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Energía Naomi Klein revela el pacto entre la IA y la industria fósil

Naomi Klein revela el pacto entre la IA y la industria fósil

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Naomi Klein advierte del vínculo entre la inteligencia artificial y la tecnología fósil

La expansión de la inteligencia artificial promete transformar la economía, la educación y la vida cotidiana. Sin embargo, también está reforzando una infraestructura energética y empresarial que depende, en buena medida, de los combustibles fósiles. Esa es una de las principales advertencias de Naomi Klein y Astra Taylor en su nuevo libro, End Times Fascism, publicado el 15 de septiembre.

El título, que puede traducirse como El fascismo del fin de los tiempos, plantea una lectura política de la actual carrera tecnológica. Las autoras sostienen que el auge de la IA no puede analizarse únicamente como una cuestión de innovación, productividad o competencia entre empresas. También debe observarse su relación con la crisis climática, la concentración de poder y el avance de discursos autoritarios.

Una inteligencia artificial con una enorme huella energética

Los sistemas de IA necesitan centros de datos capaces de procesar y almacenar cantidades masivas de información. Estas instalaciones consumen grandes volúmenes de electricidad y agua, tanto para alimentar los servidores como para mantenerlos a una temperatura adecuada.

El problema, según el enfoque de Klein y Taylor, no se limita a cuánto consume una herramienta concreta. La cuestión central es cómo se genera esa electricidad. Allí donde las energías renovables no cubren la demanda, las compañías recurren a redes que todavía dependen del gas, el carbón o el petróleo.

La expansión de la inteligencia artificial puede terminar, por tanto, aumentando la demanda de combustibles fósiles incluso cuando la industria tecnológica presenta sus productos como parte de un futuro más eficiente. La paradoja es evidente: una tecnología asociada al progreso digital puede sostenerse sobre infraestructuras energéticas propias de otra época.

El poder se concentra en pocas empresas

El desarrollo de modelos avanzados exige inversiones multimillonarias, chips especializados, grandes equipos técnicos y acceso a centros de datos. Estas barreras dejan fuera a buena parte de las empresas, universidades y administraciones públicas, y favorecen a un grupo reducido de corporaciones tecnológicas.

Para las autoras, esta concentración no es un efecto secundario. Afecta a la capacidad de la sociedad para decidir qué usos son aceptables, quién controla los datos y cómo se distribuyen los beneficios de la automatización.

Cuando unas pocas compañías controlan la infraestructura, los modelos y los canales de acceso, también acumulan una influencia considerable sobre el mercado laboral, la información y las políticas públicas. La discusión sobre la IA deja de ser únicamente técnica y pasa a convertirse en un debate sobre democracia y soberanía.

La crisis climática como oportunidad para el autoritarismo

End Times Fascism vincula la crisis ecológica con el crecimiento de respuestas políticas basadas en el miedo, la exclusión y la promesa de control. En este escenario, el deterioro ambiental puede utilizarse para justificar medidas de emergencia que reduzcan derechos, debiliten la participación ciudadana o protejan los intereses de las grandes empresas.

La inteligencia artificial encaja en esa lógica cuando se presenta como una solución automática para problemas que, en realidad, requieren decisiones políticas. Vigilancia masiva, sistemas de predicción, clasificación de personas y automatización de fronteras son algunos de los ámbitos en los que la tecnología puede ampliar la capacidad de control de los Estados y de las compañías.

La advertencia no implica que toda aplicación de IA sea autoritaria. El riesgo aparece cuando la tecnología se despliega sin transparencia, sin supervisión democrática y sin mecanismos claros para reclamar frente a sus errores.

Más allá del entusiasmo tecnológico

La tesis de Klein y Taylor incomoda a la industria porque cuestiona uno de sus relatos principales: la idea de que cualquier avance tecnológico es necesariamente beneficioso y que sus costes pueden resolverse con más innovación.

Frente a esa visión, las autoras proponen examinar las condiciones materiales de la IA. ¿De dónde sale la energía que alimenta los centros de datos? ¿Qué comunidades soportan el consumo de agua y la construcción de nuevas infraestructuras? ¿Quién se beneficia de la automatización y quién asume sus efectos laborales y ambientales?

Estas preguntas resultan especialmente relevantes en un momento en el que gobiernos y empresas compiten por atraer inversiones vinculadas a la inteligencia artificial. El crecimiento del sector se presenta como una oportunidad económica, pero también puede traducirse en nuevas presiones sobre las redes eléctricas, los recursos naturales y los presupuestos públicos.

Una tecnología que necesita límites democráticos

El libro plantea que el futuro de la IA no debería decidirse únicamente en los consejos de administración de las grandes tecnológicas. La ciudadanía, los trabajadores, las comunidades afectadas y las instituciones públicas también deben participar en la definición de sus límites.

La discusión incluye la necesidad de reducir el consumo energético, exigir información sobre la huella ambiental de los modelos y garantizar derechos frente a decisiones automatizadas. También reclama distinguir entre usos que mejoran servicios esenciales y aplicaciones destinadas principalmente a aumentar la vigilancia o el control social.

La conclusión de Klein y Taylor es incómoda, pero pertinente: la inteligencia artificial no está separada de la crisis climática ni de las transformaciones políticas de este momento. Su futuro dependerá menos de la velocidad con la que se entrenen nuevos modelos que de quién controla la infraestructura y con qué objetivos se utiliza.

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