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Las 17.000 fincas de Patrimonio del Estado abren el debate sobre el relevo generacional en el campo

El inventario de inmuebles de Patrimonio del Estado reúne alrededor de 17.000 fincas que el Gobierno pretende poner en valor dentro de sus políticas para facilitar el relevo generacional agrario. Sin embargo, el tamaño de la mayoría de estas propiedades plantea dudas sobre su utilidad real para crear explotaciones viables y sobre las condiciones en las que podrían ponerse a disposición de nuevos agricultores.

La superficie mediana de las fincas identificadas es de apenas 0,416 hectáreas, unos 4.160 metros cuadrados. Para hacerse una idea, equivale a algo más de media superficie de un campo de fútbol. Además, el 76,4 % tiene menos de una hectárea, lo que significa que cerca de 13.000 inmuebles se sitúan por debajo de ese umbral.

Una bolsa de suelo extensa, pero muy fragmentada

La cifra global puede resultar llamativa, pero su lectura exige cautela. Disponer de 17.000 referencias registrales no equivale a contar con 17.000 explotaciones agrícolas preparadas para ser cultivadas. La superficie, la ubicación, la calidad del terreno, el acceso al agua o la situación jurídica pueden variar considerablemente de una finca a otra.

La mediana ofrece una pista relevante: la mitad de las propiedades tiene 0,416 hectáreas o menos y la otra mitad, una superficie igual o superior. El dato confirma que el patrimonio está compuesto, en buena medida, por parcelas pequeñas y dispersas, un modelo que puede dificultar la profesionalización y aumentar los costes de producción.

En el campo español, una parcela aislada y de reducidas dimensiones no siempre permite sostener una actividad económica. La rentabilidad depende también del cultivo, la mecanización posible, la distancia a los mercados, la disponibilidad de agua y la posibilidad de agrupar terrenos colindantes. Sin esa información, el inventario funciona más como un punto de partida que como un plan agrícola cerrado.

Las incógnitas sobre el uso de las fincas

La principal cuestión pendiente es saber cuántos de esos inmuebles están realmente disponibles para su cesión, arrendamiento o venta. Que una finca figure en el patrimonio público no significa necesariamente que pueda adjudicarse de inmediato. Puede estar ocupada, sometida a algún litigio, afectada por servidumbres, pendiente de regularización o destinada a una finalidad distinta de la agraria.

También resulta determinante conocer dónde se encuentran. Una pequeña parcela próxima a una zona agrícola activa puede tener un valor estratégico si permite completar una explotación existente. En cambio, una finca aislada, sin acceso adecuado o situada en un territorio sin servicios puede ofrecer pocas oportunidades, aunque figure en las estadísticas oficiales.

La transparencia será clave para evitar que el anuncio de estas propiedades se convierta únicamente en una operación de imagen. El listado debería incluir, como mínimo, la localización, la superficie, la clasificación del suelo, el estado registral, el uso actual, las cargas existentes y el procedimiento previsto para su adjudicación.

El riesgo de convertir el relevo generacional en un reparto opaco

La incorporación de jóvenes al campo es una de las grandes dificultades del sector. El acceso a la tierra, la financiación y el coste de las inversiones iniciales frenan a muchos nuevos agricultores. Por eso, cualquier iniciativa pública que facilite suelo puede ser útil, pero debe contar con reglas claras y criterios verificables.

La selección de beneficiarios debería priorizar proyectos agrarios solventes, el arraigo territorial y la creación de actividad, con convocatorias públicas y baremos conocidos. También sería necesario publicar las adjudicaciones, los plazos, las rentas o precios exigidos y las obligaciones asumidas por quienes reciban las fincas.

Sin controles independientes, un patrimonio de miles de parcelas puede generar desigualdades y conflictos. La fragmentación de la propiedad, la valoración de los terrenos y la elección de los adjudicatarios son áreas especialmente sensibles a decisiones discrecionales. El acceso a la información y la trazabilidad de cada expediente resultan esenciales para evitar favoritismos.

Una oportunidad que necesita más datos

El inventario puede convertirse en una herramienta útil para impulsar el relevo generacional, recuperar terrenos abandonados y reforzar la actividad rural. Pero su eficacia no dependerá del número bruto de fincas anunciadas, sino de cuántas sean aptas, estén disponibles y lleguen a proyectos agrícolas viables.

Por ahora, el dato más contundente es también el que obliga a moderar las expectativas: el 76,4 % de las propiedades tiene menos de una hectárea. Para que esta bolsa de suelo tenga un impacto real, la Administración tendrá que explicar cómo piensa superar la fragmentación, qué inversiones acompañarán a las cesiones y qué garantías habrá para que el proceso sea público, competitivo y controlable.

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