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Harari alerta de una crisis de confianza que empuja a la sociedad hacia los algoritmos

El historiador y ensayista Yuval Noah Harari ha advertido de que la sociedad atraviesa una preocupante crisis de confianza que está modificando la forma en la que las personas toman decisiones. Según su diagnóstico, el 70 % de la población ya muestra señales de desconfianza, una tendencia que puede acabar desplazando la relación entre seres humanos en favor de sistemas automatizados.

La expansión de la inteligencia artificial está acelerando este cambio. Cada vez más usuarios recurren a algoritmos para informarse, elegir productos, evaluar riesgos o decidir qué contenidos consumen. El problema, sostiene Harari, no es únicamente tecnológico: afecta a los vínculos sociales, a las instituciones y a la capacidad de las comunidades para ponerse de acuerdo.

De la confianza personal a la confianza tecnológica

Durante siglos, la confianza se ha construido a través de relaciones directas, normas compartidas y experiencias comunes. Una persona confiaba en un médico, un profesor, un periodista o una institución porque podía conocer sus criterios, valorar su trayectoria y exigirle responsabilidades.

Los sistemas de inteligencia artificial funcionan de otra manera. Ofrecen respuestas rápidas, aparentan objetividad y pueden analizar grandes volúmenes de información en cuestión de segundos. Esa eficiencia favorece que muchos ciudadanos acepten sus recomendaciones sin preguntarse siempre cómo se han obtenido ni quién responde por sus posibles errores.

El historiador resume esta transformación con una advertencia: estamos trasladando la confianza de las personas a los algoritmos. La comodidad de delegar decisiones puede resultar atractiva, pero también reduce la participación individual y debilita la responsabilidad compartida.

Una fractura social cada vez más visible

La alerta coincide con un informe internacional que apunta a una creciente división social. La desconfianza hacia los gobiernos, los medios de comunicación, las empresas y otras instituciones convive con una dependencia cada vez mayor de las plataformas digitales y de las herramientas automatizadas.

Esta contradicción tiene consecuencias. Los ciudadanos pueden dejar de creer en las explicaciones de expertos o representantes públicos y, al mismo tiempo, aceptar como válidas las respuestas generadas por un sistema cuyo funcionamiento desconocen. El resultado es una sociedad más vulnerable a la manipulación y a la difusión de información falsa.

La inteligencia artificial no necesita ser perfecta para influir en las decisiones. Basta con que parezca más neutral, rápida o competente que las personas que la utilizan. En ese contexto, una recomendación algorítmica puede adquirir más autoridad que una conversación, un debate público o una comprobación independiente.

El riesgo de delegar decisiones importantes

El traslado de la confianza hacia los algoritmos plantea riesgos especialmente relevantes en ámbitos como la educación, la sanidad, el empleo, las finanzas o la justicia. En todos ellos, una decisión aparentemente técnica puede afectar a derechos, oportunidades y condiciones de vida.

Los sistemas automatizados se entrenan con datos y criterios definidos por personas. Por tanto, no están libres de sesgos. Pueden reproducir desigualdades, cometer errores o dar respuestas convincentes sin disponer de una comprensión real del contexto. La velocidad de una herramienta no garantiza que su resultado sea correcto ni justo.

También existe un problema de transparencia. Cuando una plataforma no explica por qué recomienda un contenido, rechaza una solicitud o clasifica a un usuario de una determinada manera, resulta difícil detectar fallos y reclamar. La confianza tecnológica, si no va acompañada de supervisión, puede convertirse en una aceptación automática.

Recuperar el criterio humano

La advertencia de Harari no implica rechazar la inteligencia artificial. Estas herramientas pueden mejorar servicios, facilitar el acceso al conocimiento y ayudar a profesionales a analizar información compleja. La cuestión es establecer cuáles son sus límites y evitar que sustituyan por completo el juicio humano.

Para ello, será necesario reforzar la alfabetización digital y enseñar a los ciudadanos a interpretar las respuestas de los sistemas de IA. Comprender que un algoritmo puede equivocarse, ocultar sesgos o carecer de contexto es tan importante como conocer sus ventajas.

Las instituciones también tendrán que ofrecer más transparencia y mecanismos de control. Las personas deben saber cuándo interviene una inteligencia artificial, qué datos utiliza y quién asume la responsabilidad de sus decisiones. Sin estas garantías, la tecnología puede profundizar la desconfianza que pretende resolver.

El desafío, en última instancia, no consiste en elegir entre seres humanos y máquinas. Consiste en construir una relación equilibrada con la tecnología, en la que los algoritmos sean herramientas útiles y no autoridades incuestionables. Recuperar la confianza exigirá combinar innovación con criterio, supervisión y responsabilidad colectiva.

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