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El bloqueo de Ormuz vuelve a tensionar el precio del combustible en España

La crisis en el estrecho de Ormuz vuelve a poner el mercado energético bajo presión y amenaza con encarecer la gasolina y el diésel en España. Aunque las compras españolas de crudo procedente de Oriente Próximo descendieron en julio, la cotización internacional del petróleo continúa trasladando la incertidumbre a los surtidores.

El episodio reabre, además, un debate que va más allá de la evolución semanal del precio del barril: hasta qué punto la electrificación del transporte puede reducir la exposición de los hogares y las empresas a las crisis geopolíticas.

Una ruta estratégica para el petróleo mundial

El estrecho de Ormuz es uno de los principales puntos de paso del comercio energético internacional. Por esta vía transitan diariamente grandes volúmenes de crudo y productos derivados procedentes de países del Golfo Pérsico, como Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irán.

Cualquier bloqueo, amenaza militar o restricción al tráfico marítimo provoca una reacción inmediata en los mercados. Aunque España no dependa exclusivamente de esa ruta, el precio del petróleo se fija en un mercado global. Por ello, una interrupción del suministro en Oriente Próximo puede afectar a países que reciben barriles de otras regiones.

El temor a una escasez futura basta para elevar las cotizaciones. Las compañías energéticas, las refinerías y los operadores financieros incorporan al precio la posibilidad de que el transporte sea más caro, de que aumenten los seguros marítimos o de que se reduzca la oferta disponible.

Menos crudo de Oriente Próximo, pero mayor exposición al mercado

Los datos de julio muestran una caída de las compras españolas de crudo procedente de Oriente Próximo. Este descenso limita la dependencia directa de la zona, pero no elimina la exposición de España a las fluctuaciones internacionales.

La razón es sencilla: el petróleo se comercializa en un mercado interconectado. Si suben las referencias internacionales, el coste de importar, refinar y distribuir carburantes también tiende a aumentar, con independencia del país de origen de cada cargamento.

El efecto no siempre llega al surtidor de forma inmediata ni se traslada en la misma proporción. Influyen el tipo de cambio entre el euro y el dólar, los márgenes de las compañías, los impuestos y la evolución de la demanda. Aun así, una crisis prolongada en Ormuz puede terminar afectando a conductores, transportistas y empresas con flotas de vehículos.

La advertencia sobre las nuevas dependencias

Para Mauro Ferrándiz, experto en energía, el problema no se resuelve sustituyendo un proveedor por otro sin cambiar el modelo de fondo. Su advertencia es clara: cambiar una dependencia fósil por otra no es seguridad.

La reflexión apunta a un riesgo cada vez más relevante para la transición energética. La reducción del uso del petróleo puede disminuir la vulnerabilidad ante las crisis del crudo, pero una electrificación basada en una única tecnología, un reducido grupo de proveedores o determinadas materias primas también puede generar nuevas dependencias.

La seguridad energética exige, por tanto, diversificar. No solo las fuentes de energía, sino también los países proveedores, las rutas de transporte, las tecnologías industriales y la capacidad de producción nacional o europea.

El coche eléctrico vuelve al centro del debate

La tensión en el mercado petrolero vuelve a impulsar la conversación sobre el coche eléctrico. Los vehículos eléctricos no utilizan gasolina ni diésel y, en consecuencia, reducen la exposición directa de sus usuarios a las variaciones del precio del barril.

Su ventaja es más evidente cuando la electricidad procede de fuentes renovables y cuando existe una red de recarga amplia y competitiva. En ese escenario, parte del coste energético del transporte queda desvinculado de las rutas marítimas por las que circula el petróleo.

Sin embargo, la electrificación no elimina todos los riesgos. La fabricación de baterías depende de minerales como el litio, el níquel, el cobalto o el grafito, cuya extracción y transformación se concentran en determinados mercados. También resulta decisivo disponer de una industria europea capaz de fabricar vehículos, baterías y componentes estratégicos.

Por eso, la transición no consiste únicamente en sustituir motores de combustión por motores eléctricos. Requiere reforzar las redes, almacenar energía, impulsar el transporte público y reducir la dependencia de cualquier proveedor dominante.

Una crisis con impacto más allá de las gasolineras

Si la tensión en Ormuz se mantiene, el encarecimiento de los combustibles podría extenderse a otros sectores de la economía. El transporte de mercancías, la aviación, la agricultura y la industria utilizan derivados del petróleo o dependen de ellos para mover sus productos.

El impacto final dependerá de la duración del bloqueo, de la respuesta de los países productores y de la capacidad de los mercados para encontrar rutas y suministros alternativos. Mientras tanto, España afronta el episodio con una exposición menor a las importaciones directas de Oriente Próximo, pero todavía condicionada por el precio global del crudo.

La crisis vuelve a demostrar que la independencia energética no se mide solo por el origen de un cargamento. También depende de la capacidad para consumir menos, diversificar fuentes y construir un sistema energético menos vulnerable a los conflictos internacionales.

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