La guerra electrónica redefine el campo de batalla: de los proyectiles a la superioridad tecnológica
Los conflictos armados han entrado en una nueva etapa en la que la potencia de fuego ya no es el único factor decisivo. La capacidad para detectar, interferir, proteger y explotar las comunicaciones se ha convertido en un elemento central de las operaciones militares. Álvaro Sánchez, consejero delegado de la empresa española Integrasys, especializada en tecnologías vinculadas a la guerra electrónica, considera que la evolución más visible de este cambio se está produciendo en Ucrania.
Antes, explica Sánchez, las guerras se asociaban principalmente a la disponibilidad de materiales, vehículos y proyectiles. Hoy, en cambio, la tecnología condiciona desde la identificación de un objetivo hasta la navegación de un dron o la coordinación de una unidad sobre el terreno. La ventaja ya no depende únicamente de disponer de más armamento, sino de conservar la capacidad de comunicarse y obtener información cuando el adversario intenta impedirlo.
Una batalla invisible por el control del espectro
La guerra electrónica engloba un conjunto de técnicas destinadas a utilizar, proteger o bloquear el espectro electromagnético. En él viajan las señales de radio, los sistemas de navegación, los enlaces de datos y buena parte de las comunicaciones empleadas por las fuerzas armadas. Quien logra controlar ese entorno puede dificultar la actuación del enemigo sin necesidad de destruir físicamente sus equipos.
El objetivo puede ser localizar una emisión, interferir una señal, engañar a un sistema de navegación o impedir que una unidad reciba órdenes. También puede consistir en mantener operativas las redes propias frente a los intentos de perturbación. Esta dimensión convierte la guerra electrónica en una actividad permanente, con efectos directos sobre drones, radares, vehículos, centros de mando y tropas desplegadas.
En el caso ucraniano, la proliferación de drones ha hecho especialmente evidente esta transformación. Estos dispositivos se utilizan para observar posiciones, corregir el fuego de artillería, transportar cargas o atacar objetivos. Sin embargo, su eficacia depende en muchos casos de un enlace de comunicaciones y de sistemas de posicionamiento que pueden ser alterados.
Los satélites, una infraestructura estratégica
La superioridad satelital también desempeña un papel cada vez más relevante. Las constelaciones espaciales proporcionan imágenes, comunicaciones y servicios de navegación esenciales para operaciones militares y civiles. Su utilidad no se limita a observar el terreno: permiten mantener conectadas unidades separadas por cientos de kilómetros y compartir información con rapidez.
Esta dependencia introduce nuevas vulnerabilidades. Una fuerza puede disponer de vehículos avanzados y armamento de precisión, pero perder parte de su capacidad si se interrumpen sus enlaces o se degrada la señal de posicionamiento. Por eso, la protección de las comunicaciones por satélite y la existencia de alternativas terrestres se han convertido en prioridades estratégicas.
La cuestión no consiste únicamente en contar con acceso al espacio, sino en garantizar que ese acceso sea resistente a interferencias y ataques. La redundancia, el cifrado, la diversificación de redes y la capacidad para operar con información incompleta son elementos esenciales en un escenario donde la conectividad puede desaparecer en cuestión de segundos.
La tecnología no sustituye a la estrategia
El avance tecnológico no elimina los principios tradicionales de la guerra, pero sí modifica la manera de aplicarlos. La velocidad de decisión, la calidad de los datos y la coordinación entre plataformas adquieren un peso mayor. Un ejército capaz de integrar sensores, sistemas de mando y medios de ataque puede reaccionar antes y utilizar sus recursos con mayor precisión.
Al mismo tiempo, la sofisticación técnica plantea importantes desafíos. Los equipos deben ser interoperables, fáciles de actualizar y capaces de funcionar en entornos degradados. No basta con adquirir soluciones avanzadas: es necesario formar al personal, realizar ejercicios constantes y disponer de procedimientos para recuperar la operatividad cuando las redes fallen.
Para Sánchez, la experiencia de Ucrania demuestra que la tecnología debe analizarse como un sistema completo. Los sensores, las comunicaciones, el software, los satélites y los dispositivos no funcionan de manera aislada. Su valor depende de que puedan intercambiar información de forma segura y de que las fuerzas desplegadas sepan interpretar esa información y convertirla en decisiones.
Una carrera tecnológica que también afecta a la industria
El nuevo escenario está impulsando la demanda de soluciones desarrolladas por empresas capaces de trabajar en ámbitos como las comunicaciones críticas, la monitorización del espectro y la protección de redes. Para la industria española, esta evolución abre oportunidades, aunque también exige inversión sostenida en investigación, talento especializado y colaboración con organismos públicos.
La guerra electrónica, además, no se limita a los grandes sistemas militares. Sus tecnologías pueden tener aplicaciones en la protección de infraestructuras críticas, redes de emergencia y servicios esenciales. La seguridad de los aeropuertos, las telecomunicaciones, los centros de datos o las redes energéticas depende igualmente de mantener el control sobre señales y comunicaciones.
El campo de batalla del futuro será, por tanto, físico y digital al mismo tiempo. Los proyectiles seguirán teniendo importancia, pero su eficacia estará cada vez más condicionada por quién vea primero, quién mantenga sus comunicaciones y quién consiga negar al adversario el acceso a la información. La guerra tecnológica ya no es una hipótesis: forma parte del presente.



