España puede responder por sí misma ante determinadas amenazas, según el entonces JEMAD
El almirante general Teodoro López Calderón defendió en diciembre de 2021 que España dispone de una capacidad razonable de defensa autónoma. La valoración, realizada cuando ocupaba el cargo de jefe de Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), planteaba que las Fuerzas Armadas pueden afrontar individualmente determinados escenarios sin romper con sus compromisos internacionales.
La idea no implica que España pueda actuar al margen de sus aliados ni que aspire a desarrollar una autosuficiencia militar absoluta. El planteamiento se refiere a la posibilidad de responder con medios propios ante amenazas concretas, mantener la continuidad de las operaciones y tomar decisiones nacionales cuando la situación lo requiera.
Una autonomía basada también en la tecnología
La capacidad de defensa autónoma no depende únicamente del número de efectivos o de la disponibilidad de plataformas militares. También está estrechamente relacionada con la tecnología: sensores, comunicaciones seguras, sistemas de mando y control, inteligencia, ciberdefensa y herramientas capaces de integrar información en tiempo real.
En un escenario de crisis, disponer de datos fiables y compartirlos con rapidez puede ser tan importante como contar con aviones, buques o vehículos terrestres. La superioridad tecnológica permite detectar antes una amenaza, evaluar sus consecuencias y coordinar una respuesta proporcionada.
España cuenta con una base industrial y tecnológica de defensa capaz de participar en programas nacionales e internacionales. Empresas españolas intervienen en ámbitos como la aeronáutica, la electrónica, los sistemas navales, las comunicaciones militares y la seguridad digital. Esta industria contribuye a reducir dependencias críticas y a sostener las capacidades de las Fuerzas Armadas durante todo el ciclo de vida de los equipos.
La autonomía no equivale a independencia total
El concepto de defensa autónoma debe interpretarse con cautela. Ningún país europeo dispone por sí solo de todas las capacidades necesarias para responder a cualquier amenaza, especialmente ante conflictos de alta intensidad o escenarios que exigen grandes volúmenes de inteligencia, logística y munición.
Por eso, la posición defendida por López Calderón era compatible con la pertenencia de España a la OTAN y con su participación en estructuras multinacionales. La Alianza permite compartir información, planificar operaciones conjuntas y acceder a capacidades que ningún Estado miembro tendría que mantener de manera aislada.
La cooperación, sin embargo, no elimina la necesidad de contar con medios nacionales. Una fuerza armada que dependa por completo de terceros puede tener dificultades para reaccionar con rapidez si sus aliados están atendiendo otras crisis o si existen restricciones políticas y logísticas.
Comunicaciones, datos y ciberseguridad
Entre los elementos más relevantes para la autonomía militar se encuentran las redes de comunicaciones resistentes y protegidas. Estas infraestructuras deben seguir funcionando incluso bajo ataques electrónicos, interferencias o intentos de intrusión.
La ciberdefensa ocupa un lugar central en este modelo. Una campaña contra España podría comenzar con ataques dirigidos a redes militares, infraestructuras críticas, administraciones públicas o empresas estratégicas. La respuesta exige capacidades para prevenir, detectar y contener incidentes, además de recuperar los sistemas afectados.
También resulta decisiva la gestión de la información. La integración de datos procedentes de satélites, radares, aeronaves, buques y unidades desplegadas permite construir una imagen común del escenario operativo. Sobre esa base, los mandos pueden decidir con mayor rapidez y reducir el riesgo de errores.
El reto de mantener las capacidades
Disponer de tecnología avanzada no basta. Los sistemas deben actualizarse, recibir mantenimiento y contar con personal especializado. La evolución de la inteligencia artificial, los drones, la guerra electrónica y las amenazas digitales obliga a revisar de forma constante los procedimientos de defensa.
La autonomía también depende de la capacidad industrial para fabricar repuestos, producir munición, reparar equipos y garantizar suministros en periodos prolongados. Las interrupciones en las cadenas globales han demostrado que la seguridad tecnológica está vinculada a la disponibilidad de componentes, materias primas y conocimiento especializado.
En este contexto, la planificación de la defensa debe combinar inversión, innovación y cooperación internacional. España puede desarrollar soluciones propias en áreas estratégicas y, al mismo tiempo, participar en proyectos europeos que permitan compartir costes, tecnología y capacidades.
Una capacidad orientada a escenarios concretos
La valoración del entonces JEMAD se refería, por tanto, a una autonomía práctica y limitada a determinadas amenazas, no a una independencia militar completa. España puede responder con sus propios recursos en algunos escenarios, mientras que para otros necesita activar la cooperación con la OTAN y sus socios europeos.
La tecnología es uno de los pilares que hacen posible ese equilibrio. Contar con sistemas interoperables, comunicaciones seguras, industria nacional y personal formado permite actuar con mayor margen de decisión, sin renunciar a las ventajas de la defensa colectiva.



