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El cambio climático ya afecta a la salud de la piel en decenas de países

El cambio climático está dejando de ser una amenaza exclusivamente ambiental para convertirse también en un problema de salud pública. La piel, por ser el órgano más expuesto al calor, la radiación ultravioleta, la contaminación y los cambios de humedad, se encuentra entre las partes del cuerpo más vulnerables.

Un análisis internacional que ha reunido información de 136 países revela que el 42,6% ha detectado cambios en la prevalencia o en la gravedad de las enfermedades cutáneas. El dato equivale a más de cuatro de cada diez países participantes y apunta a una tendencia que puede intensificarse si aumentan las temperaturas y los fenómenos meteorológicos extremos.

Más calor, más irritación y más brotes

Las olas de calor favorecen la sudoración, la deshidratación y la alteración de la barrera protectora de la piel. Cuando esta barrera se debilita, la epidermis pierde capacidad para retener agua y queda más expuesta a irritantes, alérgenos y microorganismos.

En este contexto pueden empeorar problemas frecuentes como la dermatitis atópica, la psoriasis, el acné, la rosácea o las irritaciones asociadas al sudor. También son habituales las erupciones por calor, especialmente en niños, personas mayores y pacientes con enfermedades dermatológicas previas.

El incremento de la humedad puede mantener la piel húmeda durante más tiempo y crear un entorno favorable para la proliferación de hongos y bacterias. Por el contrario, los periodos de sequedad extrema pueden provocar descamación, picor, grietas y pequeñas lesiones que facilitan las infecciones.

La radiación ultravioleta mantiene el riesgo de cáncer de piel

El aumento de la temperatura no es el único factor climático que preocupa a los especialistas. La exposición acumulada a la radiación ultravioleta sigue siendo uno de los principales riesgos para la salud cutánea. Las quemaduras solares repetidas dañan el ADN de las células y aumentan la probabilidad de desarrollar lesiones precancerosas y cáncer de piel.

Además, el calor puede prolongar el tiempo que se pasa al aire libre y hacer que muchas personas subestimen el riesgo durante actividades cotidianas. La radiación ultravioleta puede ser intensa incluso cuando el cielo está parcialmente nublado o la temperatura no resulta especialmente elevada.

La protección solar, por tanto, no debe limitarse a los días de playa. La aplicación de un fotoprotector de amplio espectro, el uso de ropa, sombrero y gafas de sol, y la búsqueda de sombra durante las horas centrales son medidas recomendables durante todo el año.

Contaminación, incendios y fenómenos extremos

La contaminación atmosférica también puede agravar el impacto del cambio climático sobre la piel. Las partículas en suspensión y otros contaminantes favorecen el estrés oxidativo y pueden contribuir a la inflamación, el envejecimiento prematuro y el empeoramiento de algunas dermatosis.

Los incendios forestales añaden otro riesgo. El humo contiene partículas y compuestos irritantes capaces de causar sequedad, escozor y enrojecimiento, sobre todo en personas con piel sensible o con enfermedades respiratorias y alérgicas. Tras una exposición intensa, es aconsejable lavar la piel y el cabello con agua y productos suaves.

Las inundaciones, los desplazamientos de población y los daños en los sistemas de agua y saneamiento también pueden dificultar la higiene, el acceso a tratamientos y la atención médica. En estas situaciones aumenta la vulnerabilidad frente a infecciones, heridas y enfermedades transmitidas por vectores.

Quiénes tienen mayor riesgo

No todas las personas afrontan el impacto climático de la misma manera. Los grupos con mayor riesgo incluyen:

  • Niños y personas mayores, por la menor capacidad de regular la temperatura y mantener la hidratación.
  • Pacientes con dermatitis atópica, psoriasis, rosácea, acné o enfermedades autoinmunes.
  • Trabajadores que desarrollan su actividad al aire libre y acumulan muchas horas de exposición solar.
  • Personas sin acceso estable a agua, vivienda adecuada, sombra o atención dermatológica.
  • Quienes toman medicamentos que aumentan la sensibilidad a la luz solar.

Cómo proteger la piel ante el cambio climático

Los especialistas recomiendan adaptar el cuidado diario a las condiciones ambientales. En épocas de calor conviene beber agua con regularidad, utilizar ropa ligera y transpirable y evitar la exposición solar entre las 12:00 y las 16:00 horas, cuando la radiación suele ser más intensa.

La higiene debe realizarse con agua templada y limpiadores suaves, sin exceso de fricción. Después de la ducha es útil aplicar una crema hidratante, especialmente en las zonas con sequedad o tendencia a la irritación. También es importante no compartir toallas, mantener secas las zonas de pliegues y consultar ante lesiones persistentes.

Una quemadura solar extensa, la aparición de ampollas, fiebre, dolor intenso, signos de infección o un cambio en un lunar requieren valoración sanitaria. Del mismo modo, cualquier erupción que se prolongue o empeore pese a las medidas habituales debe ser revisada por un profesional.

El dato internacional confirma que la relación entre cambio climático y enfermedades de la piel ya es visible en numerosos sistemas sanitarios. La prevención individual puede reducir parte del riesgo, pero la respuesta exige también políticas de adaptación, vigilancia epidemiológica y un acceso equitativo a la atención dermatológica.

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