Mewgenics demuestra que criar gatos mutantes puede ser una idea brillante
Mewgenics es uno de esos juegos que cuesta explicar sin que la propuesta parezca una broma. Gatos deformes, herencias genéticas imprevisibles, combates por turnos y una sucesión de desgracias que convierten cada partida en una pequeña tragedia familiar. Sin embargo, detrás de su aspecto extravagante se esconde una experiencia sorprendentemente adictiva.
Lo nuevo del creador de The Binding of Isaac apuesta por mezclar estrategia, roguelike y gestión de criaturas. El resultado no es un simple juego de gatos, sino un sistema en el que cada decisión puede alterar por completo el futuro de nuestra camada.
Una idea difícil de defender… hasta que empiezas a jugar
Reconozco que Mewgenics no me entró por los ojos. Como padre gatuno, la premisa de cruzar animales para obtener determinadas características me parecía entre absurda e incómoda. La estética tampoco ayuda: sus felinos tienen un diseño deliberadamente extraño, con cuerpos desproporcionados, expresiones inquietantes y toda clase de rasgos imposibles.
Pero esa primera impresión cambia en cuanto se entiende el propósito de cada sistema. Mewgenics no busca presentar una colección de mascotas adorables, sino construir historias a partir del caos. Cada gato es una combinación de estadísticas, habilidades, defectos y rasgos heredados que puede convertirse en una pieza clave del equipo o en un problema con patas.
La genética como motor de la partida
La cría es uno de los pilares de la experiencia. Al combinar gatos, podemos transmitir habilidades y características, aunque nunca tenemos el control absoluto sobre el resultado. El componente aleatorio obliga a improvisar y hace que cada nueva generación sea una apuesta.
A veces nace el compañero perfecto para una estrategia concreta. Otras veces aparece un animal con estadísticas mediocres, habilidades poco útiles o una combinación de rasgos difícil de aprovechar. Lo interesante es que incluso los ejemplares menos prometedores pueden acabar encontrando su sitio si construimos el equipo adecuado.
Este sistema convierte a los gatos en algo más que unidades reemplazables. Aunque el juego invita a experimentar y asumir pérdidas, es fácil encariñarse con un personaje que ha sobrevivido a varias expediciones. Cuando uno de ellos cae, la derrota pesa más de lo esperado.
Combates tácticos con muchas variables
Los enfrentamientos se desarrollan por turnos y exigen prestar atención al posicionamiento, al orden de las acciones y a las sinergias entre los miembros del grupo. No basta con lanzar el ataque más potente: cada movimiento puede abrir una oportunidad o dejar expuesto a un aliado.
Las habilidades y los efectos de estado añaden una capa de profundidad considerable. Un gato puede especializarse en el daño directo, apoyar al resto del equipo, controlar el terreno o aprovechar las debilidades de los enemigos. La gracia está en descubrir combinaciones útiles con los recursos disponibles, no en seguir una única fórmula ganadora.
Además, las partidas tienen una estructura propia de los roguelike. Cada expedición presenta rutas, encuentros y recompensas diferentes, de modo que es difícil afrontar dos recorridos exactamente de la misma forma. La sensación de progreso se combina con el riesgo constante de perder parte del trabajo realizado.
El caos también sabe contar historias
Uno de los grandes aciertos de Mewgenics es que sus sistemas generan anécdotas por sí solos. Un gato que parecía destinado a desaparecer puede convertirse en el superviviente de una misión imposible. Otro puede heredar una habilidad inesperada y cambiar la forma de jugar. Incluso los fracasos suelen dejar una historia que recordar.
Ese componente emergente conecta con la mejor tradición de los juegos de Edmund McMillen. Hay humor negro, situaciones disparatadas y una estética incómoda, pero también una estructura muy bien pensada para que el jugador quiera probar una vez más. El juego sabe cuándo premiar la planificación y cuándo introducir una dosis de desastre.
Una presentación extraña, pero coherente
El apartado visual puede resultar divisivo. Mewgenics no pretende idealizar a sus protagonistas y abraza una dirección artística sucia, caricaturesca y deliberadamente grotesca. No todos los jugadores disfrutarán de sus diseños, aunque esa identidad tan marcada termina encajando con el tono general.
La interfaz y la cantidad de información requieren cierto periodo de adaptación. Hay muchos datos que consultar y numerosas decisiones que tomar, especialmente cuando se empieza a profundizar en la genética y en la composición del grupo. Superada esa barrera inicial, todo empieza a resultar más natural.
Veredicto
Mewgenics es mucho más que una rareza protagonizada por gatos. Su propuesta puede parecer una aberración sobre el papel, pero funciona gracias a la combinación de combates tácticos, progresión roguelike y un sistema de crianza capaz de producir sorpresas constantes.
No es un juego para quien busque una experiencia relajada con mascotas adorables. Aquí los gatos sufren, mutan, se especializan y, en ocasiones, mueren de la manera más absurda. Precisamente por eso resulta tan difícil soltarlo: cada camada ofrece una nueva posibilidad y cada derrota deja ganas de volver a intentarlo.
La recomendación es clara para los aficionados a los roguelike y a la estrategia por turnos. Incluso quienes, como yo, entren con reservas por su estética o por su planteamiento pueden terminar completamente atrapados. Mewgenics convierte el caos genético en una herramienta de diseño y demuestra que, con las reglas adecuadas, hasta criar gatos imposibles puede ser una idea extraordinariamente divertida.


