La crisis con China provocada por Mbappé ya la vivió la NBA
La polémica que ha situado a Kylian Mbappé en el centro del debate sobre China no es un fenómeno nuevo para el deporte profesional. La NBA ya sufrió en 2019 una de sus mayores crisis comerciales y diplomáticas después de que Daryl Morey, entonces director general de los Houston Rockets, publicara un mensaje de apoyo a las protestas prodemocráticas de Hong Kong.
Aquel episodio demostró hasta qué punto una opinión personal difundida en redes sociales puede poner en riesgo una relación económica construida durante décadas. La liga estadounidense tuvo que equilibrar su defensa de la libertad de expresión con la necesidad de proteger su presencia en uno de los mercados internacionales más importantes para el baloncesto.
Un mensaje que desencadenó la tormenta
En octubre de 2019, Morey compartió en redes sociales un mensaje en el que expresaba su respaldo a Hong Kong en plena oleada de protestas contra el Gobierno chino. La publicación apenas ocupaba unas palabras, pero provocó una reacción inmediata de las autoridades, las empresas y los aficionados del país asiático.
Morey era una figura muy respetada dentro de la NBA. Había sido una pieza clave en la construcción de los Rockets y contaba con una gran reputación por su trabajo en el análisis estadístico y la gestión deportiva. Sin embargo, su posición sobre un asunto considerado especialmente sensible por Pekín generó una crisis que trascendió por completo el ámbito deportivo.
Los Houston Rockets mantenían una relación histórica con China gracias a Yao Ming, el pívot que jugó en la franquicia entre 2002 y 2011. El exjugador se convirtió en un icono nacional y ayudó a convertir a Houston en uno de los equipos más populares del país. Esa conexión se deterioró de forma abrupta tras el mensaje de su antiguo dirigente.
La reacción de China y el coste comercial
Las consecuencias fueron rápidas. Varias empresas chinas rompieron o congelaron sus acuerdos con los Rockets, mientras que plataformas digitales y medios de comunicación dejaron de ofrecer contenidos relacionados con la franquicia. La televisión pública china también suspendió la emisión de partidos de la NBA durante un periodo especialmente delicado.
El problema no se limitó a Houston. La competición se encontraba en China para disputar partidos de pretemporada y había convertido el país en uno de sus principales objetivos de expansión. La NBA había desarrollado academias, acuerdos comerciales, retransmisiones y una potente estrategia de marketing alrededor de su creciente afición china.
De repente, una parte de esa estructura quedó en entredicho. La venta de productos oficiales se vio afectada, los patrocinadores tomaron distancia y la liga afrontó una importante pérdida de ingresos. El impacto económico exacto fue difícil de calcular, pero el propio comisionado Adam Silver reconoció que el conflicto podía costar cientos de millones de dólares.
La defensa de la libertad de expresión
La NBA trató inicialmente de contener el incendio con un mensaje ambiguo. Por un lado, lamentó las consecuencias que las palabras de Morey habían provocado en China. Por otro, insistió en que los jugadores, entrenadores y dirigentes tienen derecho a expresar sus opiniones, incluso cuando resultan incómodas para socios comerciales o gobiernos extranjeros.
Silver terminó reforzando públicamente esa segunda posición. El comisionado defendió que la liga no podía dictar a sus empleados qué debían pensar o publicar y asumió que esa postura tendría un precio. La NBA se vio así atrapada entre dos principios difíciles de conciliar: la libertad de expresión que forma parte de su identidad y la dependencia de un mercado estratégico.
La respuesta provocó críticas en varios frentes. En Estados Unidos, algunos sectores acusaron a la competición de mostrarse demasiado cautelosa ante China. En el país asiático, en cambio, las declaraciones de la NBA fueron consideradas insuficientes y ofensivas. El conflicto evidenció que cualquier intento de satisfacer a ambas partes podía terminar dejando insatisfechos a todos.
Una relación dañada, pero demasiado valiosa para desaparecer
Con el paso del tiempo, la tensión fue rebajándose, aunque la relación entre la NBA y China nunca volvió a ser exactamente la misma. La competición mantuvo su interés por el mercado asiático, pero el episodio obligó a revisar su estrategia y a asumir que la expansión internacional también implica riesgos políticos y reputacionales.
La crisis de 2019 dejó varias lecciones para el deporte global. La primera es que los grandes atletas y dirigentes ya no hablan únicamente ante aficionados: cada mensaje puede ser interpretado como una declaración institucional. La segunda, que los patrocinadores y los derechos audiovisuales pueden convertirse en herramientas de presión cuando surge un conflicto político.
El caso también demostró que la globalización del deporte tiene límites. La NBA había logrado construir una comunidad internacional alrededor del baloncesto, pero esa comunidad no comparte necesariamente los mismos valores políticos ni la misma sensibilidad ante determinados asuntos. Lo que en Estados Unidos se entiende como libertad de opinión puede percibirse en China como una intromisión inaceptable.
El precedente que vuelve a estar de actualidad
Por eso, cualquier polémica protagonizada ahora por una estrella mundial como Mbappé se analiza a la luz de lo ocurrido con Morey. La dimensión de las redes sociales, la presión de los mercados internacionales y el peso de las marcas han convertido las declaraciones de deportistas en un asunto empresarial de primer nivel.
La NBA aprendió en 2019 que una publicación aparentemente aislada puede poner en peligro contratos, retransmisiones y relaciones institucionales. También comprobó que renunciar a una posición por proteger los ingresos puede generar un coste reputacional todavía mayor.
El debate sigue abierto y afecta a todas las grandes competiciones. Cuando un deportista opina sobre un asunto político, ya no solo se evalúa el contenido de sus palabras. También se mide la reacción de los gobiernos, la respuesta de los patrocinadores y la capacidad de las organizaciones para defender sus principios sin perder su lugar en el mercado global.



