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Las aseguradoras afrontan el gran dilema de la inteligencia artificial: quién paga cuando falla

La inteligencia artificial está llamada a transformar el negocio asegurador, desde el cálculo de riesgos hasta la gestión de siniestros. Sin embargo, el avance tecnológico plantea una pregunta cada vez más difícil de responder: ¿quién debe asumir el coste cuando un sistema de IA se equivoca y provoca un daño?

El sector espera aumentar sus ingresos gracias a herramientas capaces de analizar grandes volúmenes de datos, detectar fraudes o personalizar pólizas. Pero la falta de criterios claros sobre la responsabilidad amenaza con convertir algunos errores algorítmicos en conflictos largos, caros y difíciles de resolver.

Un nuevo mapa de responsabilidades

En un accidente tradicional suele ser relativamente sencillo identificar al responsable: un conductor, una empresa, un fabricante o un profesional. Con la inteligencia artificial, la decisión puede depender de una cadena mucho más compleja, en la que intervienen desarrolladores, proveedores de datos, integradores tecnológicos, empresas usuarias y personas encargadas de supervisar el sistema.

Si un algoritmo rechaza de forma incorrecta una indemnización, clasifica mal el riesgo de un cliente o recomienda una actuación que termina causando daños, la responsabilidad puede repartirse entre varios participantes. Determinar qué parte contribuyó al error exige analizar el diseño del sistema, los datos utilizados, la configuración aplicada y el nivel de control humano existente.

Esta dificultad se agrava cuando la herramienta funciona como una caja negra. Aunque produzca un resultado aparentemente razonable, puede resultar complicado explicar por qué tomó una decisión concreta. Para una aseguradora, esa falta de trazabilidad dificulta tanto la valoración del siniestro como la defensa ante una reclamación.

La IA también es una oportunidad de negocio

El interés del sector no se limita a reducir costes. Las compañías quieren utilizar la IA para ofrecer productos más ajustados a cada perfil y anticiparse a determinados riesgos. En el automóvil, por ejemplo, los datos de conducción pueden ayudar a calcular primas más precisas. En el hogar, los dispositivos conectados permiten detectar fugas, incendios o intrusiones antes de que el daño sea mayor.

La tecnología también puede acelerar la tramitación de partes, automatizar tareas administrativas y detectar patrones asociados al fraude. En teoría, estas mejoras permitirían prestar un servicio más rápido y eficiente, además de diseñar coberturas para riesgos emergentes relacionados con la propia inteligencia artificial.

El problema es que el mismo sistema que permite anticipar un siniestro puede generar otro. Un modelo entrenado con datos incompletos puede discriminar a determinados clientes. Una herramienta mal supervisada puede recomendar reparaciones innecesarias. Y un sistema de ciberseguridad basado en IA puede no detectar un ataque novedoso o reaccionar de forma inadecuada.

Qué ocurre cuando el algoritmo comete un error

La primera cuestión para las aseguradoras será distinguir entre un fallo técnico, un uso incorrecto y una decisión empresarial mal planteada. No es lo mismo que un sistema se comporte de forma imprevisible que utilizarlo fuera del contexto para el que fue diseñado o ignorar las alertas de sus responsables.

Las pólizas actuales no siempre contemplan este tipo de escenarios. Algunas coberturas pueden incluir daños tecnológicos, interrupción de actividad o responsabilidad profesional, pero la aplicación concreta dependerá de las condiciones contratadas y de la relación entre las partes implicadas.

El debate afecta también a los propios seguros. Las compañías deberán decidir si cubren únicamente los daños directos provocados por un sistema de IA o si incluyen costes adicionales, como la retirada de un producto, la investigación del incidente, la pérdida de ingresos o el perjuicio reputacional.

Más controles y mejor documentación

Ante este escenario, los expertos del sector apuntan a la necesidad de reforzar la gobernanza de la inteligencia artificial. Las empresas que utilicen estos sistemas tendrán que documentar cómo funcionan, con qué datos se entrenan, quién valida sus resultados y qué mecanismos existen para corregir decisiones erróneas.

La supervisión humana seguirá siendo un elemento clave, especialmente en ámbitos con impacto económico o personal. No bastará con incorporar una cláusula que atribuya toda la responsabilidad al proveedor tecnológico. Los contratos deberán definir con precisión quién responde ante una incidencia, qué información debe conservarse y cómo se facilitará la investigación.

  • Auditorías periódicas de los modelos y de los datos empleados.
  • Registro de las decisiones automatizadas y de las intervenciones humanas.
  • Procedimientos para reclamar y revisar resultados incorrectos.
  • Reparto contractual de responsabilidades entre proveedores y usuarios.
  • Evaluación de los riesgos antes de poner un sistema en producción.

Un mercado todavía en construcción

La regulación europea de la inteligencia artificial introduce obligaciones de control, transparencia y gestión del riesgo, pero no elimina por sí sola todas las dudas sobre la responsabilidad civil. Cada siniestro puede depender de las circunstancias concretas, del tipo de sistema utilizado y del daño causado.

Por eso, el mercado asegurador trabaja en nuevas coberturas para riesgos algorítmicos, aunque todavía resulta difícil calcular su precio. Para fijar una prima hacen falta datos históricos fiables, y precisamente esos datos son escasos en una tecnología que evoluciona con rapidez.

La inteligencia artificial puede convertirse en una fuente de crecimiento para las aseguradoras, pero también obligará a revisar sus productos y procedimientos. El reto no consiste únicamente en asegurar la tecnología, sino en establecer un marco claro que determine quién responde, cuánto debe pagar y cómo se demuestra que el error era previsible.

Mientras esas reglas terminan de consolidarse, las compañías que combinen innovación con transparencia tendrán una ventaja decisiva. En la era de la IA, la confianza del cliente dependerá tanto de la precisión de los algoritmos como de la capacidad de la empresa para responder cuando estos fallen.

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