecto Hall
Los propulsores de efecto Hall utilizan electricidad para ionizar un material y acelerar sus partículas mediante campos eléctricos y magnéticos. Al expulsar esos iones a gran velocidad, el motor genera un empuje pequeño pero constante, adecuado para modificar de forma gradual la trayectoria de un satélite.
A diferencia de los motores químicos, estos sistemas no están pensados para despegues ni para maniobras de gran potencia. Su ventaja está en la eficiencia: consumen muy poco propelente y pueden permanecer encendidos durante periodos prolongados.
Hasta ahora, el xenón ha sido una de las opciones más extendidas para alimentar estos propulsores. Su comportamiento facilita la ionización y ofrece un rendimiento conocido, pero también presenta inconvenientes: es caro, requiere depósitos preparados para mantenerlo a presión y no siempre está disponible en grandes cantidades.
El reto de utilizar zinc en el espacio
El zinc presenta propiedades diferentes a las de los gases nobles. A temperatura ambiente es un metal sólido, por lo que no necesita almacenarse como un gas comprimido. Para utilizarlo como propelente, el sistema debe calentarlo y convertirlo en vapor antes de ionizarlo y expulsarlo fuera de la nave.
Ese proceso añade complejidad al diseño del propulsor. El equipo debe controlar con precisión la temperatura, evitar que el material se deposite en zonas sensibles y mantener un flujo estable hacia la cámara de descarga. La prueba de Starlight demuestra que estos obstáculos pueden abordarse en condiciones espaciales.
El uso de un metal sólido también puede simplificar algunos aspectos de la logística. El zinc ocupa menos volumen en determinadas configuraciones de almacenamiento y no exige los mismos sistemas de presurización que los propelentes gaseosos. Además, se trata de un material ampliamente disponible y con un coste inferior al de los gases nobles.
Qué puede cambiar para los satélites
La reducción del precio del propelente puede tener un impacto especialmente relevante en los satélites pequeños y en las constelaciones comerciales. En estos proyectos, cada gramo y cada componente influyen en el coste final de la misión, desde la fabricación hasta el lanzamiento.
Un sistema basado en zinc podría emplearse para elevar o corregir órbitas, compensar el rozamiento atmosférico en altitudes bajas, mantener la posición de una plataforma o facilitar el desplazamiento entre diferentes órbitas. También puede contribuir a prolongar la vida útil de los satélites al permitir más maniobras con una cantidad reducida de propelente.
- Menor coste del material: el zinc es más barato que los gases nobles empleados habitualmente.
- Almacenamiento más sencillo: su estado sólido evita parte de las exigencias asociadas a los depósitos presurizados.
- Más opciones de diseño: el sistema puede abrir nuevas posibilidades para satélites pequeños y plataformas de bajo coste.
- Maniobras prolongadas: la propulsión eléctrica permite aplicar empujes moderados durante largos periodos.
Una tecnología prometedora, pero aún con recorrido
La demostración en el espacio supone un hito importante, aunque no convierte automáticamente al zinc en un sustituto universal del xenón. Será necesario comprobar cómo responde el propulsor en misiones de larga duración, cuál es su consumo real y qué desgaste sufren sus componentes tras miles de horas de funcionamiento.
También habrá que evaluar el rendimiento completo del sistema, incluido el calentamiento del metal, la gestión de la energía y la estabilidad del flujo de propelente. En un satélite, la electricidad disponible es limitada y cualquier sistema de propulsión debe equilibrar el empuje obtenido con la potencia que necesita.
La prueba de Starlight apunta, no obstante, a una tendencia cada vez más clara: la búsqueda de alternativas a los propelentes tradicionales para hacer más accesible la propulsión espacial. Si el zinc mantiene un rendimiento competitivo y demuestra una buena fiabilidad, podría convertirse en una opción atractiva para las próximas generaciones de satélites.
El resultado también refuerza el papel de la propulsión eléctrica en la nueva economía espacial. Con más satélites en órbita y misiones cada vez más ajustadas, disponer de motores eficientes, compactos y económicos será fundamental para controlar costes y ampliar las capacidades de las plataformas orbitales.



