El Departamento de Estado de EEUU pide sustituir «inteligencia artificial» por «superinteligencia»
El Departamento de Estado de Estados Unidos ha ordenado a los diplomáticos de su oficina de organizaciones internacionales que utilicen el término «superinteligencia» en lugar de «inteligencia artificial» en sus comunicaciones.
La instrucción llega después de que el presidente Donald Trump intentara impulsar una nueva forma de referirse a esta tecnología durante su discurso de esta semana ante la Asamblea General de Naciones Unidas. El cambio afecta al lenguaje oficial empleado por los representantes estadounidenses en organismos internacionales.
Un cambio de nombre con alcance político
La decisión no modifica el funcionamiento de los sistemas de inteligencia artificial ni introduce una nueva categoría tecnológica de aplicación inmediata. Se trata, en primer lugar, de una directriz terminológica destinada a unificar el discurso del Gobierno estadounidense sobre una de las áreas con mayor impacto económico, tecnológico y geopolítico.
El concepto de superinteligencia suele utilizarse para describir sistemas capaces de superar a los seres humanos en una amplia variedad de tareas intelectuales. Sin embargo, la mayor parte de las herramientas disponibles actualmente, incluidos los modelos generativos, se encuadran todavía dentro del término inteligencia artificial.
Por ese motivo, la sustitución de una expresión por otra puede generar dudas entre los interlocutores internacionales. «Inteligencia artificial» es una denominación consolidada en tratados, informes técnicos, marcos regulatorios y debates públicos, mientras que «superinteligencia» tiene una carga más prospectiva y asociada a escenarios futuros.
La orden afecta a las comunicaciones diplomáticas
La instrucción se dirige a los diplomáticos de la oficina estadounidense encargada de las organizaciones internacionales. Esto implica que el nuevo término deberá aparecer en documentos, mensajes y comunicaciones vinculadas a la actividad multilateral de Estados Unidos.
El alcance concreto de la orden fuera de ese ámbito no está detallado. No obstante, la medida muestra la intención de la Administración de Trump de proyectar una terminología propia en los debates internacionales sobre tecnología, innovación y gobernanza digital.
Las palabras empleadas en la diplomacia no son un elemento menor. La elección de un término puede influir en la manera en que otros gobiernos perciben una tecnología, en los riesgos que se le atribuyen y en el tipo de regulación que se considera necesaria.
«Superinteligencia» frente a «inteligencia artificial»
La expresión inteligencia artificial engloba un conjunto muy amplio de tecnologías. Incluye sistemas de recomendación, herramientas de reconocimiento de imágenes, asistentes digitales, modelos de lenguaje y aplicaciones capaces de generar texto, imágenes, audio o vídeo.
En cambio, la superinteligencia se relaciona normalmente con una hipotética capacidad de razonamiento general muy superior a la humana. El término aparece con frecuencia en discusiones sobre el futuro de la IA, la seguridad de los modelos avanzados y los posibles riesgos derivados de sistemas autónomos.
Usar ambos conceptos como si fueran equivalentes puede simplificar en exceso una realidad tecnológica compleja. También puede elevar las expectativas sobre las capacidades actuales de estas herramientas o alimentar una percepción más alarmista sobre su evolución.
Una nueva batalla por el relato tecnológico
El movimiento del Departamento de Estado se enmarca en una competición internacional por liderar el desarrollo de la inteligencia artificial. Estados Unidos, China y otras potencias están tratando de reforzar sus posiciones mediante inversiones, acuerdos estratégicos y normas destinadas a controlar los usos más sensibles de esta tecnología.
En ese contexto, el lenguaje sirve también para construir un relato político. Presentar la IA como superinteligencia puede subrayar su potencial transformador y transmitir la idea de que el mundo se encuentra ante una tecnología con capacidades extraordinarias.
La elección del término puede tener además consecuencias en las conversaciones con aliados y organismos multilaterales. Las negociaciones sobre seguridad, derechos fundamentales, empleo o responsabilidad empresarial requieren definiciones precisas para evitar que una misma palabra se interprete de forma distinta según el país o la institución.
La terminología seguirá en el centro del debate
El cambio impulsado por Estados Unidos previsiblemente alimentará la discusión sobre cómo deben denominarse los sistemas más avanzados. Mientras algunos expertos reservan superinteligencia para una posibilidad futura, otros lo emplean para destacar la rapidez con la que progresan los modelos actuales.
Por ahora, la orden supone sobre todo una modificación del vocabulario oficial de una parte de la diplomacia estadounidense. Su impacto real dependerá de si otras agencias, países y organizaciones internacionales adoptan también el término o mantienen «inteligencia artificial» como denominación común.
La disputa semántica refleja una cuestión de fondo: quién define el lenguaje con el que el mundo describe una tecnología cada vez más presente en la economía, la política y la vida cotidiana.



