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José María Lassalle alerta del poder de las corporaciones ante el avance de la inteligencia artificial

El escritor y ensayista José María Lassalle advierte de que la inteligencia artificial no debe quedar exclusivamente en manos de las grandes corporaciones tecnológicas. En su análisis, el reto no consiste únicamente en desarrollar sistemas más rápidos y capaces, sino en decidir qué lugar ocuparán las personas dentro de una sociedad cada vez más automatizada.

Autor de Civilización artificial, Lassalle defiende una tecnología diseñada al servicio de la persona. Su propuesta sitúa la educación, los límites morales y la protección de la autenticidad creativa en el centro del debate sobre el futuro digital.

El transhumanismo como nueva ideología totalitaria

Una de sus principales advertencias se dirige contra el transhumanismo, una corriente que confía en superar las limitaciones biológicas mediante la tecnología. Para Lassalle, esta visión puede convertirse en una nueva ideología totalitaria si presenta la mejora técnica del ser humano como un destino inevitable y reduce la libertad individual a una cuestión de rendimiento.

El ensayista resume su preocupación con una afirmación contundente: el transhumanismo es la nueva ideología totalitaria. La crítica no se limita a los avances médicos o a las herramientas capaces de ampliar las capacidades humanas, sino al riesgo de construir una sociedad en la que solo tenga valor quien sea más productivo, eficiente o adaptable.

En ese escenario, la tecnología dejaría de ser un instrumento para convertirse en un criterio de organización social. La presión por mejorar de forma permanente podría afectar a la privacidad, la autonomía y hasta la percepción de lo que significa ser humano.

Una inteligencia artificial al servicio de la persona

El debate sobre la inteligencia artificial suele centrarse en su potencial económico. Automatización, nuevos modelos de negocio y aumento de la productividad ocupan buena parte de la conversación pública. Sin embargo, Lassalle reclama ampliar la mirada y preguntarse quién controla estas herramientas y con qué objetivos se desarrollan.

Las grandes compañías tecnológicas acumulan datos, capacidad de cálculo e influencia social. Esa concentración de poder puede condicionar las decisiones de ciudadanos, empresas e instituciones. Por ello, el diseño de la IA debería incorporar desde el principio criterios de responsabilidad, transparencia y respeto a la dignidad humana.

La cuestión no es frenar la innovación, sino evitar que el progreso técnico avance sin un marco político y moral capaz de proteger a las personas. La inteligencia artificial puede facilitar el acceso al conocimiento y mejorar numerosos servicios, pero también puede reforzar desigualdades si sus beneficios quedan limitados a una minoría.

Educación para comprender y decidir

Ante este cambio, la educación adquiere una función estratégica. No basta con aprender a utilizar aplicaciones basadas en IA o conocer el funcionamiento básico de un algoritmo. También resulta necesario formar ciudadanos capaces de interpretar sus efectos, detectar sesgos y decidir cuándo conviene aceptar una recomendación automatizada y cuándo es preferible cuestionarla.

Esta educación tecnológica debe estar vinculada a las humanidades. La historia, la filosofía, la literatura y el pensamiento crítico aportan herramientas para valorar las consecuencias de cada avance. Sin esa perspectiva, el debate corre el riesgo de quedar reducido a una competición entre productos y plataformas.

La alfabetización digital, por tanto, no puede limitarse a enseñar competencias técnicas. Debe ayudar a comprender cómo se recopilan los datos, cómo se toman las decisiones automatizadas y qué intereses económicos pueden encontrarse detrás de cada sistema.

La creatividad humana ante los contenidos generados por máquinas

Otro de los ámbitos afectados por la expansión de la IA es la creación cultural. Las herramientas capaces de generar textos, imágenes o música abren posibilidades inéditas, pero también plantean dudas sobre la autoría, el reconocimiento del trabajo y el valor de la experiencia personal.

Lassalle defiende la necesidad de preservar la autenticidad creativa. La producción automática puede imitar estilos y combinar grandes volúmenes de información, pero no sustituye necesariamente la memoria, la sensibilidad o la responsabilidad de quien crea una obra.

El desafío será encontrar un equilibrio entre el uso de estas tecnologías y la protección de quienes trabajan en la cultura. La innovación no debería servir para diluir la autoría ni para convertir la creación en un proceso opaco en el que resulte imposible saber quién ha producido, seleccionado o validado un contenido.

Un debate político y moral, no solo tecnológico

La reflexión de Lassalle plantea que el futuro de la inteligencia artificial no puede decidirse únicamente en los laboratorios ni en los consejos de administración. También requiere instituciones capaces de establecer límites, ciudadanos informados y empresas dispuestas a asumir responsabilidades.

La pregunta decisiva no es hasta dónde puede llegar la tecnología, sino qué sociedad se quiere construir con ella. Poner a la persona en el centro implica proteger su libertad, aceptar sus límites y garantizar que la innovación contribuya al bien común en lugar de imponer una única idea de progreso.

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