La advertencia del antiguo JEMAD sobre la tecnología militar que España necesitará en 2035
En noviembre de 2021, el entonces jefe de Estado Mayor de la Defensa, Teodoro Esteban López, defendió que las Fuerzas Armadas españolas debían mantenerse en la vanguardia tecnológica para afrontar los retos militares previstos para 2035. Su planteamiento situaba la innovación y la modernización como elementos esenciales de la defensa nacional.
La idea central era clara: España no podía limitarse a conservar las capacidades existentes. Para hacer frente a posibles adversarios, las Fuerzas Armadas tenían que anticiparse a la evolución de la tecnología, adaptar sus estructuras y garantizar una ventaja operativa suficiente en escenarios cada vez más complejos.
Superioridad tecnológica como objetivo estratégico
El entonces JEMAD resumió esa prioridad en la necesidad de mantener la superioridad frente a los posibles adversarios. No se trataba únicamente de disponer de más equipos, sino de contar con sistemas capaces de ofrecer información, velocidad de respuesta y coordinación en el momento decisivo.
La transformación tecnológica de la defensa afecta a todos los niveles: desde la obtención de inteligencia hasta las comunicaciones, la logística y la toma de decisiones. En un entorno militar marcado por la automatización y la conectividad, la ventaja puede depender tanto de los datos como de las plataformas tradicionales.
Por ese motivo, la modernización de las Fuerzas Armadas exige una visión de largo plazo. Los programas de defensa necesitan años de planificación, desarrollo y puesta en servicio. Las decisiones adoptadas en el presente determinan las capacidades disponibles cuando cambien las amenazas.
Un horizonte marcado por nuevos desafíos
La referencia a 2035 reflejaba la necesidad de preparar la defensa española para un escenario distinto al actual. La evolución tecnológica puede transformar la forma de operar en tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio, con fronteras cada vez menos definidas entre los distintos dominios.
Las amenazas también pueden presentarse de forma híbrida. A las capacidades militares convencionales se suman la desinformación, los ataques contra infraestructuras críticas, el espionaje digital y las operaciones destinadas a interferir en las comunicaciones o en los sistemas de mando.
En ese contexto, la seguridad de las redes y la protección de la información adquieren una importancia equivalente a la de cualquier otro recurso militar. Una fuerza puede disponer de equipos avanzados, pero perder eficacia si sus sistemas son vulnerables o si no puede compartir información de forma segura.
La innovación necesita personal especializado
La tecnología, sin embargo, no funciona de manera independiente. Su incorporación requiere profesionales preparados, formación continua y una organización capaz de aprovechar las nuevas herramientas. La transformación digital de la defensa depende tanto de la inversión en equipos como del conocimiento necesario para utilizarlos.
El personal militar debe familiarizarse con sistemas cada vez más sofisticados y con procesos de trabajo basados en datos. Al mismo tiempo, las Fuerzas Armadas compiten con otros sectores por perfiles técnicos especializados en áreas como la inteligencia artificial, la ciberseguridad, las comunicaciones o la ingeniería.
Esta situación convierte la captación y la retención del talento en una cuestión estratégica. La disponibilidad de tecnología avanzada no garantiza por sí sola una ventaja si no existe una plantilla capaz de mantenerla, integrarla y emplearla en operaciones reales.
Prepararse antes de que llegue la amenaza
La principal lección del mensaje de 2021 es la importancia de anticiparse. La defensa no puede modernizarse únicamente cuando aparece una crisis o cuando una amenaza ya está plenamente consolidada. Los ciclos de desarrollo tecnológico y adquisición obligan a actuar con suficiente antelación.
También resulta esencial que las nuevas capacidades sean interoperables con los aliados. La cooperación internacional permite compartir información, coordinar operaciones y aprovechar estándares comunes, pero exige que los sistemas españoles puedan integrarse de forma eficaz en estructuras multinacionales.
La superioridad tecnológica, por tanto, no depende de una única adquisición ni de un solo programa. Es el resultado de una combinación de inversión sostenida, planificación, investigación, industria, formación y capacidad para adaptar las Fuerzas Armadas a un entorno cambiante.
Una advertencia que mantiene su vigencia
Años después, la reflexión del antiguo JEMAD conserva plena relevancia. El horizonte de 2035 obliga a tomar decisiones con una perspectiva amplia y a entender que la tecnología militar avanza al mismo ritmo que las amenazas que pretende contrarrestar.
Para España, el reto consiste en preservar unas Fuerzas Armadas preparadas, conectadas y capaces de responder ante escenarios convencionales y digitales. Mantenerse a la vanguardia tecnológica no es solo una cuestión de innovación: es una condición para proteger la autonomía operativa y la seguridad nacional.



