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140 menores y profesionales se forman en el buen uso de la tecnología

Un total de 140 menores y profesionales del ámbito de la infancia y la adolescencia participan en una iniciativa centrada en promover un uso más seguro, responsable y saludable de la tecnología. La propuesta pone el foco en la relación que niños, niñas y jóvenes mantienen con internet, las redes sociales y los dispositivos digitales.

La actividad aborda el impacto que tienen las herramientas tecnológicas en la vida cotidiana de los menores y plantea la necesidad de acompañarlos durante su aprendizaje digital. El objetivo es que puedan aprovechar las oportunidades que ofrece la tecnología sin quedar expuestos a riesgos evitables.

Educación digital para menores y adultos

El programa reúne a dos grupos esenciales para mejorar la convivencia digital: los propios menores y los profesionales que trabajan con ellos. Esta combinación permite analizar el uso de la tecnología desde perspectivas complementarias y reforzar la coordinación entre quienes educan, acompañan y protegen a la infancia.

La formación en competencias digitales ya no se limita a aprender a utilizar un teléfono móvil, una tableta o un ordenador. También implica comprender cómo funcionan las plataformas, qué información se comparte, cómo se construye la identidad digital y qué consecuencias pueden tener determinadas decisiones en internet.

En este contexto, el acompañamiento adulto resulta determinante. Familias, educadores, trabajadores sociales y otros profesionales necesitan herramientas para detectar señales de alerta, resolver dudas y establecer pautas realistas. La supervisión, explican los expertos en este ámbito, debe combinarse con diálogo, confianza y formación.

Privacidad, seguridad y bienestar digital

El buen uso de la tecnología engloba cuestiones como la protección de los datos personales, la gestión de las contraseñas, la configuración de la privacidad y la identificación de contenidos o contactos potencialmente peligrosos. También incluye la prevención frente al acoso digital, las estafas y otras formas de violencia que pueden trasladarse al entorno online.

Otro de los grandes retos es encontrar un equilibrio entre el tiempo de conexión y otras actividades necesarias para el desarrollo. El descanso, el estudio, el juego, las relaciones presenciales y la actividad física pueden verse afectados cuando el uso de las pantallas no cuenta con límites claros o se convierte en la principal fuente de entretenimiento.

Por este motivo, hablar de bienestar digital no consiste únicamente en reducir las horas frente a una pantalla. También requiere valorar qué contenidos se consumen, con quién se interactúa y cómo influye la experiencia digital en el estado de ánimo de cada menor.

Una responsabilidad compartida

La iniciativa parte de una idea clave: la seguridad en internet no depende exclusivamente de los menores. Las plataformas tecnológicas, las administraciones, los centros educativos, las familias y las entidades especializadas también tienen un papel relevante a la hora de crear entornos digitales más seguros.

Los niños, niñas y adolescentes necesitan conocer sus derechos y aprender a pedir ayuda cuando algo les incomoda o les preocupa. Para ello, es importante que dispongan de adultos de referencia capaces de escuchar sin culpabilizar y de actuar con rapidez ante situaciones de riesgo.

Del mismo modo, los profesionales que trabajan en el ámbito de la infancia deben actualizar sus conocimientos de manera continua. Las aplicaciones, las tendencias y las formas de comunicación cambian con rapidez, por lo que la prevención exige una formación adaptada a los hábitos digitales de cada generación.

El reto de acompañar, no solo controlar

La educación tecnológica plantea un desafío para las familias y los equipos profesionales: proteger a los menores sin convertir el control en la única estrategia. Revisar de forma constante los dispositivos o prohibir determinadas plataformas puede ofrecer una respuesta inmediata, pero no siempre prepara a los jóvenes para tomar decisiones cuando navegan por su cuenta.

El acompañamiento debe avanzar hacia un modelo basado en la conversación y la adquisición progresiva de autonomía. Establecer normas claras, explicar sus motivos y revisar los acuerdos a medida que el menor crece puede contribuir a crear hábitos más sostenibles.

También es recomendable que los adultos revisen sus propias costumbres. El ejemplo familiar y profesional influye en la forma en que los menores entienden la tecnología. La disponibilidad permanente, el uso del móvil durante las comidas o la dependencia de las notificaciones son conductas que pueden normalizarse sin que exista una reflexión previa.

Preparar a la infancia para el entorno digital

La participación de 140 menores y profesionales refleja la importancia de abordar el uso responsable de la tecnología desde una perspectiva educativa y preventiva. El objetivo no es alejar a la infancia de internet, sino proporcionar los conocimientos necesarios para que pueda utilizarlo con criterio.

En una sociedad cada vez más digitalizada, aprender a proteger la privacidad, identificar riesgos y cuidar la salud emocional forma parte de la educación básica. Iniciativas de este tipo contribuyen a que menores y adultos compartan un mismo lenguaje y puedan afrontar con más seguridad los desafíos de la vida online.

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