Publicidad

La operación Rufián-Podemos deja a ERC ante el espejo

La alianza política asociada a Gabriel Rufián y Podemos ha abierto una grieta en Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Entre sectores de la organización crece la percepción de que la estrategia seguida por la dirección ha terminado desplazando el debate político hacia el terreno de la exposición mediática, la confrontación permanente y las dinámicas propias de las redes sociales.

La crítica no se centra únicamente en el acuerdo o en la aproximación a Podemos. El malestar afecta, sobre todo, a la forma en la que se ha planteado la operación y a la impresión de que el proyecto republicano ha quedado subordinado a los tiempos, los mensajes y la personalidad de uno de sus principales rostros públicos.

Un movimiento que divide al partido

La convicción extendida entre cuadros, dirigentes y militantes es que ERC ha asumido un coste político elevado sin obtener, al menos por ahora, un beneficio claro. La operación pretendía reforzar la capacidad de influencia del espacio progresista, pero ha acabado generando dudas sobre la autonomía estratégica de la dirección republicana.

En el interior del partido se interpreta que la colaboración con Podemos podía servir para ampliar el campo electoral y consolidar una alternativa de izquierdas. Sin embargo, la gestión del movimiento ha alimentado la sensación contraria: que ERC se ha visto arrastrada a una dinámica ajena, marcada por la personalización y por la necesidad de reaccionar constantemente ante el ruido digital.

Ese diagnóstico resulta especialmente delicado para una formación con una tradición política y organizativa propia. Cuando una estructura partidaria percibe que sus decisiones responden más a la lógica de la popularidad inmediata que a una estrategia de fondo, la confianza interna empieza a resentirse.

El peso de la política convertida en espectáculo

Gabriel Rufián ha construido buena parte de su influencia pública sobre una comunicación directa, combativa y muy adaptada a las redes sociales. Ese estilo le ha permitido mantener una notable visibilidad y conectar con sectores que buscan mensajes rápidos, contundentes y fácilmente compartibles.

El problema aparece cuando esa capacidad comunicativa acaba ocupando el espacio reservado a la dirección política. La popularidad de un dirigente puede ser un activo electoral, pero también convertirse en una fuente de dependencia para la organización. El equilibrio entre liderazgo personal y proyecto colectivo resulta, en este caso, cada vez más difícil de sostener.

La política de redes premia la respuesta inmediata, la provocación y la simplificación del conflicto. Un partido, en cambio, necesita definir objetivos, establecer prioridades y mantener una línea reconocible incluso cuando el foco mediático se desplaza. La tensión entre ambos modelos está en el centro del debate interno de ERC.

ERC, entre la autonomía y la irrelevancia

La dirección republicana se enfrenta ahora a una disyuntiva compleja. Mantener la operación puede permitirle conservar presencia en un espacio político más amplio, pero también consolidar la imagen de una formación que actúa a remolque de otros actores. Romper o revisar el entendimiento, por el contrario, podría provocar nuevas críticas y evidenciar la falta de una hoja de ruta estable.

En este contexto, el riesgo no es únicamente electoral. También está en juego la autoridad de la dirección ante sus propias bases. Si los militantes concluyen que las decisiones estratégicas se adoptan para alimentar una dinámica de visibilidad personal, la discusión dejará de ser coyuntural y afectará a la identidad del partido.

ERC necesita demostrar que dispone de un proyecto reconocible y que sus alianzas responden a intereses políticos concretos, no a la suma de notoriedades individuales. La capacidad de negociar, influir y obtener resultados debe situarse por encima del impacto de una declaración o de una tendencia en internet.

El beneficio para Rufián

Mientras la dirección republicana asume el desgaste, Rufián mantiene una posición de centralidad. La polémica refuerza su perfil, le permite marcar el ritmo del debate y conserva su capacidad para atraer la atención pública. De ahí la conclusión que empieza a extenderse entre los sectores críticos: la operación puede estar beneficiando más al dirigente que al partido.

La cuestión de fondo no es si Rufián tiene capacidad para generar titulares. La tiene. La pregunta es si esa capacidad se traduce en fuerza institucional, respaldo territorial y resultados políticos duraderos. Sin esas garantías, la exposición pública corre el riesgo de convertirse en un sustituto de la estrategia.

Una crisis de método, no solo de nombres

El debate abierto en ERC trasciende la figura de Rufián y afecta al método con el que la organización pretende competir en un escenario político cada vez más fragmentado. La formación debe decidir si quiere ser un actor con voz propia o integrarse en una dinámica en la que otros fijan los temas, los tiempos y el marco de discusión.

La respuesta marcará su futuro inmediato. Si la operación Rufián-Podemos no se acompaña de objetivos verificables, coordinación política y una posición clara ante los electores, el coste interno puede aumentar. Y, en ese escenario, quienes terminarían ganando serían las figuras individuales, mientras el proyecto colectivo quedaría relegado a un segundo plano.

Artículo anteriorEl viaje de los Reyes a Ceuta y la difícil jugada con Marruecos
Artículo siguienteEspaña y Marruecos: la visita de Felipe VI reaviva la tensión