Cáncer, Parkinson y problemas cardíacos: las enfermedades que han marcado la salud de varios papas
La salud de los papas ha estado durante siglos rodeada de discreción. Aunque el pontífice desempeña una función pública de enorme relevancia, sus diagnósticos, tratamientos y limitaciones físicas no siempre se han comunicado con detalle. El cáncer, las enfermedades neurodegenerativas, los problemas cardiovasculares y las complicaciones respiratorias aparecen, sin embargo, en la historia clínica de varios líderes de la Iglesia católica.
La evolución de la medicina y la presión informativa han cambiado esta realidad. En las últimas décadas, el Vaticano ha difundido partes médicos con mayor frecuencia, especialmente cuando una hospitalización o una intervención quirúrgica podía afectar a la agenda del papa. Aun así, la información continúa siendo selectiva y no siempre permite conocer el alcance exacto de una enfermedad.
Juan XXIII y el cáncer de estómago
Angelo Giuseppe Roncalli, conocido como Juan XXIII, fue diagnosticado con un cáncer de estómago durante los últimos años de su pontificado. El tumor condicionó progresivamente su estado general y redujo su capacidad para mantener el intenso ritmo de trabajo que había caracterizado su mandato.
El papa falleció en 1963, a los 81 años. En aquella época, las opciones quirúrgicas y los tratamientos oncológicos eran mucho más limitados que en la actualidad. Su enfermedad se comunicó con prudencia, en un contexto en el que los detalles sobre la salud de los pontífices se reservaban habitualmente al círculo más cercano.
Juan Pablo II: Parkinson y un deterioro visible
Uno de los casos más conocidos es el de Juan Pablo II, cuyo pontificado estuvo marcado en sus últimos años por la enfermedad de Parkinson. El diagnóstico no se anunció de manera inmediata, pero los temblores, la rigidez muscular y las dificultades para hablar y caminar se hicieron cada vez más evidentes.
Karol Wojtyła también sufrió otros problemas de salud. En 1981 sobrevivió a un atentado y tuvo que someterse a varias intervenciones médicas. Posteriormente fue operado del colon por una lesión benigna y padeció fracturas y complicaciones relacionadas con la edad. A pesar de ello, mantuvo durante mucho tiempo una intensa actividad pública y continuó viajando por numerosos países.
Su caso contribuyó a visibilizar el Parkinson y el impacto que una enfermedad neurodegenerativa puede tener sobre la movilidad, la expresión facial, la voz y la autonomía. La decisión de permanecer al frente de la Iglesia mientras su estado empeoraba abrió también un debate sobre los límites físicos del papado.
Los problemas cardíacos, una constante histórica
Las enfermedades cardiovasculares han sido una de las causas más frecuentes de deterioro y muerte entre los papas de épocas recientes. Pío X falleció en 1914 tras sufrir un grave empeoramiento cardíaco, mientras que otros pontífices padecieron insuficiencia circulatoria, hipertensión o episodios compatibles con enfermedades coronarias.
Juan Pablo I murió en 1978, apenas 33 días después de su elección. La versión oficial apuntó a un infarto de miocardio, aunque la rapidez del fallecimiento y la escasez de información médica alimentaron durante años numerosas especulaciones. La ausencia de una autopsia y la comunicación limitada de aquel momento contribuyeron a mantener la incertidumbre.
También Benedicto XVI tuvo que afrontar distintas limitaciones físicas asociadas al envejecimiento. Utilizó un marcapasos y redujo progresivamente sus desplazamientos antes de anunciar, en 2013, su renuncia al pontificado. Su decisión supuso un hecho excepcional en la Iglesia contemporánea y puso de relieve que la salud puede influir directamente en la capacidad de ejercer el cargo.
El papa Francisco y las intervenciones quirúrgicas
Jorge Mario Bergoglio arrastraba desde joven la pérdida de parte de un pulmón, después de una enfermedad respiratoria. Ya como papa, fue intervenido en 2021 por una estenosis diverticular del colon. La operación obligó a modificar temporalmente su agenda, aunque regresó a la actividad pública poco después.
En 2023 volvió a ser operado por una hernia abdominal y una obstrucción intestinal. Además, sufrió episodios de dolor en la rodilla que le dificultaron caminar y le llevaron a utilizar silla de ruedas o bastón en numerosos actos. En sus últimos años, las infecciones respiratorias y la fragilidad general también condicionaron sus apariciones.
Estos partes médicos mostraron una comunicación más frecuente que en pontificados anteriores, aunque siguieron existiendo interrogantes sobre el pronóstico y la evolución a largo plazo. La imagen de un papa con movilidad reducida evidenció que la institución también debe adaptarse a las necesidades físicas de su máximo representante.
Entre la privacidad médica y la responsabilidad pública
La salud de un papa no es únicamente un asunto privado. Sus condiciones físicas pueden afectar a los viajes, las ceremonias, la gestión de la Iglesia y la toma de decisiones. Por eso, cada hospitalización o cambio visible en su estado genera interés internacional.
Al mismo tiempo, los pontífices tienen derecho a la intimidad y a recibir información médica sin someterse a una exposición constante. La historia demuestra que el secretismo absoluto puede alimentar rumores, mientras que una comunicación clara y proporcionada ayuda a evitar interpretaciones erróneas.
Desde el cáncer hasta el Parkinson y las enfermedades cardíacas, los problemas de salud de los papas reflejan también la evolución de la medicina, de los medios de comunicación y de la propia institución. La enfermedad no ha impedido siempre ejercer el pontificado, pero sí ha obligado en numerosas ocasiones a replantear cómo, durante cuánto tiempo y en qué condiciones puede desempeñarse.



