La ONU alerta del uso de la inteligencia artificial y los videojuegos para radicalizar a jóvenes
Las organizaciones terroristas están ampliando sus estrategias de propaganda para captar a nuevos seguidores y, cada vez más, recurren a herramientas digitales como la inteligencia artificial, los videojuegos y las redes sociales. Naciones Unidas ha advertido de que esta evolución les permite adaptar sus mensajes a públicos jóvenes, generar contenidos con mayor rapidez y establecer contacto en espacios digitales difíciles de supervisar.
El objetivo no se limita a difundir propaganda. Las campañas buscan crear vínculos, identificar a personas vulnerables y trasladar las conversaciones desde plataformas abiertas a canales privados. En ese proceso, los contenidos relacionados con el ocio digital pueden servir como puerta de entrada a comunidades extremistas, aunque los videojuegos y sus usuarios no sean, por sí mismos, un problema de radicalización.
La inteligencia artificial acelera la propaganda extremista
La expansión de la inteligencia artificial generativa ha reducido el tiempo y los recursos necesarios para producir mensajes destinados a la captación. Con estas herramientas, los grupos terroristas pueden crear textos, imágenes, vídeos y audios en distintos idiomas, además de adaptar el tono de sus publicaciones a perfiles concretos.
Esta capacidad facilita la difusión de campañas más persuasivas y aparentemente personalizadas. También puede contribuir a la propagación de desinformación, a la suplantación de identidades y a la creación de contenidos manipulados que dificulten distinguir una amenaza real de una pieza propagandística.
La automatización permite, además, mantener una presencia constante en internet. Mensajes publicados de forma coordinada pueden aprovechar tendencias, acontecimientos de actualidad o debates sociales para atraer visitas y dirigir a los usuarios hacia materiales de carácter extremista.
El papel de los videojuegos y las comunidades digitales
La advertencia pone el foco en los videojuegos y en los espacios que los rodean, como chats de voz, foros, servidores privados y plataformas de retransmisión. Estos entornos reúnen a millones de jóvenes y favorecen la interacción directa, lo que puede ser aprovechado por quienes intentan iniciar conversaciones y construir relaciones de confianza.
El riesgo no reside en jugar a videojuegos, sino en el uso que determinados individuos pueden hacer de sus comunidades. Una conversación aparentemente inofensiva puede derivar hacia contenidos de odio, teorías conspirativas o mensajes que presentan la violencia como una respuesta legítima a problemas políticos o sociales.
Los videojuegos también pueden aparecer en la estética de la propaganda. Referencias visuales, expresiones propias de la cultura gamer o vídeos editados con ritmo y códigos similares a los de los contenidos de entretenimiento ayudan a presentar mensajes extremistas de una forma más familiar para los adolescentes.
De las redes abiertas a los canales privados
Las redes sociales siguen siendo una herramienta clave para amplificar este tipo de campañas. Los algoritmos de recomendación, la facilidad para compartir vídeos cortos y la creación de comunidades cerradas permiten que un usuario pase de contenidos generales a mensajes cada vez más radicales.
Según la advertencia internacional, una de las principales dificultades está en el tránsito entre plataformas. Una publicación puede aparecer en una red social popular y conducir después a un grupo privado de mensajería, un servidor de chat o una página menos visible. En esos espacios, el control y la moderación resultan más complejos.
- Contenido personalizado: mensajes adaptados a la edad, el idioma y los intereses de cada usuario.
- Contacto directo: conversaciones privadas que permiten detectar vulnerabilidades y reforzar la confianza.
- Propaganda audiovisual: vídeos, memes y audios diseñados para competir con el entretenimiento habitual.
- Desplazamiento entre plataformas: captación inicial en redes abiertas y continuidad en canales cerrados.
La prevención requiere una respuesta coordinada
La lucha contra la radicalización digital exige la colaboración de gobiernos, empresas tecnológicas, centros educativos y familias. Las plataformas deben mejorar la detección de contenidos violentos y extremistas, ofrecer canales de denuncia eficaces y actuar con rapidez cuando se identifiquen campañas coordinadas.
También resulta esencial proteger la libertad de expresión y evitar que la moderación convierta cualquier debate político o contenido relacionado con videojuegos en una amenaza. La respuesta debe centrarse en los mensajes que promueven el odio, la violencia o la captación, no en criminalizar comunidades enteras.
En el ámbito educativo, la alfabetización mediática puede ayudar a los jóvenes a reconocer la manipulación, comprobar la información y detectar intentos de aislamiento. Comprender cómo funcionan los algoritmos y cómo se construyen las campañas de propaganda es una herramienta preventiva cada vez más importante.
La advertencia de Naciones Unidas refleja un cambio en el entorno de la radicalización: ya no depende únicamente de páginas web o vídeos propagandísticos fácilmente identificables. La inteligencia artificial, los videojuegos y las redes sociales ofrecen canales más rápidos, personalizados y difíciles de rastrear, por lo que la prevención deberá adaptarse al ritmo de la tecnología.



