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Expertos latinoamericanos alertan del aumento de enfermedades relacionadas con la mala alimentación

Especialistas en nutrición de distintos países de América Latina han advertido sobre el avance de las enfermedades cardiovasculares, la diabetes y la obesidad asociado a unos hábitos alimentarios cada vez menos saludables. El consumo frecuente de productos ultraprocesados, bebidas azucaradas y alimentos con exceso de sal y grasas se sitúa entre los principales factores de riesgo.

La preocupación no se limita al aumento de peso. Una dieta desequilibrada puede favorecer la hipertensión arterial, elevar los niveles de colesterol y glucosa en sangre y aumentar la probabilidad de desarrollar enfermedades crónicas. Estas patologías requieren seguimiento médico durante años y pueden reducir de forma notable la calidad de vida.

Una transformación profunda de los hábitos alimentarios

Los expertos observan que en numerosos hogares han ganado terreno las comidas preparadas, los aperitivos industriales y las bebidas endulzadas. Son productos prácticos y, en muchos casos, económicos, pero suelen aportar una elevada cantidad de calorías, azúcares libres, sodio y grasas poco saludables.

Al mismo tiempo, ha disminuido el consumo habitual de alimentos frescos como frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales. Esta combinación, unida a un estilo de vida más sedentario, crea un entorno favorable para el aumento de la obesidad y de otros trastornos metabólicos.

La situación afecta tanto a adultos como a niños y adolescentes. La exposición temprana a productos con alta densidad calórica puede consolidar preferencias alimentarias difíciles de modificar y aumentar el riesgo de obesidad infantil, resistencia a la insulina y problemas cardiovasculares en etapas posteriores.

El vínculo entre alimentación, obesidad y diabetes

El exceso de peso es uno de los factores más relacionados con la aparición de diabetes tipo 2. Cuando el organismo acumula grasa, especialmente en la zona abdominal, puede responder peor a la insulina, la hormona que ayuda a controlar la glucosa. Con el tiempo, este desequilibrio puede desembocar en niveles elevados de azúcar en sangre.

La diabetes no controlada puede dañar los vasos sanguíneos, los riñones, los nervios y la retina. También incrementa el riesgo de infarto de miocardio y accidente cerebrovascular. Por este motivo, los especialistas insisten en que la prevención debe comenzar antes de que aparezcan los primeros síntomas, ya que la enfermedad puede evolucionar durante años sin señales evidentes.

Más riesgo cardiovascular por exceso de sal y grasas

El consumo elevado de sal favorece la hipertensión, uno de los principales factores de riesgo cardiovascular. Muchos productos procesados contienen grandes cantidades de sodio, incluso cuando no tienen un sabor especialmente salado. Revisar el etiquetado y reducir el uso de sal en la cocina puede contribuir a mejorar el control de la presión arterial.

También es importante limitar las grasas saturadas y evitar, en la medida de lo posible, las grasas trans. Sustituirlas por fuentes de grasas insaturadas, presentes en el aceite de oliva, el aguacate, los frutos secos y algunos pescados, ayuda a mantener un perfil lipídico más saludable dentro de una dieta equilibrada.

Medidas sencillas para mejorar la dieta

Los especialistas recomiendan recuperar una alimentación basada en productos frescos y poco procesados. No se trata de seguir dietas restrictivas, sino de establecer cambios sostenibles que puedan mantenerse a largo plazo.

  • Dar prioridad a frutas, verduras, legumbres y cereales integrales.
  • Consumir agua como bebida principal y reservar los refrescos para ocasiones puntuales.
  • Reducir los embutidos, la bollería industrial, los aperitivos y las comidas precocinadas.
  • Elegir pescado, huevos, legumbres y carnes magras como fuentes de proteínas.
  • Controlar el tamaño de las raciones y evitar comer de forma habitual delante de pantallas.
  • Incorporar actividad física regular y reducir el tiempo sentado.

La lectura del etiquetado nutricional puede ayudar a comparar productos y detectar aquellos con más azúcares, sal o grasas saturadas. Sin embargo, los profesionales recuerdan que la información individual no basta para resolver un problema que también está relacionado con los precios, la disponibilidad de alimentos, la publicidad y las condiciones sociales.

La prevención requiere políticas públicas

La respuesta a este desafío debe combinar la responsabilidad personal con medidas de salud pública. Los expertos consideran necesario mejorar la educación nutricional en las escuelas, facilitar el acceso a alimentos saludables y reforzar la regulación de la publicidad dirigida a menores.

También reclaman entornos que favorezcan la actividad física y campañas claras sobre los riesgos del consumo excesivo de azúcar, sal y productos ultraprocesados. La prevención, señalan, resulta más eficaz y menos costosa que tratar las complicaciones de enfermedades crónicas ya establecidas.

Ante la presencia de obesidad, hipertensión, alteraciones de la glucosa o antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular, se aconseja consultar con un profesional sanitario. Un diagnóstico temprano y un plan adaptado a cada persona pueden reducir riesgos y mejorar la salud a largo plazo.

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