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Convertir Ormuz en una ruta prescindible llevará mucho más de dos años

El estrecho de Ormuz seguirá siendo una pieza central del mercado energético mundial durante bastante tiempo, pese a los planes para reducir su importancia. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha apuntado que nuevas infraestructuras de oleoductos podrían permitir sortear este paso estratégico en un plazo aproximado de dos años. Sin embargo, la capacidad real de estas alternativas, sus riesgos políticos y la situación de las rutas existentes dibujan un escenario bastante más complejo.

Por Ormuz circula una parte esencial del petróleo y del gas natural licuado que abastecen a Asia, Europa y otros mercados internacionales. El estrecho conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico, y su geografía lo convierte en una salida difícil de reemplazar. Aunque existen corredores terrestres, ninguno ofrece hoy una combinación equivalente de volumen, coste, estabilidad y capacidad operativa.

Los oleoductos ofrecen una alternativa, pero no inmediata

La estrategia para reducir la dependencia de Ormuz pasa, principalmente, por trasladar parte de las exportaciones de crudo a puertos situados fuera del golfo Pérsico. En teoría, los oleoductos permitirían que los productores de la región mantuvieran sus ventas internacionales incluso si el tráfico marítimo por el estrecho sufriera restricciones o interrupciones.

El problema es que construir una infraestructura de esa magnitud no consiste únicamente en tender tuberías. Los proyectos necesitan estudios técnicos, financiación, acuerdos entre gobiernos, garantías de seguridad y años de pruebas antes de alcanzar un funcionamiento estable. Además, deben contar con terminales de almacenamiento y carga capaces de recibir grandes volúmenes de petróleo.

Por eso, el plazo de dos años puede ser suficiente para acelerar o ampliar determinadas conexiones, pero resulta más difícil aplicarlo a una red completamente nueva y con capacidad para sustituir a Ormuz. La diferencia entre disponer de una ruta alternativa y convertirla en una vía de exportación comparable es considerable.

La salida saudí pierde margen de maniobra

Arabia Saudí dispone de una de las principales infraestructuras para transportar petróleo hacia el mar Rojo y evitar el paso por Ormuz. Esta red permite llevar crudo desde los campos del este del país hasta instalaciones portuarias situadas en la costa occidental, desde donde puede embarcarse hacia otros destinos.

Sin embargo, la interrupción o el cierre de la principal vía de escape saudí reduce la capacidad efectiva del reino para desviar sus exportaciones. Esta situación demuestra que contar con un oleoducto sobre el papel no garantiza una alternativa segura. La infraestructura puede quedar limitada por daños, problemas técnicos, conflictos regionales o restricciones en las terminales marítimas.

El episodio también pone de relieve una vulnerabilidad que afecta a todo el sistema energético del golfo Pérsico: las rutas de sustitución son escasas y, en muchos casos, dependen de puntos concretos cuya seguridad resulta difícil de asegurar durante una crisis.

El corredor entre Irak y Siria, bajo escrutinio

Entre las propuestas que han despertado interés figura un corredor de unos 15.000 millones de dólares respaldado por Estados Unidos para conectar las zonas productoras de Irak con la costa mediterránea a través de Siria. El objetivo sería ofrecer a Irak una salida adicional para sus exportaciones y reducir la presión sobre las rutas que atraviesan el golfo.

El proyecto, no obstante, se enfrenta a obstáculos extraordinarios. Siria continúa marcada por la inestabilidad política y militar, mientras que el trazado previsto atravesaría territorios sensibles y expuestos a disputas entre actores regionales. La seguridad de los trabajadores, de las instalaciones y del propio flujo de crudo sería una cuestión permanente.

A ello se suma la dificultad de movilizar inversiones de semejante volumen en un entorno donde las sanciones, los cambios de gobierno y la falta de garantías jurídicas pueden alterar los planes. Incluso si el corredor llegara a construirse, su funcionamiento dependería de acuerdos políticos duraderos entre países con intereses divergentes.

Ormuz seguirá siendo indispensable durante años

La conclusión más probable es que los nuevos oleoductos reduzcan parcialmente la exposición al estrecho, pero no lo conviertan en una vía irrelevante a corto plazo. Las rutas terrestres pueden aportar flexibilidad y servir como seguro ante una emergencia, aunque difícilmente sustituirán por completo al transporte marítimo.

La razón es también económica. Mover grandes cantidades de petróleo por barco suele resultar más barato y flexible que hacerlo mediante infraestructuras terrestres de cientos o miles de kilómetros. Además, los buques pueden cambiar de destino según evolucionen los precios y la demanda, mientras que un oleoducto queda condicionado por su trazado y sus puntos de conexión.

Para los mercados, esta dependencia seguirá teniendo consecuencias. Cualquier amenaza sobre Ormuz puede elevar las cotizaciones del petróleo, encarecer el transporte y aumentar la presión sobre la inflación. Los países consumidores pueden diversificar proveedores y reservas estratégicas, pero no eliminar de inmediato el riesgo asociado a este paso marítimo.

La apuesta por las rutas alternativas es, por tanto, una estrategia de largo recorrido. Puede mejorar la resistencia del sistema energético y limitar el impacto de una interrupción, pero no resolverá de forma rápida su principal fragilidad. Mientras los nuevos corredores no sean seguros, operativos y suficientemente amplios, el estrecho de Ormuz continuará siendo una arteria difícil de reemplazar.

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