El mito de los nativos digitales: usar tecnología no significa entenderla
Crecer rodeados de móviles, redes sociales y plataformas digitales no convierte automáticamente a los jóvenes en expertos en tecnología. La familiaridad con las pantallas puede facilitar determinadas tareas, pero no garantiza que sepan buscar información fiable, proteger sus datos o utilizar herramientas digitales de forma crítica y eficaz.
Adriana Gewerc, catedrática emérita de la Universidade de Santiago de Compostela, cuestiona así una de las ideas más extendidas sobre las nuevas generaciones: que los llamados nativos digitales poseen, por el simple hecho de haber nacido en la era de internet, las competencias necesarias para desenvolverse en el entorno digital.
La realidad es más compleja. Manejar una aplicación, publicar contenido en redes sociales o cambiar la configuración de un dispositivo son habilidades concretas, pero no equivalen a comprender cómo funcionan las tecnologías ni a utilizarlas con autonomía, seguridad y criterio.
La diferencia entre uso y conocimiento
El acceso temprano a la tecnología suele generar soltura en determinadas acciones cotidianas. Los jóvenes pueden aprender rápidamente a utilizar una red social, editar un vídeo corto o comunicarse mediante una aplicación. Sin embargo, esa destreza práctica no siempre se traslada a otros ámbitos.
Un usuario puede desenvolverse con naturalidad en una plataforma y, al mismo tiempo, desconocer cómo se recopilan sus datos, por qué recibe ciertos contenidos o qué consecuencias tiene aceptar unas condiciones de uso. También puede tener dificultades para contrastar una noticia, reconocer una estafa o resolver un problema técnico fuera de su entorno habitual.
La catedrática resume esta confusión con una idea clave: estamos confundiendo uso con conocimiento. El tiempo que una persona pasa conectada tampoco sirve, por sí solo, para medir su competencia digital.
Qué implica realmente tener competencias digitales
Las competencias digitales abarcan mucho más que saber utilizar dispositivos. Incluyen localizar información, evaluar su calidad, crear contenidos, comunicarse de forma responsable y resolver problemas con herramientas tecnológicas.
- Alfabetización informacional: distinguir datos veraces de rumores, contenidos manipulados o desinformación.
- Seguridad y privacidad: proteger contraseñas, identificar fraudes y comprender qué información personal se comparte.
- Uso crítico: conocer cómo operan los algoritmos y analizar por qué aparecen determinados mensajes o recomendaciones.
- Creación de contenidos: producir textos, imágenes o vídeos respetando derechos de autor y normas de convivencia.
- Resolución de problemas: adaptarse a nuevas herramientas y encontrar soluciones sin depender siempre de otra persona.
Estas capacidades no aparecen de manera espontánea. Requieren aprendizaje, práctica y acompañamiento, igual que sucede con la lectura, la escritura o las matemáticas.
El papel de la escuela y las familias
La educación digital no debería limitarse a enseñar a utilizar un programa o a entregar dispositivos en el aula. El reto consiste en que el alumnado entienda las implicaciones sociales, económicas y personales de la tecnología.
Esto implica trabajar con ejemplos reales: analizar una noticia viral, revisar los permisos de una aplicación, identificar un intento de phishing o reflexionar sobre el impacto de publicar una imagen de otra persona. La tecnología debe convertirse en un objeto de análisis, no solo en una herramienta de consumo.
Las familias también tienen un papel relevante. Prohibir sin explicar puede resultar poco eficaz, especialmente cuando los menores acceden a internet desde distintos dispositivos. Es más útil establecer conversaciones sobre privacidad, reputación digital, exposición en redes y hábitos de conexión.
Más acompañamiento y menos etiquetas
La etiqueta de nativos digitales puede ocultar desigualdades importantes. No todos los jóvenes tienen el mismo acceso a dispositivos, conexión, formación o apoyo familiar. Tampoco utilizan la tecnología con los mismos objetivos ni parten de las mismas condiciones.
Dar por hecho que todos saben desenvolverse en internet puede dejar sin ayuda precisamente a quienes más la necesitan. Además, puede llevar a los adultos a renunciar a su responsabilidad educativa bajo la idea de que las nuevas generaciones saben más que ellos por naturaleza.
La experiencia generacional influye, pero no determina las capacidades. Un adolescente puede conocer mejor las dinámicas de una red social, mientras que un adulto puede tener más recursos para evaluar una fuente, gestionar información o entender los riesgos legales de una publicación.
Una competencia necesaria para toda la sociedad
La transformación digital afecta al estudio, el empleo, la banca, la sanidad y las relaciones personales. Por eso, aprender a utilizar la tecnología de manera crítica no es una habilidad exclusiva de los jóvenes, sino una necesidad para toda la ciudadanía.
Superar el mito de los nativos digitales permite plantear el debate con mayor realismo. El objetivo no debería ser que los jóvenes pasen más tiempo conectados ni que manejen más aplicaciones, sino que comprendan las herramientas que utilizan y puedan tomar decisiones informadas.
En definitiva, saber deslizar el dedo por una pantalla no garantiza saber moverse por el mundo digital. La verdadera competencia consiste en entender qué ocurre al otro lado, protegerse frente a sus riesgos y aprovechar sus posibilidades con autonomía y responsabilidad.


