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Los mayores de 65 años todavía recelan de la inteligencia artificial para resolver dudas de salud

La inteligencia artificial avanza en numerosos ámbitos de la vida cotidiana, pero su entrada en el terreno de la salud sigue siendo limitada entre las personas mayores. Solo el 6,2% de los mayores de 65 años recurre a herramientas de inteligencia artificial para realizar consultas relacionadas con su salud, una cifra que refleja la distancia entre esta tecnología y uno de los colectivos que más puede necesitar información sanitaria clara y accesible.

El dato evidencia que los asistentes basados en IA aún no se han convertido en una opción habitual para este grupo de población. Frente a la expansión de los chatbots, los buscadores con respuestas generadas y otras aplicaciones capaces de interpretar preguntas médicas, la mayoría de los mayores continúa optando por canales más tradicionales.

La confianza, un factor decisivo

Las dudas sobre la fiabilidad de las respuestas pueden explicar parte de esta prudencia. Cuando una persona pregunta por síntomas, tratamientos o posibles efectos secundarios, necesita tener la seguridad de que la información es rigurosa y está adaptada a su situación. Sin embargo, una herramienta de inteligencia artificial puede ofrecer una respuesta convincente aunque no siempre sea exacta, completa o adecuada para cada paciente.

En cuestiones de salud, ese margen de error adquiere una importancia especial. Una respuesta generada automáticamente no sustituye la valoración de un médico, la revisión de la historia clínica ni las pruebas necesarias para alcanzar un diagnóstico. Además, una aplicación no siempre dispone de todos los datos relevantes, como enfermedades previas, alergias, medicación habitual o evolución de los síntomas.

Por este motivo, la cautela de los mayores no debe interpretarse únicamente como rechazo a la innovación. También puede reflejar una actitud responsable ante una tecnología que todavía plantea preguntas sobre su precisión, su funcionamiento y la protección de los datos personales.

Una tecnología menos accesible para parte de la población

El uso de la inteligencia artificial exige, en muchos casos, contar con un dispositivo conectado a internet, identificar la herramienta adecuada y saber formular una consulta concreta. Estos pasos pueden resultar sencillos para los usuarios habituados a las nuevas tecnologías, pero no necesariamente para quienes han incorporado internet y los teléfonos inteligentes en etapas más avanzadas de su vida.

La llamada brecha digital no se limita a disponer o no de conexión. También incluye la confianza para utilizar servicios digitales, la capacidad para distinguir una fuente fiable de otra y la posibilidad de comprender los límites de una respuesta automática. En el ámbito sanitario, estas dificultades pueden aumentar si la información aparece con un lenguaje técnico o si la aplicación no ofrece una explicación clara sobre el origen de sus respuestas.

A ello se suma la preocupación por la privacidad. Las consultas sobre salud pueden incluir datos especialmente sensibles. Antes de introducir información sobre síntomas, diagnósticos o tratamientos, es importante conocer qué entidad gestiona la herramienta, cómo almacena los datos y con qué finalidad puede utilizarlos.

La IA puede informar, pero no diagnosticar

Las herramientas de inteligencia artificial pueden ser útiles para explicar términos médicos, preparar preguntas para una cita, resumir información proporcionada por un profesional o encontrar recursos sanitarios. También pueden ayudar a organizar dudas y a presentar contenidos en un lenguaje más sencillo, siempre que se utilicen como apoyo y no como sustituto de la atención médica.

Su función debería quedar claramente delimitada. Ante síntomas intensos, repentinos o que empeoran, la opción adecuada es contactar con un profesional sanitario o con los servicios de emergencia cuando sea necesario. Retrasar una consulta por confiar en una respuesta automática puede tener consecuencias, especialmente en personas con enfermedades crónicas o que toman varios medicamentos.

También conviene desconfiar de las aplicaciones que prometen diagnósticos definitivos, garantizan resultados o recomiendan modificar un tratamiento sin supervisión médica. Ningún sistema conversacional debería indicar al usuario que abandone una medicación, altere sus dosis o descarte una consulta basándose únicamente en una interacción digital.

Cómo facilitar un uso seguro entre los mayores

Para que la inteligencia artificial pueda resultar realmente útil a las personas mayores, será necesario acompañar su desarrollo con formación y orientación. Las explicaciones deben utilizar un lenguaje comprensible, indicar las limitaciones del sistema y recordar de forma visible que la información no reemplaza el consejo de un profesional.

  • Utilizar servicios conocidos y revisar quién los desarrolla o respalda.
  • No introducir datos personales innecesarios ni información clínica que permita identificar al usuario.
  • Contrastar las respuestas con fuentes sanitarias oficiales y profesionales cualificados.
  • No cambiar tratamientos ni tomar decisiones urgentes basándose solo en la IA.
  • Pedir ayuda a familiares, cuidadores o personal sanitario cuando existan dudas sobre el funcionamiento de la herramienta.

El reducido porcentaje de usuarios mayores de 65 años muestra que la adopción de la inteligencia artificial en salud todavía está en una fase inicial. Para aumentar la confianza no bastará con hacer estas herramientas más potentes: también tendrán que ser más transparentes, fáciles de usar y respetuosas con la privacidad.

La tecnología puede convertirse en un recurso de apoyo, pero su valor dependerá de que se integre en un modelo de atención en el que la última palabra siga correspondiendo a los profesionales sanitarios y al propio paciente, con información suficiente para tomar decisiones seguras.

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