
Chema Alonso alerta del riesgo de delegar demasiado pensamiento en la inteligencia artificial
La expansión de la inteligencia artificial puede ofrecer herramientas cada vez más útiles, pero también plantea una pregunta incómoda: qué sucede cuando las personas dejan de comprender cómo se construye la tecnología y delegan en ella buena parte de su trabajo intelectual. Para Chema Alonso, experto en ciberseguridad, el riesgo no se limita a perder determinadas habilidades, sino a desarrollar una deuda cognitiva que termine condicionando nuestra capacidad para decidir sobre el futuro.
“Tendríamos una deuda cognitiva que nos haría perder el control del futuro”, sostiene el informático. Su advertencia se centra especialmente en los jóvenes, a quienes considera imprescindible formar no solo en el uso de aplicaciones basadas en IA, sino también en los principios que permiten entender su funcionamiento, sus límites y sus posibles errores.
Comprender la tecnología para no depender de ella
El debate sobre la inteligencia artificial suele concentrarse en la productividad, la automatización y la velocidad con la que estas herramientas generan textos, imágenes, código o respuestas. Sin embargo, Alonso pone el foco en una cuestión menos visible: la relación entre utilizar una tecnología y comprenderla.
Para el experto, aprender a manejar una herramienta no equivale necesariamente a saber cómo funciona. Esa diferencia resulta relevante cuando las respuestas de un sistema pueden contener errores, reproducir sesgos o presentar como certezas datos que deberían verificarse. Sin conocimientos básicos, el usuario puede aceptar el resultado sin disponer de criterios suficientes para evaluarlo.
La formación tecnológica debería incluir, por tanto, una visión más amplia. No se trataría de convertir a todos los estudiantes en programadores, sino de ayudarles a entender conceptos como los datos, los modelos, los algoritmos, la privacidad y la seguridad. También de reforzar la capacidad de formular preguntas, contrastar información y detectar cuándo una respuesta automática no es fiable.
El peligro de atrofiar la capacidad de aprender
La preocupación de Alonso coincide con una cuestión que empieza a analizarse en distintos ámbitos: qué efectos tiene delegar de forma habitual el trabajo intelectual en sistemas automáticos. Dos investigaciones abordan precisamente las consecuencias de dejar en manos de la tecnología tareas que antes exigían atención, memoria, razonamiento y esfuerzo creativo.
La cuestión no consiste en rechazar la inteligencia artificial ni en defender que las personas renuncien a sus ventajas. El problema aparece cuando la comodidad sustituye por completo al aprendizaje. Si una herramienta redacta, resume, calcula o propone soluciones en todo momento, el usuario puede terminar practicando menos las habilidades necesarias para realizar esas tareas por sí mismo.
Ese fenómeno puede resultar especialmente delicado durante las etapas educativas. Resolver un problema no sirve únicamente para obtener una respuesta correcta: también permite desarrollar estrategias, reconocer errores y consolidar conocimientos. Cuando el resultado llega de forma inmediata, se corre el riesgo de saltarse ese proceso y confundir la asistencia con la comprensión.
Una deuda que puede crecer de forma silenciosa
La llamada deuda cognitiva puede entenderse como la acumulación de conocimientos y destrezas que se dejan de adquirir porque una tecnología realiza el trabajo en su lugar. Al principio, la pérdida puede pasar desapercibida. El usuario ahorra tiempo y obtiene un resultado aparentemente válido, pero depende cada vez más de una herramienta que quizá no sabe supervisar.
Con el tiempo, esa dependencia puede afectar a la autonomía. Una persona que no comprende los fundamentos de una decisión automatizada tendrá más dificultades para cuestionarla, corregirla o sustituirla. En ámbitos como la educación, la empresa, la sanidad o la administración pública, esa falta de criterio puede tener consecuencias que van más allá de un simple error de productividad.
Por eso, el debate sobre la IA no debería reducirse a si una máquina puede hacer una tarea más rápido que un humano. También es necesario analizar qué habilidades se conservan, cuáles se debilitan y qué responsabilidades siguen correspondiendo a las personas. La eficiencia no siempre equivale a progreso si se consigue a costa de perder capacidad de decisión.
La tecnología como apoyo, no como sustituto del criterio
La inteligencia artificial puede convertirse en un recurso de gran valor cuando se utiliza como apoyo al aprendizaje y al trabajo. Puede ayudar a explorar ideas, detectar errores, comparar alternativas o acceder a explicaciones adaptadas a cada usuario. Pero su utilidad aumenta cuando la persona mantiene el control del proceso y entiende qué está haciendo el sistema.
En este escenario, la educación tecnológica debe avanzar al mismo ritmo que las herramientas. Enseñar a utilizar un asistente de IA debería ir acompañado de preguntas esenciales: de dónde proceden los datos, cómo se ha generado una respuesta, qué información se comparte y qué riesgos existen al confiar en ella sin comprobarla.
La advertencia de Chema Alonso apunta, en definitiva, a una responsabilidad colectiva. Las nuevas generaciones necesitarán dominar la inteligencia artificial, pero también conservar la capacidad de aprender, razonar y construir soluciones sin depender completamente de ella. Solo así la tecnología podrá ampliar las posibilidades humanas sin terminar decidiendo por quienes han dejado de comprenderla.



