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La cicatriz del peor incendio de la historia de Aragón: todavía oigo helicópteros en mi cabeza

Un mes después del incendio declarado el 10 de agosto junto al pantano de La Peña, el paisaje de la comarca de la Hoya de Huesca sigue marcado por el negro. Las llamas arrasaron 14.500 hectáreas y afectaron a otras 18.000, obligaron a desalojar 19 pueblos y dejaron una huella difícil de borrar en uno de los entornos naturales y patrimoniales más reconocibles del Alto Aragón.

En Santa María de la Peña, núcleo perteneciente al municipio de Las Peñas de Riglos, el fuego comenzó a hacerse presente pasado el mediodía. Primero llegó el olor a quemado. Después, el humo empezó a cubrir el cielo y el horizonte se tiñó de rojo. En localidades cercanas, como Triste, los vecinos recibieron pronto la alerta ante una amenaza que crecía a gran velocidad.

De unos rastrojos a una emergencia sin precedentes

El incendio se originó en una ladera situada a los pies del pantano de La Peña. Lo que inicialmente parecía un fuego limitado a unos rastrojos acabó convirtiéndose en una emergencia de dimensiones extraordinarias. Las condiciones del terreno y la propagación de las llamas transformaron en pocas horas un foco aparentemente controlable en el mayor incendio registrado en Aragón.

La magnitud del siniestro obligó a activar un amplio dispositivo de extinción y evacuación. Un millar de personas tuvieron que abandonar sus casas mientras el fuego avanzaba por una zona de gran valor ambiental. Durante varios días, el humo, los cortes y la incertidumbre alteraron por completo la vida cotidiana de los pueblos afectados.

Para quienes vivieron aquellos momentos, el recuerdo continúa asociado al ruido constante de los medios aéreos, las llamadas de emergencia y la necesidad de dejar atrás sus viviendas sin saber cuándo podrían regresar. Todavía oigo helicópteros en mi cabeza, resume una de las sensaciones que permanecen entre los vecinos un mes después.

Diecinueve pueblos desalojados y una comunidad en vilo

El desalojo de 19 núcleos dejó una imagen poco habitual en esta parte de la provincia de Huesca: carreteras llenas de vehículos que abandonaban la zona, familias buscando alojamiento temporal y vecinos pendientes de la evolución de un frente que cambiaba con rapidez.

La evacuación fue también una ruptura con la normalidad en unos pueblos acostumbrados a convivir con el paisaje forestal que los rodea. La montaña, los pinares y las laderas que forman parte de la identidad de la comarca se convirtieron en el escenario de una emergencia que puso en riesgo viviendas, infraestructuras y enclaves patrimoniales.

El fuego llegó a amenazar los monasterios de San Juan de la Peña, considerados la cuna del Reino de Aragón. La proximidad de las llamas a este conjunto histórico elevó todavía más la preocupación durante las labores de extinción. Su protección se convirtió en una de las prioridades ante un incendio que avanzaba por un territorio de gran valor natural y cultural.

La pérdida de un militar de la UME

El incendio dejó además una víctima mortal. Un militar de la Unidad Militar de Emergencias perdió la vida mientras combatía las llamas. Su fallecimiento añadió una dimensión trágica a una catástrofe que ya había obligado a cientos de personas a abandonar sus hogares y había destruido miles de hectáreas.

La intervención de los equipos de emergencia permitió contener una situación que durante horas amenazó con desbordarse. Bomberos, efectivos de la UME, medios aéreos y personal de distintos operativos trabajaron para frenar el avance del fuego y proteger a la población. El esfuerzo evitó que las consecuencias fueran todavía mayores, aunque no pudo impedir la enorme transformación del territorio.

Un paisaje irreconocible un mes después

La principal cicatriz permanece en el suelo. Donde hace poco más de treinta días había una masa forestal frondosa y un paisaje verde, ahora se extiende una superficie ennegrecida. Los troncos calcinados y las laderas quemadas recuerdan la dimensión de un incendio que ha alterado el entorno y la percepción que los habitantes tienen de él.

El cambio no es únicamente visual. La pérdida de vegetación afecta al equilibrio de la zona y abre un largo periodo de recuperación. El terreno deberá afrontar los efectos de la erosión y de la desaparición de la cubierta forestal, mientras los vecinos tendrán que convivir con un paisaje que tardará años en recuperar parte de su aspecto anterior.

El incendio comenzó en una jornada marcada por las celebraciones del patrón de Huesca y por la expectación ante un eclipse histórico. La coincidencia con aquella fecha contrasta ahora con la memoria de un día que quedó ligado para siempre al humo, las evacuaciones y la lucha contra las llamas.

En la comarca, la emergencia ha terminado, pero sus efectos continúan presentes. La tierra quemada, los pueblos desalojados y el recuerdo de quienes trabajaron frente al fuego forman parte de una historia que Aragón tardará en cerrar. La recuperación del paisaje será lenta; la de quienes lo vivieron, también.

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