La infancia canaria afronta una combinación de pobreza, obesidad y problemas de salud mental
La situación de la infancia en Canarias está marcada por varios desafíos que se refuerzan entre sí. La pobreza, el exceso de peso y el deterioro de la salud mental figuran entre las principales preocupaciones señaladas por un catedrático de Pediatría de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), que también dirige un servicio hospitalario de esta especialidad.
El diagnóstico apunta a una realidad compleja: los problemas de salud infantil ya no se limitan a las enfermedades propias de los primeros años de vida. Las condiciones sociales, los hábitos cotidianos y el entorno familiar tienen un peso cada vez mayor en el bienestar de niños y adolescentes.
La pobreza condiciona la salud desde los primeros años
La falta de recursos económicos puede afectar a la infancia de numerosas formas. Una familia con dificultades para llegar a fin de mes puede tener más problemas para acceder a una alimentación variada, mantener una vivienda adecuada o asumir determinados gastos relacionados con la salud, la educación y el ocio.
Estas carencias no siempre son visibles en una consulta médica, pero sí pueden influir en el desarrollo físico y emocional. El estrés sostenido en el hogar, la inestabilidad residencial y la desigualdad en el acceso a actividades educativas o deportivas generan diferencias que pueden mantenerse durante años.
Por este motivo, la atención pediátrica necesita coordinarse con los servicios sociales, los centros educativos y las administraciones públicas. La prevención no puede depender únicamente de las familias, especialmente cuando las condiciones económicas limitan su capacidad de respuesta.
Obesidad infantil: un problema de hábitos y entorno
El exceso de peso se ha convertido en otro de los grandes retos de la salud infantil. Aunque suele relacionarse con la alimentación y la actividad física, el problema tiene una dimensión más amplia. El precio de los alimentos, la disponibilidad de productos ultraprocesados, la publicidad dirigida a menores y la falta de espacios seguros para jugar también influyen.
La obesidad durante la infancia puede aumentar el riesgo de desarrollar problemas metabólicos y cardiovasculares en etapas posteriores. Además, puede afectar a la autoestima, favorecer el aislamiento social y provocar que el menor sea objeto de burlas o estigmatización.
La respuesta, por tanto, debe evitar culpabilizar a los niños o a sus padres. Las recomendaciones sobre alimentación equilibrada y ejercicio son importantes, pero deben acompañarse de medidas que faciliten elecciones saludables en los hogares, los comedores escolares y los entornos comunitarios.
La salud mental gana peso en las consultas
La salud mental es la tercera gran preocupación en un escenario marcado por el aumento de la ansiedad, los problemas de sueño, las dificultades de adaptación y los trastornos relacionados con la conducta alimentaria. La adolescencia es una etapa especialmente vulnerable, aunque las señales de malestar pueden aparecer mucho antes.
Detectar a tiempo estos problemas resulta esencial. Cambios bruscos en el rendimiento escolar, irritabilidad persistente, aislamiento, pérdida de interés por actividades habituales o alteraciones importantes del descanso pueden indicar que el menor necesita ayuda.
Sin embargo, el acceso a los recursos especializados no siempre es rápido ni homogéneo. La atención a la salud mental infantil requiere profesionales suficientes, coordinación entre pediatría y salud mental, y una mayor implicación de los colegios e institutos.
Una respuesta que debe empezar en la prevención
La combinación de dificultades económicas, hábitos poco saludables y malestar emocional demuestra que la salud infantil no puede abordarse de manera aislada. Un menor que vive en un entorno vulnerable puede tener más dificultades para mantener una dieta adecuada, practicar deporte o recibir apoyo psicológico cuando lo necesita.
Los especialistas defienden una estrategia centrada en la prevención y en la detección precoz. Esto implica reforzar los controles pediátricos, mejorar la educación sanitaria, apoyar a las familias y garantizar que los servicios públicos trabajen con objetivos comunes.
También resulta necesario escuchar a niños y adolescentes. Sus opiniones pueden ayudar a identificar barreras que a menudo pasan desapercibidas para los adultos, desde la presión académica hasta la falta de espacios de ocio o el impacto de las redes sociales.
Desigualdad territorial y coordinación institucional
Canarias afronta, además, las dificultades propias de un territorio fragmentado. La disponibilidad de profesionales y recursos puede variar entre islas y entre zonas urbanas y rurales, lo que complica el seguimiento de algunos pacientes y obliga a mejorar la coordinación asistencial.
La salud de la infancia debe formar parte de una política pública estable, con medidas que tengan continuidad más allá de campañas puntuales. Reducir la pobreza, promover una alimentación saludable y garantizar apoyo psicológico no son objetivos independientes, sino piezas de una misma estrategia.
El reto consiste en actuar antes de que los problemas se agraven. La detección temprana, la atención cercana y la colaboración entre familias, escuelas, sanitarios y administraciones pueden marcar la diferencia en el desarrollo de la próxima generación de niños y adolescentes canarios.



