Publicidad

Tecnología y personas mayores: cómo evitar que la digitalización se convierta en una barrera

La digitalización ha simplificado numerosas tareas cotidianas, desde consultar una cuenta bancaria hasta pedir una cita médica. Sin embargo, cuando estos servicios se trasladan casi por completo al móvil o a internet, una parte de la población puede quedar al margen. Las personas mayores no necesitan menos tecnología, sino soluciones más accesibles, acompañamiento y alternativas reales para utilizarlas con seguridad.

El problema no está únicamente relacionado con la edad. También influyen la experiencia previa, el nivel de ingresos, la conectividad, las capacidades físicas o cognitivas y la forma en la que se diseñan las aplicaciones y las páginas web. Una sociedad digitalmente inclusiva debe tener en cuenta esa diversidad y evitar que una gestión básica dependa de superar varios obstáculos tecnológicos.

Cuando una gestión sencilla se convierte en un laberinto

Solicitar un turno médico, renovar una receta, descargar un certificado o realizar una transferencia bancaria puede exigir hoy disponer de un teléfono inteligente, una dirección de correo electrónico y cierta familiaridad con contraseñas, códigos de verificación y aplicaciones específicas.

Para muchas personas mayores, la dificultad no se limita a pulsar una opción concreta. El proceso puede complicarse por el tamaño reducido de los textos, los menús poco intuitivos, los mensajes técnicos o la obligación de cambiar de aplicación para completar una operación. A ello se suma el temor a cometer un error irreversible o a ser víctima de un fraude.

Cuando no existe una vía presencial o telefónica eficaz, la persona queda obligada a pedir ayuda a familiares, amistades o empleados de una entidad. Esta dependencia puede afectar a su autonomía y, en algunos casos, exponer datos personales o financieros que deberían permanecer bajo su control.

La brecha digital tiene varias dimensiones

Hablar de brecha digital no significa referirse únicamente a quienes tienen o no conexión a internet. También hay una brecha de uso, relacionada con la capacidad para desenvolverse en entornos digitales, y una brecha de calidad, que afecta a quienes cuentan con dispositivos antiguos, conexiones inestables o tarifas limitadas.

Además, no todas las personas mayores forman un grupo homogéneo. Algunas utilizan a diario videollamadas, banca electrónica y redes sociales, mientras que otras apenas han tenido contacto con un ordenador. Incluso quienes manejan con soltura un servicio pueden encontrar dificultades al enfrentarse a una plataforma nueva o a un rediseño inesperado.

Por este motivo, atribuir las dificultades exclusivamente a la edad puede ocultar responsabilidades. Si una aplicación no ofrece instrucciones claras, no permite ampliar el texto o cierra una sesión sin explicar el motivo, el problema también está en su diseño.

Diseñar pensando en todas las personas

La accesibilidad debe incorporarse desde el inicio del desarrollo de un producto digital, no como una modificación posterior. Una interfaz clara, con pasos visibles y lenguaje comprensible, beneficia a las personas mayores, pero también a quienes tienen poca experiencia tecnológica, dificultades visuales o se encuentran en una situación de estrés.

  • Utilizar tipografías legibles, buen contraste y botones suficientemente grandes.
  • Explicar cada paso con un lenguaje directo, sin tecnicismos innecesarios.
  • Evitar procesos excesivamente largos y ofrecer indicaciones cuando se produce un error.
  • Permitir que la persona revise los datos antes de confirmar una operación.
  • Garantizar compatibilidad con lectores de pantalla y otras herramientas de accesibilidad.
  • Mantener canales presenciales y telefónicos para las gestiones esenciales.

También es importante que las empresas y las administraciones realicen pruebas con usuarios de distintas edades y niveles de experiencia. La accesibilidad no se puede evaluar únicamente desde un despacho: requiere observar cómo utilizan las herramientas las personas en situaciones reales.

Formación y acompañamiento, más allá de los cursos básicos

La capacitación digital puede marcar una diferencia decisiva, siempre que se adapte a las necesidades de cada persona. Las sesiones prácticas sobre banca electrónica, citas médicas, mensajería o identificación digital suelen ser más útiles que las explicaciones generales sobre internet.

Estos programas deben impartirse a un ritmo tranquilo y en espacios de confianza, como bibliotecas, centros de mayores, asociaciones vecinales o servicios municipales. Conviene enseñar también hábitos de seguridad: no compartir códigos, comprobar la dirección de una página, desconfiar de mensajes urgentes y pedir ayuda antes de abrir enlaces sospechosos.

El apoyo familiar puede ser valioso, aunque debería centrarse en acompañar y enseñar, no en sustituir permanentemente a la persona. Configurar un teléfono con accesos sencillos, activar funciones de accesibilidad y establecer contactos de confianza son medidas útiles para reforzar la autonomía sin renunciar a la protección.

Una inclusión digital con opciones para elegir

La tecnología puede mejorar la calidad de vida de las personas mayores, facilitar el contacto con familiares y ampliar el acceso a servicios. Pero sus beneficios solo se reparten de forma justa cuando nadie está obligado a utilizarla sin apoyo o cuando una incidencia técnica impide resolver una necesidad básica.

La inclusión digital exige combinar innovación, accesibilidad y atención humana. Mantener alternativas no digitales no supone frenar el progreso, sino garantizar derechos. Una sociedad verdaderamente conectada será aquella en la que las herramientas digitales amplíen las posibilidades de las personas mayores, en lugar de convertirse en un requisito que limite su independencia.

Artículo anteriorPVEM respalda unir la inteligencia de Guardia Nacional y CNI
Artículo siguienteBronny James explota tras su envío con 22 puntos en la G League