Peter Thiel defiende que ser «malvado» puede ser mejor que ser «malo» en plena carrera por la IA
Peter Thiel ha vuelto a situarse en el centro del debate sobre la inteligencia artificial con una tesis tan provocadora como controvertida: una persona puede ser malvada desde el punto de vista moral y, al mismo tiempo, resultar competente y eficaz. Para el fundador de PayPal y Palantir, el verdadero fracaso no estaría en perseguir objetivos peligrosos, sino en no conseguir nada.
La reflexión llega en un momento en el que los principales responsables del desarrollo de la IA afrontan críticas por acelerar una tecnología con riesgos todavía difíciles de medir. Thiel considera que Occidente está moralizando en exceso sobre el progreso tecnológico y que el miedo a las consecuencias no debería convertirse en una razón para detenerlo.
«Malvado» frente a «malo»: la distinción de Thiel
Durante una conversación con Mathias Döpfner, consejero delegado del grupo editorial Axel Springer, Thiel planteó una diferencia entre dos conceptos que normalmente se utilizan como sinónimos. Según su razonamiento, lo contrario de bueno en términos morales sería malvado, mientras que lo contrario de bueno en términos funcionales sería malo.
El empresario recurrió a una comparación automovilística para explicarlo. Un vehículo deportivo de gran consumo podría ser «malvado» porque desperdicia combustible, mientras que un coche poco potente y deficiente sería simplemente «malo» porque no cumple bien su función. Trasladada a las personas, la idea implica que alguien con intenciones cuestionables, pero capaz de ejecutar sus planes, sería preferible a alguien incapaz de lograr resultados.
La conclusión de Thiel es especialmente polémica: si una persona es malvada, al menos demuestra competencia; si es incompetente, es simplemente mala. En esa escala de valores, la falta de acción o de eficacia representa un defecto mayor que causar temor o asumir riesgos elevados.
Una defensa de la velocidad en el desarrollo de la inteligencia artificial
El argumento encaja con la posición que Thiel ha mantenido sobre la carrera internacional por la inteligencia artificial. El empresario reconoce que existe una posibilidad significativa de que esta tecnología produzca daños graves, pero cree que ese riesgo no basta para justificar una pausa en la investigación y el despliegue de nuevos sistemas.
En este contexto, la inteligencia artificial engloba programas capaces de analizar grandes cantidades de información, generar textos o imágenes, tomar decisiones y ejecutar tareas que antes requerían intervención humana. Los modelos más avanzados pueden aprender patrones a partir de enormes volúmenes de datos, aunque todavía cometen errores, reproducen sesgos y pueden utilizarse con fines dañinos.
Cuando se habla de riesgo existencial en IA, se hace referencia a la posibilidad de que una tecnología avanzada provoque daños irreversibles para la humanidad, ya sea por un uso malicioso, por fallos de control o por decisiones automatizadas incompatibles con los intereses humanos. Algunos líderes tecnológicos han advertido de ese escenario, mientras otros consideran que insistir demasiado en él puede justificar una regulación excesiva.
Thiel se sitúa claramente en el segundo grupo. Desde su perspectiva, quienes alertan constantemente sobre el apocalipsis pueden acabar desempeñando el papel de freno tecnológico. Su crítica apunta a figuras como Sam Altman, Dario Amodei o Elon Musk, líderes de compañías que compiten por crear sistemas cada vez más capaces y que, al mismo tiempo, han reconocido los peligros asociados a su desarrollo.
El Anticristo como metáfora del estancamiento
La visión tecnológica de Thiel está vinculada a una interpretación religiosa y política que ha expuesto en encuentros privados durante los últimos meses. En ellos ha hablado repetidamente del Anticristo, aunque no para describirlo como un villano tradicional, sino como una figura que ofrece seguridad y estabilidad a cambio de frenar el avance de la sociedad.
Su tesis sostiene que el Anticristo podría conquistar el mundo presentándose como una solución frente a amenazas constantes. En ese marco, la insistencia en los riesgos de la inteligencia artificial, las guerras o el llamado fin del mundo serviría para crear un clima favorable a la regulación y al control.
Esta interpretación convierte la cautela en una forma de peligro. Para Thiel, detener la innovación por miedo a sus consecuencias puede ser más perjudicial que continuar avanzando con incertidumbre. La lógica se parece a la de otros defensores de la aceleración tecnológica, una corriente que apuesta por desarrollar nuevas herramientas con rapidez y corregir sus efectos durante el proceso.
El choque con el Vaticano por los límites de la IA
La posición del empresario también le ha enfrentado al Vaticano. La Iglesia católica ha reclamado límites para la inteligencia artificial y ha advertido contra la idea de que la tecnología pueda convertirse en una nueva promesa de salvación. Desde esa perspectiva, el progreso técnico no garantiza por sí solo una sociedad más justa ni resuelve los problemas morales derivados de sus aplicaciones.
Thiel ha criticado al papa León XIV por considerar que sus advertencias podrían perjudicar la capacidad de innovación de Occidente frente a China. Su argumento es que Pekín no atenderá las recomendaciones de la Iglesia, mientras que Estados Unidos y Europa sí podrían hacerlo, lo que dejaría a las empresas occidentales en desventaja.
El debate enfrenta dos concepciones opuestas. Para Thiel, regular demasiado pronto la IA equivale a ceder terreno y premiar la inacción. Para el Vaticano y otros expertos, avanzar sin controles suficientes puede trasladar a toda la sociedad riesgos que las empresas tecnológicas no están en condiciones de gestionar por sí solas.
Más allá de la provocación semántica entre ser «malvado» o ser «malo», las palabras de Thiel reflejan una discusión central para el futuro de la inteligencia artificial: si la eficacia y la velocidad deben tener prioridad sobre la seguridad, la responsabilidad y los límites éticos. La respuesta determinará hasta dónde llegará la próxima generación de sistemas de IA.



