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El Niño eleva el riesgo de dengue, enfermedades del agua y presión sobre los hospitales

La llegada del fenómeno de El Niño puede alterar el mapa de enfermedades en amplias zonas de América Latina. El aumento de las temperaturas, los cambios en las lluvias y los episodios de inundación o sequía favorecen la expansión de los mosquitos, deterioran la calidad del agua y complican la respuesta de los sistemas sanitarios.

El riesgo no es igual en todos los países ni se manifiesta al mismo tiempo. Depende de la intensidad del fenómeno, de las condiciones ambientales y de la capacidad de cada territorio para vigilar los brotes y atender a la población. Sin embargo, los expertos alertan de que la combinación de calor, agua estancada y daños en las infraestructuras puede traducirse en un repunte de varias enfermedades.

Más mosquitos y más transmisión de dengue

Uno de los principales focos de preocupación son las enfermedades transmitidas por mosquitos, especialmente el dengue. Las lluvias intensas pueden crear numerosos puntos de agua estancada, desde charcos y depósitos sin cubrir hasta recipientes abandonados, donde se reproduce el mosquito Aedes aegypti.

Cuando las precipitaciones se alternan con periodos de calor, el ciclo del mosquito puede acelerarse. En estas condiciones, aumenta la posibilidad de que se multipliquen los contagios y de que la enfermedad alcance zonas que habitualmente registran menos casos. La circulación de otros virus transmitidos por el mismo vector, como el chikungunya o el zika, también puede verse favorecida.

El dengue suele causar fiebre elevada, dolor intenso de cabeza, molestias musculares y articulares, náuseas y, en algunos casos, erupciones cutáneas. Los signos de alarma incluyen dolor abdominal intenso, vómitos persistentes, sangrados, somnolencia o dificultad para respirar. Ante estos síntomas, es necesario buscar atención médica sin demora.

El agua, otro punto crítico

El fenómeno de El Niño puede provocar tanto lluvias torrenciales como periodos prolongados de escasez. Ambos escenarios plantean problemas para la salud pública. Las inundaciones pueden contaminar las redes de abastecimiento con aguas residuales, mientras que la sequía obliga en ocasiones a almacenar agua durante más tiempo y en condiciones poco seguras.

La ingesta de agua contaminada o de alimentos manipulados sin las debidas garantías puede favorecer la aparición de diarreas, gastroenteritis y otras infecciones intestinales. También pueden aumentar enfermedades como la leptospirosis, asociada al contacto con agua o barro contaminados por la orina de animales infectados.

En las zonas con deterioro de las redes de saneamiento, la vigilancia epidemiológica resulta esencial. La detección temprana de un incremento de diarreas, fiebre u otros síntomas permite reforzar la distribución de agua segura, mejorar la desinfección y evitar que los brotes se extiendan.

Inundaciones, lesiones y problemas respiratorios

Las lluvias intensas y los deslizamientos de tierra pueden causar heridas, ahogamientos y desplazamientos de población. Además, la humedad en viviendas y edificios dañados favorece la aparición de moho, un factor que puede agravar el asma y otros problemas respiratorios, sobre todo en niños, personas mayores y pacientes con enfermedades crónicas.

Tras una inundación, la limpieza de las viviendas debe realizarse con protección adecuada y evitando el contacto directo con aguas posiblemente contaminadas. No se recomienda consumir alimentos que hayan estado en contacto con el agua de la inundación, aunque su aspecto parezca normal.

Hospitales bajo presión

El impacto de El Niño no se limita al aumento de enfermedades. Las inundaciones pueden dañar centros de salud, carreteras, sistemas eléctricos y redes de suministro. La interrupción del transporte dificulta que los pacientes lleguen a consulta y complica la distribución de medicamentos, vacunas, combustible y material sanitario.

Al mismo tiempo, los hospitales pueden afrontar un incremento de urgencias por dengue, infecciones gastrointestinales, lesiones y descompensaciones de enfermedades previas. El calor extremo añade presión en personas con problemas cardiovasculares, renales o respiratorios.

La preparación requiere contar con planes de continuidad asistencial, reservas de agua y energía, circuitos para atender a pacientes con enfermedades infecciosas y sistemas de alerta que permitan redistribuir recursos. También es importante proteger los programas de vacunación y la atención a embarazadas, menores y pacientes dependientes durante las emergencias.

Medidas para reducir el riesgo

  • Eliminar o vaciar recipientes donde pueda acumularse agua y mantener los depósitos bien tapados.
  • Utilizar repelente, ropa que cubra brazos y piernas y mosquiteras, especialmente en las zonas con transmisión activa.
  • Beber agua embotellada o previamente hervida cuando existan dudas sobre la seguridad del suministro.
  • Lavarse las manos con frecuencia y extremar la higiene en la preparación y conservación de alimentos.
  • Evitar el contacto con aguas estancadas o barro y utilizar botas y guantes si resulta inevitable.
  • Consultar ante fiebre persistente, signos de deshidratación, sangrados, dificultad respiratoria o empeoramiento repentino.

La evolución del fenómeno debe seguirse con vigilancia meteorológica y sanitaria coordinada. La respuesta más eficaz combina la prevención en los hogares, el control de los mosquitos, la garantía de agua potable y el refuerzo de unos servicios de salud preparados para atender un aumento simultáneo de pacientes.

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