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ICE emplea tecnología de Palantir para vigilar a manifestantes en Estados Unidos

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE, está utilizando herramientas tecnológicas asociadas a Palantir para recopilar información sobre personas que participan en manifestaciones. Las prácticas documentadas incluyen la obtención discreta de fotografías, el registro de matrículas y el uso de sistemas de reconocimiento facial.

La utilización de estas capacidades plantea dudas sobre los límites de la vigilancia policial, la protección de la privacidad y el control judicial de las investigaciones. También cuestiona hasta qué punto las autoridades pueden monitorizar protestas públicas sin informar a los ciudadanos ni justificar de forma clara la base legal de esas actuaciones.

Fotografías, matrículas y reconocimiento facial

Entre los métodos señalados figura la recopilación de imágenes de manifestantes sin que estos tengan constancia de que están siendo identificados. Las fotografías pueden combinarse con otros datos para determinar quién estuvo presente en una protesta, con qué vehículos llegó o si aparece relacionado con otros acontecimientos.

El seguimiento de matrículas permite, además, reconstruir desplazamientos y establecer vínculos entre personas, lugares y fechas. Aunque una matrícula sea visible en la vía pública, su almacenamiento y análisis sistemático pueden generar perfiles detallados sobre los movimientos de los ciudadanos.

El reconocimiento facial añade una capa de riesgo adicional. Esta tecnología puede comparar los rostros captados en imágenes con bases de datos existentes y sugerir posibles identidades. Sin embargo, sus resultados no son infalibles y pueden verse afectados por la calidad de las fotografías, la iluminación o los sesgos presentes en los sistemas de entrenamiento.

El papel de Palantir en el análisis de datos

Palantir desarrolla plataformas destinadas a integrar grandes volúmenes de información procedentes de fuentes distintas. Sus herramientas pueden ayudar a organizar datos, visualizar relaciones y detectar patrones que, de otro modo, resultarían difíciles de identificar.

En el ámbito de la seguridad y la Administración pública, este tipo de tecnología puede utilizarse para cruzar registros, imágenes, ubicaciones y otros indicadores. El problema no reside únicamente en la capacidad de recopilar datos, sino también en la facilidad con la que pueden combinarse para crear perfiles sobre individuos y colectivos.

Cuando estas herramientas se aplican a manifestaciones, el riesgo afecta a personas que ejercen derechos fundamentales, como la libertad de expresión y de reunión. La posibilidad de ser identificados o incluidos en una base de datos puede disuadir a algunos ciudadanos de acudir a una protesta, incluso aunque no hayan cometido ninguna infracción.

Falta de transparencia y control independiente

La principal preocupación se centra en la ausencia de una explicación pública y verificable sobre los criterios utilizados por ICE. No basta con que una agencia disponga de acceso técnico a determinadas capacidades: debe aclarar qué datos recoge, durante cuánto tiempo los conserva, quién puede consultarlos y en qué circunstancias se comparten.

También resulta esencial conocer si existe una orden judicial, una autorización administrativa específica o un protocolo que limite el uso de estas tecnologías. Sin controles independientes, la vigilancia puede ampliarse progresivamente hasta abarcar a personas que no están relacionadas con una investigación concreta.

La transparencia debería incluir auditorías, mecanismos para corregir identificaciones erróneas y procedimientos para eliminar información recopilada de forma indebida. Asimismo, los ciudadanos deberían poder saber si sus datos han sido utilizados y disponer de vías efectivas para impugnar decisiones basadas en sistemas automatizados.

Un debate que va más allá de ICE

El caso vuelve a poner sobre la mesa el uso de inteligencia artificial y análisis masivo de datos por parte de los cuerpos de seguridad. La tecnología puede mejorar determinadas investigaciones, pero su despliegue sin límites claros transforma espacios públicos y actividades legítimas en fuentes permanentes de información personal.

La cuestión no es solo qué puede hacer una plataforma como Palantir, sino quién decide cuándo puede utilizarse y bajo qué garantías. La supervisión parlamentaria, los tribunales y los organismos independientes de protección de datos tienen un papel decisivo para evitar que la innovación tecnológica avance más rápido que los derechos fundamentales.

Mientras no exista una justificación legal transparente y accesible, la vigilancia de manifestantes seguirá alimentando la preocupación por el uso de herramientas de reconocimiento facial, la conservación de imágenes y el seguimiento de vehículos. La protección de la seguridad pública, sostienen los expertos en privacidad, debe mantenerse dentro de límites proporcionales, verificables y compatibles con una sociedad democrática.

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