La brecha de género en STEAM empieza en el aula: seis de cada diez niños asumen los roles tecnológicos
La desigualdad de género en las disciplinas STEAM, que agrupan ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas, también se manifiesta en las aulas de Educación Primaria. Cuando el profesorado no interviene de forma explícita, el 60% de los niños acaba ocupando los roles relacionados con la tecnología en las actividades de clase, según Elena Vercher.
El dato pone el foco en una dinámica que puede pasar desapercibida durante los trabajos en grupo. Aunque las tareas se planteen para todo el alumnado, la distribución espontánea de responsabilidades tiende a reproducir estereotipos: ellos se encargan de los dispositivos, la programación o el montaje, mientras que ellas quedan relegadas a funciones menos visibles o alejadas de la toma de decisiones técnicas.
Los roles tecnológicos no se reparten de forma neutral
En una actividad STEAM, el alumnado puede asumir responsabilidades muy distintas: diseñar una solución, construir un prototipo, programar, documentar el proceso o presentar el resultado. Sobre el papel, todas tienen el mismo valor, pero no siempre ofrecen la misma exposición a la tecnología ni las mismas oportunidades de aprendizaje.
El problema aparece cuando la elección se deja completamente a la iniciativa del grupo. En ese contexto, las expectativas sociales y las experiencias previas influyen en quién coge una tableta, conecta los componentes, maneja un robot o escribe el código. La aparente libertad de elección puede terminar consolidando una división de tareas marcada por el género.
La ocupación mayoritaria de estos puestos por parte de los niños no implica necesariamente una falta de interés de las niñas. También puede reflejar una mayor confianza percibida, una familiaridad desigual con la tecnología o la idea, aprendida desde edades tempranas, de que los dispositivos y la programación pertenecen más al ámbito masculino.
La intervención docente resulta determinante
La figura del profesorado es clave para evitar que los roles tecnológicos se asignen siempre a los mismos alumnos. No se trata solo de animar a las niñas a participar, sino de organizar las actividades para que todo el alumnado pase por las distintas funciones y tenga acceso directo a las herramientas técnicas.
Una medida sencilla consiste en establecer turnos. Si una niña programa en una sesión, puede encargarse del diseño o de la presentación en la siguiente, mientras otro compañero asume el manejo del dispositivo. De este modo, el aprendizaje no queda vinculado a una única persona y se reducen las jerarquías dentro del grupo.
También es importante que el docente observe lo que ocurre durante el trabajo, no solo el resultado final. Un proyecto puede completarse correctamente y, sin embargo, haber dejado a parte del alumnado sin intervenir en las decisiones relevantes. La evaluación debería tener en cuenta tanto el producto como la participación y las competencias desarrolladas por cada estudiante.
Más que repartir tareas: construir confianza
La rotación de funciones es un primer paso, pero no basta por sí sola. Para cerrar la brecha de género en STEAM, el aula debe ofrecer oportunidades para experimentar, equivocarse y resolver problemas sin que los errores se interpreten como una falta de capacidad.
El lenguaje del profesorado también puede marcar la diferencia. Presentar la programación, la robótica o la ingeniería como habilidades que se aprenden, en lugar de como capacidades innatas, ayuda a desmontar la idea de que algunas personas tienen más facilidad natural para la tecnología.
Asimismo, mostrar referentes femeninos en ciencia y tecnología puede ampliar el imaginario del alumnado. Las actividades pueden incluir ejemplos de investigadoras, ingenieras, diseñadoras y profesionales de la programación, conectando sus trayectorias con los retos que se trabajan en clase.
La escuela puede corregir desigualdades antes de que se consoliden
La Educación Primaria es una etapa decisiva para desarrollar la relación de niños y niñas con la tecnología. Las experiencias que viven en estos años influyen en su autoconfianza, en la percepción de sus propias capacidades y, más adelante, en la elección de itinerarios académicos y profesionales.
Por eso, el dato del 60% no debe interpretarse únicamente como una diferencia en la asignación de tareas. Es también una señal sobre cómo se construyen las oportunidades dentro del aula. Si los niños acumulan más tiempo manipulando herramientas y tomando decisiones técnicas, pueden reforzar su seguridad en ese ámbito, mientras las niñas pierden ocasiones de practicar y ganar visibilidad.
La solución pasa por diseñar actividades STEAM con una perspectiva inclusiva desde el principio: distribuir los roles, revisar los materiales, vigilar la participación y garantizar que la tecnología no quede asociada a un único perfil de alumno. Intervenir no significa limitar la autonomía de la clase, sino asegurar que esa autonomía sea realmente compartida.
La brecha de género tecnológica no se corrige solo con más contenidos digitales. También exige revisar quién utiliza las herramientas, quién propone las soluciones y quién recibe reconocimiento durante el proceso. En ese reparto cotidiano de responsabilidades se decide, en buena medida, quién se siente parte del futuro tecnológico.



