Google pone en órbita su primer chip de inteligencia artificial para probar sus centros de datos espaciales
Google ha enviado por primera vez uno de sus procesadores de inteligencia artificial al espacio. El chip viajó a bordo de un pequeño satélite construido por Planet Labs y lanzado por un cohete Falcon 9 de SpaceX desde la base de Vandenberg, en California. La misión forma parte del Proyecto Suncatcher, la iniciativa con la que la compañía estudia la viabilidad de crear centros de datos en órbita.
El satélite despegó el jueves dentro de la misión compartida Transporter-18, que transportaba más de un centenar de cargas útiles. Google ya ha confirmado que ha establecido comunicación con el aparato y que este funciona según lo previsto. Ahora comienza la fase más importante: comprobar si una unidad de procesamiento especializada puede ejecutar cargas de trabajo de IA en el entorno espacial.
Una prueba para la futura computación en órbita
El componente enviado es una TPU de Google, siglas de Tensor Processing Unit. Se trata de un tipo de procesador diseñado específicamente para acelerar operaciones matemáticas utilizadas por los sistemas de inteligencia artificial, como el entrenamiento de modelos y la generación de respuestas.
A diferencia de un procesador convencional, una TPU está optimizada para realizar enormes cantidades de cálculos en paralelo. Esa especialización le permite ofrecer un alto rendimiento con un consumo energético ajustado, una característica especialmente relevante en un satélite, donde la energía disponible depende de los paneles solares y de las baterías.
El experimento tendrá que demostrar que el chip puede recibir alimentación constante, mantenerse dentro de unos límites de temperatura y ejecutar modelos de IA sin que los fallos del hardware comprometan los resultados. Cuando el satélite esté completamente operativo, Google prevé activar la TPU en ráfagas de unos 15 minutos, una estrategia pensada para evitar que el sistema energético y térmico se sobrecargue.
El calor, uno de los principales obstáculos
La refrigeración es uno de los retos más complejos de cualquier centro de datos espacial. En la Tierra, los equipos expulsan el calor mediante aire, agua u otros sistemas de refrigeración. En el vacío del espacio no existe aire que transporte directamente esa energía térmica, por lo que los ingenieros deben recurrir a radiadores y otros mecanismos que disipen el calor mediante radiación.
Google ha desarrollado un método específico para gestionar esta dificultad y lo está probando en la misión. La empresa tendrá que analizar si su solución permite mantener la TPU en condiciones seguras mientras ejecuta operaciones intensivas, sin consumir una cantidad desproporcionada de energía.
La radiación puede provocar errores en los cálculos
Otro riesgo importante es la radiación espacial. Las partículas de alta energía pueden alterar el funcionamiento de los circuitos electrónicos y provocar errores lógicos, es decir, resultados incorrectos en operaciones que normalmente deberían ejecutarse de forma precisa.
Antes del lanzamiento, Google sometió sus chips a haces de protones en la Universidad de California en Davis para simular las condiciones que encontrarían en órbita. En las primeras pruebas, los procesadores soportaron una cantidad de radiación superior a la que recibirían durante cinco años en el espacio.
Sin embargo, los ingenieros tuvieron que repetir parte del ensayo al descubrir que el montaje original protegía los chips más de lo que estarían protegidos en el satélite. Las nuevas pruebas registraron algo más de errores. Según las estimaciones del proyecto, la tasa rondaría un fallo por cada millón de operaciones de inferencia, entendiendo por inferencia la ejecución de un modelo ya entrenado para responder a una consulta.
Ese nivel podría ser asumible para tareas rutinarias, como generar respuestas o clasificar información. En cambio, supondría un problema en grandes procesos de entrenamiento, que pueden utilizar miles de chips durante meses y acumular cualquier error puntual.
El coste de lanzar centros de datos al espacio
La viabilidad del Proyecto Suncatcher no depende únicamente de que los chips funcionen. También exige que el precio de poner en órbita grandes cantidades de hardware descienda de forma drástica. Las estimaciones manejadas por Google contemplan costes de lanzamiento de unos 200 dólares por kilogramo en 2035, siempre que los precios continúen reduciéndose aproximadamente un 20 % anual.
Para alcanzar ese escenario sería necesario un ritmo de lanzamientos muy elevado. El análisis presupone que Starship, el cohete de gran tamaño de SpaceX, podría volar unas 180 veces al año. La compañía todavía está lejos de esa frecuencia y no ha llegado a realizar más de cinco vuelos de Starship en un mismo año.
Google y SpaceX mantienen una relación empresarial estrecha, aunque compiten en distintos frentes de la inteligencia artificial. SpaceX también trabaja en su propia visión de la computación orbital, basada en satélites equipados con GPU, paneles solares fabricados por Tesla y capacidad para procesar datos directamente en el espacio. La empresa prevé desplegar sistemas de supercomputación orbital a partir de 2027.
Una red de satélites conectados por láser
La propuesta de Google contempla, a largo plazo, una constelación de 81 satélites que operarían en formación y compartirían el trabajo. El objetivo sería aprovechar la energía solar disponible en órbita y reducir la presión sobre los centros de datos terrestres, que necesitan enormes cantidades de electricidad y agua para funcionar y refrigerarse.
El plan todavía se encuentra en una fase experimental. Google y Planet Labs preparan dos satélites adicionales fabricados a medida, con los que intentarán establecer comunicaciones entre ellos mediante enlaces láser. Esta demostración está prevista para algún momento de 2027.
Los críticos advierten de que los lanzamientos seguirán siendo caros durante años y de que harían falta componentes especialmente resistentes a la radiación, las temperaturas extremas y el vacío. También señalan el riesgo de aumentar la basura espacial y el impacto de grandes constelaciones sobre la observación astronómica y la contaminación lumínica. La primera TPU en órbita no resuelve esas cuestiones, pero permitirá comprobar si la idea puede superar su primer gran obstáculo: funcionar de forma fiable lejos de la Tierra.

