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Chema Alonso alerta de una internet dividida entre personas y agentes de inteligencia artificial

La expansión de los agentes de inteligencia artificial está modificando las reglas de internet. Ya no se trata únicamente de herramientas capaces de responder preguntas o generar textos: estos sistemas también navegan, consultan páginas, comparan información y ejecutan tareas en nombre de los usuarios.

Para Chema Alonso, hacker y experto en ciberseguridad, este cambio está dando lugar a una red con dos públicos muy distintos. Por un lado están las personas, que leen, compran y consumen contenidos. Por otro, los agentes de IA, que rastrean la web a gran velocidad y pueden convertirse en los principales visitantes de muchos servicios digitales.

Dos internets con intereses diferentes

La llamada internet doble no implica que existan dos redes separadas desde el punto de vista técnico. La diferencia está en quién accede a los contenidos y con qué objetivo. Los usuarios buscan información para tomar decisiones, mientras que los agentes recopilan datos para responder consultas, completar formularios o realizar acciones automatizadas.

Este comportamiento puede transformar la economía de la web. Durante años, buena parte del ecosistema digital se ha sostenido gracias a las visitas humanas, la publicidad y las suscripciones. Si los agentes empiezan a consultar las páginas directamente y a resumir sus contenidos sin enviar tráfico de vuelta, los creadores podrían perder una parte relevante de sus ingresos.

El problema afecta especialmente a los medios, las plataformas de análisis, los blogs especializados y cualquier sitio que invierta recursos en producir información. Un agente puede extraer los datos de una página, combinarlos con los de otras fuentes y ofrecer una respuesta final sin que el usuario llegue a visitar ninguno de esos sitios.

Más tráfico automatizado, menos visitas visibles

La automatización no es nueva en internet. Los buscadores llevan décadas utilizando rastreadores y muchas empresas emplean bots para monitorizar precios o disponibilidad. La diferencia es que los agentes de inteligencia artificial pueden interpretar instrucciones complejas y actuar de forma autónoma durante varios pasos.

Un usuario podría pedir a un agente que busque un producto, compare sus características, revise opiniones y complete una compra. En ese proceso, el sistema visitaría distintas páginas, aunque la persona solo vería el resultado final. Para los propietarios de los sitios, eso significa más peticiones automatizadas, pero no necesariamente más lectores, clientes o ingresos.

La situación plantea nuevas preguntas sobre el acceso a los contenidos. Las empresas tendrán que decidir si permiten que sus páginas sean rastreadas por agentes, si cobran por ese uso o si limitan determinadas funciones. También será necesario diferenciar entre un bot legítimo y otro diseñado para extraer información a gran escala.

Los agentes de IA también pueden atacar

La otra cara de esta evolución está en la ciberseguridad. Los agentes no solo pueden buscar información o automatizar tareas comerciales. También son capaces de analizar sistemas, localizar configuraciones débiles y encadenar acciones que antes requerían la intervención de un atacante humano.

Alonso ha advertido sobre los hackeos protagonizados por agentes de IA y sobre la velocidad con la que estas herramientas pueden operar. Un sistema automatizado puede revisar grandes cantidades de código, identificar vulnerabilidades conocidas y probar distintas vías de acceso en menos tiempo que un equipo convencional.

Eso no significa que la inteligencia artificial haya alcanzado una autonomía absoluta ni que todos los ataques sean obra de agentes independientes. En muchos casos, la tecnología funciona como un multiplicador de las capacidades de los ciberdelincuentes. Reduce tareas repetitivas, acelera el análisis y permite que personas con menos conocimientos técnicos intenten operaciones más sofisticadas.

El caso de Hugging Face y el debate sobre la confianza

El ecosistema de modelos abiertos también se encuentra en el centro de esta discusión. Plataformas como Hugging Face reúnen modelos, conjuntos de datos y herramientas que pueden ser descargados y adaptados por investigadores, empresas y desarrolladores.

La apertura facilita la innovación, pero también introduce riesgos. Un modelo o un paquete aparentemente legítimo puede incluir componentes maliciosos, instrucciones manipuladas o comportamientos no deseados. Por eso, la seguridad de la cadena de suministro de la inteligencia artificial se ha convertido en una prioridad.

La confianza ya no depende únicamente de proteger un servidor. También es necesario verificar quién ha creado un modelo, qué datos se han utilizado, qué permisos necesita y qué acciones puede ejecutar. En sistemas capaces de conectarse a internet o utilizar herramientas externas, un error de configuración puede tener consecuencias mucho mayores.

Lejos de Skynet, pero con riesgos reales

El temor a un escenario al estilo Skynet, con una inteligencia artificial que decide enfrentarse a la humanidad, sigue formando parte del imaginario colectivo. Sin embargo, el riesgo más inmediato no pasa necesariamente por una rebelión de las máquinas, sino por el uso irresponsable de sistemas cada vez más autónomos.

Agentes mal diseñados, objetivos ambiguos, permisos excesivos o supervisión insuficiente pueden provocar filtraciones de datos, fraudes y errores a gran escala. Además, cuando varias herramientas interactúan entre sí, resulta más difícil anticipar todas las consecuencias de una decisión automatizada.

La cuestión central, por tanto, no es solo qué pueden hacer los agentes de IA, sino bajo qué condiciones deben hacerlo. La web tendrá que adaptarse a una realidad en la que las máquinas leen, compran, programan y atacan con una autonomía creciente.

El desafío será preservar los incentivos para crear contenidos de calidad y, al mismo tiempo, establecer límites claros para el uso automatizado de la información. La internet de los próximos años no estará definida únicamente por las personas que la utilizan, sino también por los agentes que actuarán en su nombre.

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