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La inteligencia artificial dispara el interés por las infraestructuras, pero eleva el riesgo de pagar demasiado

La expansión de la inteligencia artificial está transformando un rincón tradicionalmente estable de los mercados: la inversión en infraestructuras. Centros de datos, redes eléctricas, tuberías, carreteras y puertos se han convertido en activos estratégicos para sostener una economía cada vez más digitalizada.

El capital privado ya controla infraestructuras valoradas en alrededor de 1,5 billones de dólares. La cifra refleja el creciente protagonismo de fondos de inversión, aseguradoras y grandes patrimonios en sectores que durante décadas estuvieron dominados por los Estados y las empresas públicas.

El atractivo es evidente. Estos activos suelen generar ingresos relativamente previsibles, cuentan con una vida útil prolongada y, en muchos casos, operan en mercados con poca competencia. Sin embargo, la fiebre inversora también está provocando valoraciones históricas y obliga a analizar con cautela si las expectativas de crecimiento son realistas.

Los centros de datos concentran buena parte del entusiasmo

La inteligencia artificial necesita una capacidad de computación muy superior a la de los servicios digitales convencionales. Para entrenar y ejecutar modelos avanzados hacen falta centros de datos de gran tamaño, conectados a redes eléctricas capaces de suministrar un volumen constante de energía.

Esta necesidad ha convertido a los centros de datos y a los proveedores de electricidad en algunos de los activos más demandados por los inversores. Las operaciones se suceden a precios cada vez más elevados, impulsadas por la previsión de que el consumo tecnológico seguirá creciendo durante los próximos años.

El problema aparece cuando el precio de compra incorpora buena parte de ese crecimiento futuro. En determinados casos, los inversores han llegado a pagar hasta 30 veces el resultado bruto de explotación, conocido como EBITDA. Se trata de múltiplos muy exigentes para negocios que, aunque puedan ofrecer expansión, también dependen de permisos, conexiones eléctricas, tipos de interés y contratos a largo plazo.

Una apuesta estratégica con costes crecientes

La presión no procede únicamente de los fondos especializados en infraestructuras. También compiten por estos activos inversores institucionales, compañías energéticas, tecnológicas y operadores industriales. Todos buscan asegurarse una posición en una cadena considerada esencial para el futuro de la economía digital.

La competencia tiene un efecto directo sobre las valoraciones. Cuando varios compradores persiguen el mismo centro de datos o una instalación energética, el precio puede alejarse de los beneficios actuales del activo. La justificación suele apoyarse en el aumento previsto de la demanda, pero esas proyecciones no están garantizadas.

El desarrollo de nuevas instalaciones, además, requiere grandes inversiones iniciales. Es necesario construir edificios especializados, ampliar subestaciones, reforzar las redes de transporte y garantizar el suministro de agua o sistemas de refrigeración. Cualquier retraso regulatorio o dificultad técnica puede aplazar durante años la generación de ingresos.

Las infraestructuras tradicionales ofrecen una alternativa más previsible

Frente a la carrera por los activos vinculados a la inteligencia artificial, las infraestructuras más antiguas que los Estados ponen a la venta pueden ofrecer una relación más equilibrada entre riesgo y rentabilidad.

Puertos, carreteras, redes de transporte, tuberías y otras instalaciones maduras suelen contar con una demanda ya consolidada. Muchos de estos activos operan mediante concesiones, tarifas reguladas o contratos de larga duración, lo que facilita estimar sus ingresos y planificar el mantenimiento.

Esta visibilidad resulta especialmente valiosa en un escenario de tipos de interés elevados. Los activos con flujos de caja estables pueden soportar mejor las variaciones del coste de la financiación que aquellos cuyo valor depende de un crecimiento todavía incierto.

  • Puertos: generan ingresos por el movimiento de mercancías y suelen beneficiarse de contratos prolongados.
  • Carreteras: pueden ofrecer cobros relativamente previsibles mediante peajes o concesiones.
  • Tuberías: aportan estabilidad cuando están respaldadas por acuerdos de transporte a largo plazo.
  • Redes eléctricas: tienen un papel esencial en la electrificación y en el crecimiento de la demanda tecnológica.

El reto es distinguir crecimiento real de expectativas

La inversión en infraestructuras seguirá siendo una tendencia relevante, pero no todos los activos ofrecen el mismo nivel de protección. La clave estará en diferenciar las instalaciones con contratos sólidos y capacidad operativa demostrada de aquellas que dependen de previsiones demasiado optimistas.

En el caso de los centros de datos, los compradores deberán valorar la disponibilidad de energía, la calidad de las conexiones, la demanda efectiva de los clientes y la posibilidad de que aparezcan nuevas tecnologías más eficientes. Un avance técnico podría reducir el consumo de recursos o cambiar la localización de las inversiones.

También será determinante la regulación. Los proyectos relacionados con energía, agua, suelo y telecomunicaciones están sujetos a autorizaciones complejas. Las exigencias medioambientales y la oposición local pueden modificar los plazos y el coste final de las operaciones.

Una oportunidad que exige disciplina financiera

El interés por las infraestructuras no es una moda pasajera. La digitalización, la transición energética y la modernización de las redes públicas exigirán inversiones multimillonarias durante años. No obstante, la solidez del sector no elimina el riesgo de comprar caro.

Para los inversores, la estrategia más prudente puede pasar por combinar activos de alto crecimiento con infraestructuras maduras y generadoras de ingresos. Esa diversificación permite participar en la expansión de la inteligencia artificial sin depender por completo de unas valoraciones récord.

En un mercado dominado por las grandes promesas tecnológicas, las carreteras, los puertos y las tuberías pueden recuperar protagonismo. Su menor brillo mediático no implica necesariamente menos valor: en muchos casos, la estabilidad de sus ingresos ofrece una protección más tangible que las expectativas asociadas a la próxima gran innovación.

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