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Manuel Sans señala al estrés como un factor clave en más del 80% de las enfermedades

El cirujano español Manuel Sans ha puesto el foco en la relación entre la salud mental y la aparición o evolución de numerosas enfermedades. Según su planteamiento, más del 80% de los problemas de salud tendrían algún componente relacionado con la mente, especialmente con el estrés mantenido en el tiempo.

La afirmación sitúa la conexión entre cerebro, sistema nervioso y organismo en el centro del debate médico. Aunque el porcentaje debe interpretarse con cautela y no equivale a decir que todas las enfermedades tengan un origen psicológico, la evidencia científica sí reconoce que el estrés crónico puede influir en el sistema inmunitario, el metabolismo, el sueño y la salud cardiovascular.

El estrés sostenido altera la respuesta del organismo

Ante una situación de tensión, el cuerpo activa mecanismos de defensa destinados a responder con rapidez. Aumentan la frecuencia cardiaca y la presión arterial, se liberan hormonas como el cortisol y la atención se concentra en afrontar la amenaza.

Esta reacción es útil cuando se produce de forma puntual. El problema aparece cuando la presión se prolonga durante semanas o meses. En ese escenario, el organismo permanece en un estado de alerta que puede favorecer el agotamiento, las alteraciones del sueño, la irritabilidad y la dificultad para concentrarse.

Además, el estrés persistente puede modificar la respuesta inflamatoria y la actividad del sistema inmunitario. Esto no significa que sea la causa única de una infección, un cáncer o una enfermedad autoinmune, pero sí puede influir en la vulnerabilidad, en los síntomas y en la recuperación de algunas personas.

Una relación compleja entre mente y cuerpo

La medicina contempla cada vez más la interacción entre factores psicológicos, biológicos y sociales. La ansiedad, la tristeza prolongada, los conflictos laborales o familiares y la falta de descanso pueden afectar a la percepción del dolor y empeorar algunas patologías ya diagnosticadas.

Es frecuente observar esta conexión en trastornos como el síndrome del intestino irritable, las cefaleas, el dolor musculoesquelético, el insomnio o determinadas enfermedades dermatológicas. En estos casos, cuidar la salud mental puede contribuir a reducir la intensidad de los síntomas, aunque no sustituye al tratamiento médico indicado.

El vínculo también puede funcionar en sentido contrario. Vivir con dolor, recibir un diagnóstico complejo o afrontar una enfermedad crónica aumenta el riesgo de ansiedad y depresión. Por eso, una atención sanitaria completa debe valorar tanto los síntomas físicos como el estado emocional del paciente.

El porcentaje necesita contexto científico

La idea de que más del 80% de las enfermedades tienen un origen mental no debe entenderse como una clasificación médica universal. Las enfermedades suelen responder a una combinación de causas: predisposición genética, infecciones, hábitos de vida, edad, exposición ambiental y circunstancias psicológicas, entre otras.

Reducir un problema físico exclusivamente a la mente puede resultar contraproducente. Puede retrasar un diagnóstico, generar culpabilidad en el paciente o transmitir la impresión de que una persona enferma no se esfuerza lo suficiente por recuperarse. El estrés puede ser un factor de riesgo o agravamiento, pero no implica responsabilidad personal sobre la enfermedad.

La interpretación más ajustada es que la salud mental participa en numerosos procesos del organismo y debe integrarse en la prevención y el tratamiento. Esta perspectiva no enfrenta lo físico y lo psicológico, sino que los considera partes de una misma realidad clínica.

Cómo reducir el impacto del estrés

La gestión del estrés no consiste en eliminar todas las dificultades de la vida, sino en evitar que la tensión se convierta en un estado permanente. Mantener horarios regulares de sueño, realizar actividad física adaptada, cuidar la alimentación y reservar tiempo para el descanso puede ayudar a recuperar el equilibrio.

  • Identificar las situaciones que generan una presión constante.
  • Establecer pausas y límites en el trabajo y en el uso de dispositivos.
  • Mantener contacto con familiares, amistades o grupos de apoyo.
  • Practicar técnicas de respiración, relajación o atención plena.
  • Consultar con un profesional si la ansiedad o el insomnio persisten.

La ayuda médica o psicológica resulta especialmente importante cuando el estrés interfiere en la vida diaria, provoca crisis de ansiedad, altera de forma continuada el sueño o se acompaña de tristeza intensa. También conviene pedir valoración profesional ante síntomas físicos nuevos, persistentes o que empeoran.

Un enfoque integral para proteger la salud

La principal conclusión es que el bienestar emocional no debe considerarse un aspecto secundario. El estrés prolongado puede afectar al sistema inmunitario y a distintos órganos, pero su papel debe analizarse junto al resto de factores que intervienen en cada enfermedad.

Prevenir y tratar los problemas de salud mental, mejorar los hábitos y mantener un seguimiento médico adecuado permite abordar la enfermedad de una manera más completa. La conexión entre mente y cuerpo es real, aunque requiere una explicación rigurosa, individualizada y alejada de simplificaciones.

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