La inteligencia de un electrodoméstico no se mide por si tiene WiFi
Un electrodoméstico conectado no es necesariamente un electrodoméstico inteligente. Esta es una de las principales conclusiones que se desprenden de la conversación con Álvaro Ortiz de Lejarazu, director general de Electrolux para España y Portugal, en un momento de transformación para un sector que mueve alrededor de 10.000 millones de euros al año.
La tecnología está cambiando la forma en la que se diseñan, se venden y se utilizan lavadoras, frigoríficos, hornos y sistemas de climatización. Sin embargo, el verdadero reto no consiste en añadir una aplicación móvil a cada producto, sino en conseguir que esa innovación resuelva problemas concretos del día a día.
Conectividad no es sinónimo de inteligencia
Durante los últimos años, la conexión a internet se ha convertido en uno de los principales argumentos comerciales de los electrodomésticos modernos. Controlar una lavadora desde el teléfono, recibir avisos cuando termina un programa o ajustar la temperatura del frigorífico a distancia son funciones útiles, pero no bastan por sí solas para hablar de inteligencia.
La diferencia está en la capacidad del aparato para comprender el contexto, anticiparse a las necesidades y tomar decisiones más eficientes. Un electrodoméstico inteligente debe aportar valor de forma sencilla, sin obligar al usuario a interactuar constantemente con él ni a configurar decenas de parámetros.
En este sentido, la conectividad debe ser una herramienta y no el objetivo final. La tecnología tiene sentido cuando ayuda a consumir menos agua y energía, mejora la conservación de los alimentos, protege los tejidos o facilita las tareas domésticas.
La eficiencia gana peso en las decisiones de compra
El consumo energético se ha convertido en uno de los factores más relevantes para los hogares. El encarecimiento de la energía y una mayor conciencia medioambiental han cambiado la percepción de los electrodomésticos: ya no se valoran únicamente por su precio o por su diseño, sino también por el coste total de uso.
Los fabricantes trabajan para que sus productos sean más eficientes durante todo su ciclo de vida. Esto implica reducir el gasto de agua y electricidad, optimizar los programas de funcionamiento y utilizar materiales que permitan alargar la vida útil de los equipos.
La inteligencia aplicada a un electrodoméstico puede contribuir a esa eficiencia mediante sensores, algoritmos y sistemas capaces de adaptar automáticamente el funcionamiento. En una lavadora, por ejemplo, la detección de la carga y del tipo de tejido puede ajustar el consumo y la duración del ciclo. En un frigorífico, la gestión dinámica de la temperatura puede ayudar a conservar mejor los alimentos sin mantener el máximo nivel de potencia de manera constante.
El usuario busca soluciones, no más complejidad
Uno de los grandes desafíos del sector consiste en introducir tecnología sin hacer que la experiencia resulte más complicada. Las aplicaciones, las notificaciones y los asistentes digitales solo tienen sentido si simplifican la rutina. De lo contrario, corren el riesgo de convertirse en funciones que se prueban durante los primeros días y después dejan de utilizarse.
El diseño de los nuevos electrodomésticos debe centrarse, por tanto, en una interacción más natural. El consumidor espera que el producto sea capaz de recomendar el programa adecuado, avisar de una incidencia o detectar cuándo necesita mantenimiento, pero también que esas funciones sean claras y fáciles de controlar.
La inteligencia doméstica no pasa por llenar la vivienda de pantallas. Pasa por reducir decisiones repetitivas y ofrecer información útil en el momento adecuado. Esa visión resulta especialmente importante en productos que permanecen en el hogar durante muchos años.
Un mercado en plena transformación
El mercado de los electrodomésticos afronta una evolución profunda. La innovación ya no se limita a incorporar nuevas prestaciones, sino que afecta a toda la cadena: desde la investigación y el desarrollo hasta la fabricación, la distribución y el servicio posventa.
La personalización también adquiere protagonismo. Los hogares tienen rutinas muy distintas y necesitan soluciones adaptadas a sus hábitos, al tamaño de la vivienda y a sus prioridades. Para responder a esa diversidad, los fabricantes combinan sensores, software y análisis de datos con diseños más flexibles.
Al mismo tiempo, la inteligencia artificial empieza a abrir nuevas posibilidades. Su aplicación puede ayudar a interpretar patrones de uso, detectar anomalías antes de que se produzca una avería y mejorar el rendimiento de los programas. El reto será aplicar estas tecnologías de manera transparente, segura y respetuosa con la privacidad.
La durabilidad será una parte esencial de la innovación
La sostenibilidad del electrodoméstico no depende solo de cuánto consume cuando está encendido. También está relacionada con los materiales empleados, la facilidad de reparación, la disponibilidad de repuestos y los años de servicio que puede ofrecer.
Por eso, un producto verdaderamente avanzado debe ser eficiente, reparable y duradero. Las funciones inteligentes pueden contribuir a ese objetivo si permiten realizar diagnósticos, anticipar el mantenimiento o evitar usos incorrectos que reduzcan la vida útil del aparato.
La transformación de un sector de 10.000 millones de euros anuales pasa así por una redefinición del concepto de inteligencia. El futuro no estará marcado únicamente por el número de dispositivos conectados, sino por su capacidad para trabajar de forma discreta, ahorrar recursos y hacer más sencilla la vida en casa.



