Control Resonant: Remedy vuelve a quebrar la realidad con una secuela brillante y desmedida
Han pasado siete años desde que atravesamos por primera vez las puertas de la Casa Inmemorial y descubrimos que aquel edificio aparentemente anodino escondía una arquitectura imposible, fuerzas paranormales y una guerra silenciosa contra lo desconocido. Control Resonant recupera esa premisa y la lleva a una escala todavía más ambiciosa, aunque en el camino también hereda algunos de los excesos que siempre han acompañado a las obras de Remedy.
La secuela no pretende limitarse a repetir la fórmula del juego original. Su propuesta amplía el universo, retuerce sus reglas y apuesta por una experiencia más espectacular, más agresiva y, en determinados momentos, más difícil de seguir. El resultado es un título con una personalidad arrolladora, capaz de ofrecer escenas memorables y combates extraordinarios, pero también de perder parte de su fuerza cuando intenta explicarlo todo a la vez.
Una realidad cada vez más inestable
La Casa Inmemorial vuelve a ser mucho más que un escenario. Sus pasillos, oficinas y dependencias cambian de significado constantemente, como si el propio edificio respondiera a la presencia de quien lo recorre. Remedy vuelve a sacar partido de esa identidad mutable para construir una aventura en la que la exploración tiene tanto peso como la acción.
El diseño de los espacios sigue apoyándose en el contraste. Por un lado, aparecen entornos reconocibles, con despachos, almacenes y zonas de servicio. Por otro, esas estancias se deforman hasta convertirse en lugares abstractos, casi oníricos. La transición entre ambos extremos es uno de los grandes atractivos de Control Resonant, especialmente cuando el juego deja que el jugador descubra por sí mismo qué ha ocurrido en cada rincón.
La ambientación continúa siendo uno de los pilares de la experiencia. Documentos, grabaciones, informes y conversaciones construyen un universo en el que lo burocrático y lo sobrenatural conviven con una naturalidad desconcertante. No todo el contenido opcional tiene la misma relevancia, pero incluso las piezas menores contribuyen a reforzar la sensación de estar explorando una institución que lleva demasiado tiempo ocultando sus secretos.
Combates más espectaculares, pero menos contenidos
La acción mantiene la combinación de armas de fuego y poderes paranormales que definió al primer juego. La diferencia está en el ritmo. Control Resonant apuesta por enfrentamientos más frecuentes, más numerosos y más llamativos, con enemigos capaces de poner a prueba la movilidad y la capacidad de improvisación.
La satisfacción de lanzar objetos del escenario, desplazarse con rapidez o encadenar habilidades sigue intacta. Hay una ligereza especial en la forma de combatir, como si el personaje no estuviera limitado por las reglas físicas del mundo. Cada encuentro invita a utilizar el entorno y a cambiar de estrategia sobre la marcha, en lugar de refugiarse siempre detrás de una cobertura.
Sin embargo, esta apuesta por la intensidad también tiene un coste. Algunos combates se alargan más de lo necesario y ciertas oleadas pueden transmitir la sensación de estar diseñadas para llenar espacio entre una revelación y la siguiente. El sistema funciona mejor cuando obliga a tomar decisiones rápidas que cuando se convierte en una sucesión de enfrentamientos previsibles.
Una historia con ideas de sobra
Remedy vuelve a construir su narrativa alrededor de conceptos como la identidad, la percepción y la relación entre lo real y lo imposible. La secuela es más grande en todos los sentidos, pero también más exigente con quien juega. Hay tramas que se abren sin cerrarse de inmediato, personajes que parecen conocer información que el jugador todavía no tiene y explicaciones que llegan fragmentadas.
Ese enfoque puede resultar estimulante para quienes disfrutan reconstruyendo una historia a partir de pistas. La aventura recompensa la atención y la curiosidad, sobre todo cuando se decide explorar más allá del camino principal. A cambio, exige paciencia. Control Resonant no siempre prioriza la claridad y, en ocasiones, confunde profundidad con acumulación de conceptos.
El tono también oscila con frecuencia. Hay momentos de auténtica tensión, pasajes inquietantes y escenas de gran carga emocional, pero también humor extraño y situaciones deliberadamente absurdas. La mezcla forma parte de la personalidad de Remedy, aunque no todas las transiciones resultan igual de naturales.
Una secuela ambiciosa con algunos límites
El principal problema de Control Resonant no es la falta de ideas, sino precisamente lo contrario. El juego quiere ampliar el universo, ofrecer más posibilidades, profundizar en sus personajes y elevar el espectáculo al mismo tiempo. Esa ambición produce momentos brillantes, pero también tramos en los que la experiencia se siente sobrecargada.
- Lo mejor: una ambientación única, poderes satisfactorios y una puesta en escena capaz de sorprender.
- Lo menos conseguido: un ritmo irregular, combates que pueden repetirse y una narrativa que no siempre encuentra el equilibrio entre misterio y claridad.
- Su mayor virtud: conservar una identidad propia en un género cada vez más dominado por fórmulas reconocibles.
Aun con sus excesos, la secuela demuestra que Remedy sigue entendiendo el videojuego como un espacio para experimentar. Control Resonant no busca ser una aventura cómoda ni perfectamente ordenada; quiere desconcertar, impresionar y obligar al jugador a aceptar que las reglas pueden cambiar en cualquier momento.
El resultado es una continuación notable, especialmente recomendable para quienes disfrutaron de la Casa Inmemorial y de su universo de anomalías. No alcanza siempre la precisión de sus mejores momentos, pero cuando todas sus piezas encajan ofrece algo poco habitual: una superproducción con voluntad de riesgo, capaz de convertir la confusión en parte de su propio lenguaje.


