Bill Gates fija 2045 como fecha de cierre de su fundación y prepara un desembolso histórico para impulsar la IA en las aulas
Bill Gates ha decidido poner fecha de final a la Gates Foundation. La organización filantrópica cerrará definitivamente el 31 de diciembre de 2045, mucho antes de lo previsto inicialmente, y espera gastar más de 200.000 millones de dólares durante sus dos últimas décadas de actividad.
El fundador de Microsoft pretende aportar progresivamente prácticamente toda su fortuna personal para financiar ese esfuerzo. Su argumento es que el dinero destinado a combatir enfermedades, pobreza y desigualdad resulta más útil si se emplea ahora, en lugar de conservarlo durante generaciones.
Una parte destacada de esta estrategia estará centrada en la inteligencia artificial, especialmente en su aplicación a la educación. La decisión promete acelerar la llegada de nuevas herramientas a colegios y universidades, pero también abre un debate sobre la privacidad, la evaluación de resultados y el papel de las empresas privadas en la transformación de las aulas.
Más de 200.000 millones antes del cierre
Hasta ahora, los estatutos de la fundación contemplaban su desaparición 20 años después de la muerte de Bill Gates. El empresario ha optado por adelantar ese calendario y establecer 2045 como límite definitivo.
Durante los primeros 25 años, la organización distribuyó más de 100.000 millones de dólares. La previsión para los últimos 20 años duplica aproximadamente esa cifra, con un gasto superior a los 200.000 millones. La dotación actual de la entidad no sería suficiente para alcanzar ese objetivo, por lo que Gates contribuirá con la mayor parte de sus recursos personales.
La fundación mantendrá sus principales líneas de trabajo, entre ellas la lucha contra enfermedades, la mejora de la sanidad, el apoyo a la agricultura y la reducción de las desigualdades. Sin embargo, la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los ejes tecnológicos de su última etapa.
1.000 millones de dólares para proyectos de inteligencia artificial
La entidad ha comprometido 1.000 millones de dólares durante los próximos dos años para iniciativas relacionadas con la IA. Alrededor de 400 millones se destinarán a proyectos sanitarios, unos 100 millones a agricultura y otros 400 millones a educación.
En este contexto, la inteligencia artificial hace referencia a sistemas capaces de analizar grandes cantidades de datos, reconocer patrones y generar respuestas o recomendaciones. En el ámbito educativo, estas tecnologías pueden adaptar ejercicios al nivel de cada estudiante, detectar dificultades de aprendizaje o asistir al profesorado en determinadas tareas.
Entre los proyectos previstos figuran herramientas para identificar qué conceptos no comprende bien una clase, sistemas de tutoría personalizados y soluciones de orientación académica. También se contempla su uso para reforzar las matemáticas, mejorar asignaturas universitarias con altas tasas de suspensos y proporcionar recursos adicionales a los docentes.
Una transformación educativa con un objetivo concreto
La apuesta forma parte de un plan con horizonte en 2045. El objetivo es que hasta 10 millones más de estadounidenses de entre 18 y 34 años obtengan credenciales o titulaciones con valor en el mercado laboral.
La fundación presenta la IA como una herramienta que podría reducir las diferencias entre estudiantes con distintos niveles de apoyo familiar, recursos económicos o acceso a profesores particulares. Un tutor digital disponible a cualquier hora, por ejemplo, podría ofrecer explicaciones adicionales a alumnos que no pueden recibir ayuda fuera del horario escolar.
Pero el despliegue se produce en un sistema educativo que todavía no está preparado para utilizar estas herramientas de forma generalizada. El 60% de los profesores de primaria y secundaria ya empleó alguna aplicación de IA durante el último curso, mientras que solo el 18% recibió formación específica para hacerlo.
El riesgo de introducir tecnología sin pruebas suficientes
La propia fundación reconoce varios problemas que preocupan a familias, docentes e investigadores. Muchas soluciones educativas basadas en IA se han implantado sin evidencias sólidas de que mejoren realmente el aprendizaje.
- Privacidad: los sistemas pueden recopilar información sensible sobre el rendimiento, el comportamiento y las necesidades de los menores.
- Fiabilidad: una respuesta generada por IA puede ser incorrecta, incompleta o estar condicionada por los datos utilizados para entrenar el sistema.
- Dependencia: el uso excesivo de asistentes automáticos puede reducir la práctica necesaria para desarrollar razonamiento y pensamiento crítico.
- Desigualdad: los centros con más recursos podrían acceder a mejores herramientas y ampliar la brecha con los colegios menos financiados.
La intención declarada no es sustituir al profesor. Los docentes y otros adultos seguirían supervisando el proceso, tomando decisiones y acompañando a los alumnos. El problema es que una inversión de 400 millones de dólares puede acelerar una transformación cuyas consecuencias todavía no se conocen por completo.
Mientras Gates acelera, algunos colegios ponen límites
El contraste ya se aprecia en varias políticas educativas. Nueva York ha anunciado una moratoria de un año para el uso directo de inteligencia artificial generativa por parte de alumnos desde educación infantil hasta octavo curso durante el año académico 2026-2027.
La medida afectará a cerca de 600.000 estudiantes. El estado mantendrá programas limitados para cursos superiores y actividades destinadas a enseñar pensamiento crítico frente a la IA, pero optará por frenar su uso generalizado entre los más pequeños.
La inteligencia artificial generativa es aquella capaz de crear textos, imágenes, respuestas o código a partir de una instrucción del usuario. Su facilidad de uso ha disparado su presencia en los centros, pero también ha complicado la evaluación: un trabajo aparentemente realizado por un alumno puede haber sido generado total o parcialmente por una máquina.
La cuestión pendiente: quién decide el futuro de la educación
La última etapa de la fundación plantea una cuestión que va más allá de la tecnología. Una organización privada, financiada por una de las mayores fortunas del mundo y vinculada a compañías tecnológicas, tendrá capacidad para influir en la forma en que millones de estudiantes aprenden.
La entidad colaborará con grandes empresas de inteligencia artificial y el propio Gates ha admitido que sus vínculos financieros con la industria pueden generar un posible sesgo. Esa relación obliga a exigir transparencia sobre los proyectos financiados, los datos utilizados y los resultados obtenidos.
La paradoja de este plan es evidente: Gates quiere emplear prácticamente toda su fortuna para reducir desigualdades, pero una parte del dinero se destinará a impulsar una tecnología que podría ampliar esas diferencias si solo beneficia a los centros con más recursos o se aplica sin controles suficientes.
El desafío no será únicamente desarrollar sistemas más capaces, sino decidir dónde deben utilizarse, quién supervisará sus decisiones y qué límites no podrán cruzar. El cierre de la fundación en 2045 ya tiene fecha; el impacto real de su última gran apuesta todavía está por determinar.



