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Europa del Este busca proteger su milagro económico ante el avance del proteccionismo

Las economías de Europa del Este afrontan una nueva etapa de incertidumbre, pero mantienen unas perspectivas de crecimiento superiores a las de buena parte de sus vecinos occidentales. La región podría superar el 2% de expansión, pese a la presión sobre sus exportaciones, el encarecimiento de la energía y el repliegue de la inversión extranjera.

El modelo que impulsó su transformación durante las últimas décadas se apoyó en tres pilares: la integración en las cadenas de suministro alemanas, el acceso a energía relativamente barata y la llegada de capital internacional. Ahora, esos fundamentos se están debilitando por la fragmentación comercial, las tensiones geopolíticas y el regreso de políticas industriales más proteccionistas.

Un crecimiento todavía por encima de Europa occidental

La industria sigue teniendo un peso decisivo en países como Polonia, Chequia, Hungría, Eslovaquia o Rumanía. Sus fábricas producen automóviles, maquinaria, componentes electrónicos y bienes intermedios que se incorporan después a productos vendidos en todo el mundo.

Esta conexión con Alemania y con otros grandes mercados europeos permitió a la región aumentar la productividad, crear empleo cualificado y elevar los salarios. También favoreció la modernización de las infraestructuras y la aparición de proveedores locales cada vez más especializados.

Sin embargo, la dependencia de la demanda exterior supone ahora una vulnerabilidad. Si la industria alemana pierde dinamismo o si aumentan las barreras comerciales, las empresas del este pueden recibir menos pedidos y enfrentarse a mayores costes para mantener su actividad.

La energía deja de ser una ventaja automática

Durante años, los costes energéticos relativamente bajos ayudaron a atraer inversiones intensivas en producción. Esa ventaja se ha reducido tras la crisis energética europea y la necesidad de diversificar el suministro, acelerar las renovables y reforzar la seguridad energética.

Para las industrias del acero, la química, el vidrio o la fabricación de componentes, la energía continúa siendo un factor determinante. Una factura más elevada puede restar competitividad frente a fabricantes de Asia o de otras regiones con costes más bajos.

La respuesta pasa por combinar nuevas fuentes de energía, redes eléctricas más sólidas y una mayor eficiencia industrial. También será necesario que los Gobiernos diseñen ayudas compatibles con las reglas europeas y eviten una carrera de subvenciones que beneficie únicamente a los países con más margen presupuestario.

Menos dependencia de la inversión extranjera

La inversión internacional ha sido fundamental para la convergencia económica de Europa del Este. Las multinacionales aportaron financiación, tecnología y acceso a mercados, además de integrar a miles de empresas locales en cadenas de producción internacionales.

El problema aparece cuando las decisiones estratégicas se toman fuera de la región. Una empresa puede trasladar una línea de producción, reducir su capacidad o aplazar una ampliación si cambian los costes, la demanda o las condiciones fiscales.

Por eso, el siguiente paso debería consistir en desarrollar un tejido empresarial propio más robusto. Fortalecer a las pequeñas y medianas empresas, facilitar su acceso al crédito y apoyar la investigación permitiría retener una mayor parte del valor generado dentro de cada economía.

El salto hacia productos de mayor valor añadido

La región no puede basar indefinidamente su competitividad en salarios más bajos o en la fabricación de piezas diseñadas en otros países. Para preservar su crecimiento, necesita producir más bienes tecnológicos y asumir funciones de mayor complejidad.

  • Impulsar la formación en ingeniería, ciencias y tecnologías digitales.
  • Conectar universidades, centros de investigación y empresas industriales.
  • Aumentar la fabricación de componentes electrónicos y equipos avanzados.
  • Mejorar la automatización y la ciberseguridad de las plantas productivas.
  • Facilitar que las empresas locales desarrollen y registren sus propias tecnologías.

Esta transformación requiere tiempo y estabilidad. La educación, la innovación y las infraestructuras digitales no generan resultados inmediatos, pero son esenciales para que Europa del Este deje de ocupar únicamente los eslabones intermedios de las cadenas globales.

Una estrategia común frente a China

La relación con China será otro de los grandes desafíos. El gigante asiático es un mercado relevante y una fuente de inversiones, pero también compite con la industria europea en sectores cada vez más sofisticados, desde los vehículos eléctricos hasta la maquinaria y las tecnologías limpias.

Una respuesta fragmentada puede debilitar la posición negociadora de los países del este. Si cada Gobierno compite por atraer inversiones mediante incentivos individuales, las empresas extranjeras obtendrán mejores condiciones sin que necesariamente se consoliden capacidades tecnológicas locales.

Una posición coordinada dentro de la Unión Europea permitiría defender intereses comunes, revisar dependencias estratégicas y exigir condiciones equilibradas para el acceso a los mercados. La cooperación no implica cerrar la puerta al comercio, sino reducir los riesgos de una dependencia excesiva.

La oportunidad de una nueva convergencia

El antiguo modelo exportador no ha desaparecido, pero necesita una actualización. Europa del Este conserva ventajas importantes: una base industrial amplia, trabajadores cualificados, proximidad al mercado comunitario y capacidad para atraer proyectos productivos.

El reto consiste en transformar esas fortalezas en una economía más innovadora y resistente. Si la región logra fabricar productos de mayor valor, diversificar sus fuentes de energía y actuar de forma coordinada ante la competencia internacional, podrá mantener un crecimiento superior al de Europa occidental.

El llamado milagro económico del este no está garantizado. Pero tampoco pertenece al pasado. Su continuidad dependerá de que los países de la zona conviertan la presión proteccionista y la incertidumbre global en un incentivo para ganar autonomía, productividad y capacidad tecnológica.

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